Enfoque Rojo

Cuarentena y Vivienda

#QuedateEnCasa (si tenés casa)

¿Qué significa quedarse en casa por el aislamiento social preventivo obligatorio para quienes viven amontonados en una pieza o una casilla precaria?

Viernes 17 de abril | Edición del día

Fotos | Enfoque Rojo

En el orígen la casa fue un refugio. Unas ramas sobre troncos con hojas como cubierta o una cueva en la montaña fueron las primeras viviendas cuando el ser humano al volverse sedentario necesitó dónde guarecerse de la intemperie mientras trabajaba la tierra y esperaba sus frutos.
Varios miles de años después, la casa de una familia trabajadora sigue siendo esencialmente el refugio donde alimentarse y descansar después de la jornada de trabajo. En el estrato más bajo es la pieza precaria que funciona como cocina-comedor-dormitorio y que con suerte tiene un techo de chapas sobre cuatro paredes de ladrillo hueco sin revocar.

La ciencia y la técnica han hecho avances extraordinarios, que no han llegado a todos. El desarrollo capitalista ha llevado a seres humanos a caminar por la luna, pero aún no ha podido garantizar alimentos, salud ni vivienda digna para gran parte de la población mundial.
Cuando en nuestro país se habla de un déficit habitacional de 4 millones de viviendas significa que hay como mínimo esa cantidad de casillas que no cumplen con las condiciones mínimas para ser llamadas casas: no protegen demasiado ni de la lluvia ni del viento, no aíslan del frío ni del calor, ni brindan intimidad. Generalmente construidas a pulmón por sus propios habitantes, en barrios sin una infraestructura mínima que asegure condiciones de salubridad que en una situación de pandemia se tornan aún más críticas.

Vivienda: ¿derecho o mercancía?

A comienzos del siglo XX, luego de más de dos mil años de desarrollo de la arquitectura occidental y cinco siglos después de la aparición de la profesión de arquitecto, se comenzó a pensar en cómo debían ser las viviendas para la clase trabajadora. Hasta ese momento los arquitectos se dedicaban casi exclusivamente a construir iglesias y palacios.
Luego de la 1ª Guerra Mundial, las teorías funcionalistas comienzan a considerar a la vivienda como un sistema de espacios que deben facilitar determinadas funciones: cocinar, comer, asearse, estar, descansar, recrearse. El arquitecto suizo Le Corbusier llamó a la casa máquina de habitar: la forma y el tamaño de los ambientes y las conexiones entre éstos, la ubicación de paredes, la apertura de ventanas y hasta los muebles debían diseñarse a partir del estudio de la forma de vida y de las necesidades de sus habitantes. Esta idea incluía además como parte del edificio, locales de uso común como lavaderos, comedores, salas y terrazas-jardín. Y también incorporaba el exterior de las viviendas como pieza fundamental de esa máquina: el espacio libre que debía rodear a las construcciones. Según la altura debía dejarse una distancia mínima entre edificios que permitiera un correcto asoleamiento, espacio que además se aprovecha para actividades al aire libre, con áreas de sol y de sombra, juegos para niños y zonas de deporte y descanso.

Estas ideas revolucionarias para la época fueron investigaciones teóricas que se pudieron llevar a la práctica sólo mediante una fuerte inversión estatal. La joven Rusia soviética fue pionera en el desarrollo de este nuevo concepto de viviendas. Durante la década de 1920 se diseñaron y construyeron numerosos ejemplos, como las llamadas viviendas comunales: unidades de habitación adecuadas a las nuevas formas de relación social que acompañaban la revolución que se estaba desarrollando en todos los aspectos de la sociedad.
En la década siguiente la burocratización de la URSS de la mano de Stalin borró de un plumazo esta revolución habitacional, adoptándose los departamentos tradicionales como modelo a seguir, en versión barata y austera: lo económico primó sobre lo funcional, y la cantidad sobre la calidad.

En el mundo capitalista, el desarrollo de la industria inmobiliaria incorporó la vivienda social como mercancía, lo que profundizó la separación clasista entre la casa mínima y barata para los trabajadores y la casona opulenta y ostentosa para la burguesía, con todas las variantes intermedias. El mercado de la vivienda se desarrolló según las reglas de la sociedad de consumo: con trabajo y esfuerzo podés tener una casa como las que salen en las revistas. Es decir: si tenés la suerte de tener un trabajo estable y bien remunerado te podrás endeudar gran parte de tu vida para comprar tu casa, que será más, menos o nada parecida a la de las revistas, según lo que puedas pagar.

Si no tenés casa, quedate adentro del rectángulo

Esa es la solución para los que no tienen casa, como vimos en la foto del playón en Las Vegas (EE.UU.): homeless durmiendo en el pavimento dentro de un recuadro pintado, mientras los hoteles de la meca del juego están vacíos. La superpotencia que lidera el mundo no tiene respuesta para proteger a quienes no tienen un techo donde refugiarse. Ni siquiera ramas y hojas, peor que hace diez mil años. Si esto pasa en el gran país del norte, ¿qué nos queda a nosotros, aquí bien al sur?
Nuestros sin techo, más de siete mil en la ciudad de Buenos Aires, con suerte se pueden amontonar en los paradores, sin distanciamiento social que valga, mientras miles de habitaciones vacías de hoteles turísticos juntan polvo durante la cuarentena.

En las barriadas pobres de la ciudad de Buenos Aires, las villas hoy superpobladas, la 1-11-14, la 21-24, la Mugica, en todos los barrios precarios del distrito más rico de la Argentina se repite la misma escena: las familias crecen por suma de generaciones: abuelos, padres, hijos y nietos, que se amontonan en diez, veinte metros cuadrados de techo sobre delgados tabiques que apenas separan de otro cuarto similar donde pasa algo parecido, que se repite, se apila y multiplica a lo largo de calles de tierra, sin desagües, sin cloacas o mal hechas que se tapan con diez minutos de lluvia, y donde es habitual que se corte la provisión de agua potable, donde cuesta carísimo comprar la garrafa de gas para cocinar los alimentos que con dificultad pueden conseguir en época de cuarentena, donde desapareció el laburo cuentapropista que mantiene apenas al día la vida de esas familias. ¿Cómo podrían cuidar de contagiarse y de contagiar el Covid-19 en estos barrios donde en una mañana de lluvia la mierda surge literalmente de los desagües tapados y donde no hay agua para lavarse las manos, ni plata para comprar un alcohol en gel de $400 si lo consiguieran?
En estos barrios la calle es la expansión natural de las piezas. Es el patio-jardín-potrero, el lugar para reunirse a charlar, para juntarse a jugar. Pero sobre todo la calle, la vereda es el lugar a donde ir cuando no hay lugar adentro. El afuera es parte de la casa.

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Naturalización del hacinamiento

«Las ciencias naturales modernas han demostrado que los llamados «barrios insalubres», donde están hacinados los obreros, constituyen los focos de origen de las epidemias que invaden nuestras ciudades de cuando en cuando. El cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la viruela y otras enfermedades devastadoras esparcen sus gérmenes en el aire pestilente y en las aguas contaminadas de estos barrios obreros» [1]

Una pandemia como la que estamos viviendo es una catástrofe mundial, pero como explica Esteban Mercatante en esta nota, las huellas del capitalismo están en la escena del crimen de la aparición cada vez más frecuente de virus altamente contagiosos. Lo que esta situación deja al descubierto, es la irracionalidad de un sistema que no puede resolver una emergencia de salud a nivel global como tampoco puede solucionar el crónico problema de la vivienda.
Así como la pandemia del coronavirus está demostrando con números contundentes y testimonios desgarradores en directo desde New York, centro mundial del capitalismo globalizado, que la salud no puede ser una mercancía, también queda patentemente contrastado aquí en Buenos Aires y en las ciudades de interior del país, que no hay solución para proveer de vivienda digna a los millones que no llegan a sobrepasar la línea de flotación del índice de pobreza.

«...la penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer, con sus repercusiones sobre la salud, etc., más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz» [2]

Miles viven amontonados en la ciudad mientras hay casas vacías. Según el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) 300 mil personas viven hacinadas en las villas de CABA, mientras hay 140 mil viviendas desocupadas en los barrios más caros. El primer puesto en especulación inmobiliaria lo tiene Puerto Madero: sólo el 28 % de los departamentos están habitados.

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La mayor parte de la población mundial vive en barrios precarios, con hambre y mínima o nula atención sanitaria y esto se ve, o se muestra, como un costo que hay que pagar. Se naturalizan las condiciones en que millones sobreviven. Como se naturaliza que la vianda escolar sea un sanguche de dudoso jamón y una golosina, que un jubilado gane la mitad de lo que necesita para vivir o que pibes y pibas se rompan las piernas pedaleando todo el día para ganar 10 o 12 mil pesos. Y también se naturaliza el hacinamiento: como a los jubilados les gusta hacer horas de cola frente a los bancos para cobrar sus magros haberes, también hay gente a la que le gusta vivir en un barrio sin cloacas ni agua potable, amuchados en una pieza.
Esto no es novedad. En un artículo escrito en 1873, Contribución al problema de la vivienda, el economista Friedrich Engels cita un texto de una publicación progresista (que él llama social burguesa) con la que discute acerca del tema:

«"De aquí resulta" (de la ignorancia) "que, con tal de economizar algo en el alquiler, habitan viviendas sombrías, húmedas, insuficientes, que constituyen, en una palabra, un verdadero escarnio a todas las exigencias de la higiene..., que con frecuencia varias familias alquilan conjuntamente una misma vivienda o incluso una misma habitación, todo esto para gastar lo menos posible en alquiler, mientras que derrochan sus ingresos de una manera verdaderamente pecaminosa en beber y en toda suerte de placeres frívolos"
Aquí aparecen las orejas de burro del burgués (acota Engels). Mientras que la culpa de los capitalistas se reducía a la ignorancia, la ignorancia de los obreros es la propia causa de su culpa.»
 [3]

Mientras tanto hoy, en un barrio del conurbano o de las barriadas pobres, cuando un pibe sale un rato del hacinamiento en cuarentena a comprar cigarrillos o una maquinita de afeitar, se lo llevan en cana, lo bailan y lo golpean, lo estigmatizan y le faltan el respeto en los medios o en las redes, como si fuera culpable y no víctima. Como toda solución el gobierno adaptó el quedate en casa como quedate en tu barrio aceptando la precariedad, el hacinamiento y la segregación de las villas como ghettos. Pobres siempre va a haber, incluso si aumentan un 10 % para el presidente no es grave. Pobres va a haber siempre, y villas también.

Vivienda digna

Tanto es así que cuando se habla de vivienda digna se piensa en algo mínimo, austero y barato (y sin parquet en los pisos, no sea cosa...): el pobre no necesita más. Se naturalizó así el modelo de vivienda FoNaVi, por el Fondo Nacional de la Vivienda, el ente que colecta y distribuye el presupuesto estatal para planes habitacionales, que los hubo y los hay, pero que construye y adjudica una cantidad de unidades tan insignificante que siempre está lejos de empatar el crecimiento vegetativo del déficit.
Las casas Fonavi son de dimensiones mínimas y construcción barata que responden de manera caricaturesca y patética a la célebre máxima menos es más del arquitecto alemán Mies Van der Rohe.

En un mundo organizado según la planificación racional de los recursos, autogobernado por los trabajadores y el pueblo pobre, la vivienda será un bien social, no una mercancía. La arquitectura como profesión aprovechará los máximos adelantos de la técnica para ponerlos al servicio del proyecto y la construcción de las casas necesarias para dar cómoda y sana habitación a las millones de familias que hoy viven hacinadas. Estas viviendas serán amplias, luminosas y bien ventiladas, rodeadas de parques y plazas, en barrios con la infraestructura necesaria, construidas con materiales de primera calidad, equipadas con lo más avanzado de la técnica y del confort, pensadas y desarrolladas por equipos integrados por profesionales y usuarios, y construidas por trabajadores libres asociados.

La vivienda, ya no mercancía, no será entonces presa de negocio para el mercado inmobiliario, ni para las grandes constructoras. La casa será así finalmente un hogar: el lugar para el libre disfrute del ocio y el descanso, el espacio para vivir una vida que merezca ser vivida.

1. Friedrich Engels, Contribución al problema de la vivienda
2. Op. cit.
3. Op. cit.






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