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Qué hacer con la “ilusión postracial” en EE.UU

Hoy nos concentramos en la discusión entre los principales artículos de opinión del New York Times sobre las repercusiones de las movilizaciones por las protestas de Ferguson

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Domingo 30 de noviembre de 2014 | 11:47

La edición dominical del New York Times está dominada por el tema de las protestas ante la absolución por parte de la justicia racista del policía blanco que asesinó al joven negro Michael Brown, en la ciudad de Ferguson, en el estado de Missouri. El “Sunday Review”, que es como se llama los domingos la edición especial del diario, lleva cuatro notas sobre el tema, donde evidentemente se decidió dividir entre las visiones de dos columnistas negros (Michael Eric Dyson y John Eligon) y dos blancos (Nicholas Kristof y Ross Douthat).

El artículo principal es el de Dyson, que se llama “¿Adónde vamos luego de Ferguson?”. El autor es un sociólogo de la Universidad de Georgetown y una personalidad de los medios de comunicación, que está escribiendo una biografía de Barack Obama. Creció en Denver, ciudad donde se dieron violentas protestas entre fines de los ’60 y comienzos de los ’70 en el marco del movimiento negro por los derechos civiles. Tiene un hermano condenado a cadena perpetua acusado del homicidio de un blanco, y cuenta que su juventud estuvo marcada por las detenciones y la violencia policial por su condición de negro. Su artículo brinda ideas muy interesantes para pensar el problema racial en EE.UU. Plantea la imposibilidad de estar viviendo en una supuesta “era postracial”. Hay un término que se usa en la política norteamericana, “colorblind politics”, que literalmente quiere decir “una política que no ve colores”, es decir, que da por superada en forma progresista las tensiones raciales y legisla para todos en igualdad de condiciones como ciudadanos. Como veremos, entre los artículos del NY Times hay visiones contradictorias sobre esta política “colorblind”.

Se refiere, al igual que muchos medios norteamericanos, a las declaraciones brutales del exalcalde New York, el republicano conocido por sus políticas de “mano dura” Rudolph Giuliani. En resumidas cuentas, Giuliani condenó a los manifestantes de Ferguson, y a la comunidad afroamericana en general, planteando que la mayoría de los negros víctimas de asesinatos lo son a manos de otros negros y que los afroamericanos solo se quejan cuando el asesino es un blanco… Los políticos norteamericanos muestran así qué tan “progresista” es el imaginario político “colorblind”. Más aún, este último se ha transformado en un slogan más que nada de los conservadores, para mantener la opresión racial intacta y regodearse, en unos EE.UU “multiculturales”, adjudicándoles a las minorías raciales oprimidas un supuesto “racismo al revés”, movido por el resentimiento hacia los blancos. Dyson plantea que, frente a las declaraciones racistas de Giuliani, uno podría esperar algo mejor del “presidente negro” Obama, pero que lamentablemente no es así. Obama salió a declarar que lo más importante es el respeto a la ley, incluyendo el respeto al veredicto racista de la justicia de Ferguson y condenó a los manifestantes. Dyson plantea que Obama intenta utilizar su propia figura como una muestra de que las tensiones raciales están superadas y que la política colorblind tiene plena vigencia. El columnista entonces plantea una discusión sobre la “funcionalidad” a los intereses de la opresión racial por parte de exponentes de la comunidad negra, como el mismo Obama, o el conocido actor Bill Cosby. Este último, que afronta hoy cargos por violación, es un conservador que frecuentemente se ha referido a que el problema de la integración de los afroamericanos es culpa de ellos mismos, debido a sus valores antisociales.

“Bill Cosby no inventó la política de la respetabilidad y la creencia de que tener una buena conducta más una reprimenda severa es lo que curará los males de los negros y nos dignificará y convencerá a los blancos de que somos humanos y dignos de respeto. Pero por cierto le dio una legitimidad hacia el interior de la comunidad negra que desde entonces Barack Obama se encargó de sofisticar. El presidente ha dado conferencias a nosotros los negros sobre nuestros defectos morales delante de un público exultante ante audiencias universitarias y convenciones de derechos civiles. Y sin embargo, sus temas son gastados y mezclan lo inocua con lo insidioso: súbete los pantalones, dejar de poner excusas raciales a tu fracaso fracaso, deja de quejarte del racismo, apaga la televisión, deja de jugar a los videojuegos y ponte a estudiar, no alimentes a tus hijos con pollo frito en el desayuno y se un buen padre. Como gran promotor de la política de la respetabilidad, Obama es el recordatorio más elocuente de que esta política no funciona, que no importa lo inteligente, sofisticado o aleccionador que uno sea; que no importa lo mucho que se trate de agradar a los oídos blancos castigando a los negros, siempre persisten las sospechas sobre la identidad negra. A pesar de sus logros y su carisma, Obama sigue siendo para millones el “otro” inalterable de la vida nacional, es decir, lo contrario de lo que tienen en mente cuando piensan en América.”

A propósito de esta interesante reflexión, vale la pena traer a colación las discusiones sobre el racismo y el antisemitismo en Europa hasta la primera mitad del siglo XX. Los países más avanzados de Europa Occidental, como Francia, habían desarrollado una tradición cultural de “asimilacionismo” que aún hoy persiste. Es decir, que las minorías raciales y religiosas que pisan territorio francés deben superar el racismo negando su propia opresión. Que el fin de esta pasa por negar su propia cultura, su propia identidad, incluso su propia lengua y religión, y así la opresión desaparecerá. Es decir, se carga sobre las víctimas la responsabilidad del fin de una situación de dominación, no sobre los dominantes. Se considera que esta relación asimétrica es solo un problema “cultural”, que no tiene aparejado relaciones sociales de explotación y opresión concretas. Las revueltas de las banlieues en Francia, donde se combina la doble opresión cultural y social de los jóvenes magrebíes y del África subsahariana que tienen los peores empleos y la tasa más alta de encarcelamiento y violencia policial, es la demostración del fracaso de esta ilusión postracial centenaria. Algo similar demuestran las revueltas por Ferguson en EE.UU. El principal obstáculo para la integración y el fin del racismo no es la cultura de los “otros”, sino la necesidad del capitalismo de mantener el odio racial ligado al ocio social contra los pobres. La integración social y política de una ínfima minoría de la comunidad negra en EE.UU puede así verse como un reforzamiento del aspecto “consensual” de la dominación, pero que no suprimió en absoluto las bandas patronales como las llamadas “milicias” racistas que siguen persiguiendo y asesinando a los pobres y los trabajadores que quieren “sacar los pies del plato” y quieran tomarse demasiado en serio la realización de una sociedad postracial en un país con una brutal historia de esclavitud.

En este sentido, es muy interesante la visión de Nicholas Kristof, en su artículo de hoy que forma parte de una serie, llamada “Cuando los blancos no entienden”. Allí plantea que la solución al problema racial en EE.UU pasa por la formación de una “comisión de reconciliación” al estilo de la que se formó en Sudáfrica con el fin del régimen del apartheid y la llegada al gobierno del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela (esta política, sin embargo, es reivindicada por numerosos partidarios de hacer “borrón y cuenta nueva”, ya que terminó en un simbólico “perdón” de parte de los representantes oficiales de la mayoría negra del país hacia los personeros del régimen racista blanco que gobernó el país durante décadas). Sin embargo, Kristof desliza una serie de datos muy interesantes. Contra quienes podrían objetar que EE.UU no se puede comparar con el antiguo régimen sudafricano, plantea las cárceles de EE.UU de hoy tiene más proporción de detenidos negros que las del apartheid sudafricano, y que la brecha de desigualdad económica entre blancos y negros es mayor en EE.UU hoy que durante la década del ’70 en Sudáfrica, en el pico del régimen supremacista blanco.

Por último, el editorialista conservador Ross Douthat plantea una visión contradictoria con los demás artículos.

En “El retroceso hacia la identidad”, este ex periodista de la muy derechista usina neocon, la revista National Review, intenta explayarse en términos de un racismo “políticamente correcto”. En contra de todos los datos aportados por los otros columnistas, sostiene que desde los ’70 la brecha entre blancos y negros se ha ido angostando progresivamente, y reafirma que están dadas todas las bases para una política “colorblind”. Ahora, siendo así, ¿cómo se explica Ferguson? Pues para Douthat hay que partir de que efectivamente EE.UU es cada vez más un país multicultural y multirracial. Para él esta tendencia sin embargo es conflictiva con el “postracialismo”, porque es utilizada por políticos inescrupulosos para fomentar nuevas divisiones utilizando como base las “políticas identitarias”. Nuevamente, el remanido “retroceso hacia la identidad” es una nueva excusa de los afroamericanos para no integrarse a la cultura dominante. Douthat hace suyo el argumento del “racismo al revés” utilizando una terminología algo más rebuscada.







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