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¿Qué dejó el viaje de Obama a Cuba?

La visita de Obama a Cuba ya es historia. El 22 a la tarde el presidente norteamericano abandonó la isla rumbo a Argentina, acompañado por Raúl Castro hasta las escalinatas del Air Force One.

Miércoles 23 de marzo de 2016 | Edición del día

Fotografía: EFE/ Orlando Barría

La visita de Obama a Cuba ya es historia. El 22 a la tarde el presidente norteamericano abandonó la isla rumbo a Argentina, acompañado por Raúl Castro hasta las escalinatas del Air Force One. Para aplacar a sus críticos, tanto republicanos como demócratas, Obama compensará el gesto “progre” de la foto en la Plaza de la Revolución con el Che Guevara de fondo con el abrazo con Macri, la avanzada del giro a la derecha en América Latina.

La visita de dos días de Obama a Cuba es el último capítulo de la política de “normalización de las relaciones” entre Cuba y Estados Unidos anunciada en diciembre de 2014 y gestada varios meses antes en negociaciones bajo el auspicio del papa Francisco. Como el acuerdo nuclear con Irán, y el ya no tan discreto apoyo al diálogo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, la recomposición de los lazos con Cuba es parte de una orientación de la administración demócrata de “despolarizar” y desescalar conflictos internacionales, y por medio de la diplomacia recomponer el debilitado liderazgo estadounidense.

Dentro de esta consideraciones generales, el giro “Cuba friendly” tiene su propia lógica. El cambio de rumbo con respecto a la política de hostigamiento abierto que sostuvo el imperialismo norteamericano contra Cuba desde 1960 se explica por varias razones, ninguna de ellas progresiva.

Desde un punto de vista pragmático, la línea dura no dio ningún resultado positivo para lograr los objetivos imperialistas de terminar con la revolución cubana: ni la opción militarista, descartada luego del desastre de la invasión de Bahía de Cochinos, ni la presión del bloqueo, recrudecido por leyes como la Helms-Burton de 1996, lograron derribar el régimen del Partido Comunista Cubano ni restaurar las relaciones capitalistas y el poder de las viejas clases dominantes en el exilio en Miami. Es más, un sector paranoide del establishment norteamericano cree que incluso el bloqueo le ha facilitado la sobrevida al régimen cubano, al crear una causa justa para mantener la unidad nacional.

Desde el punto de vista económico, las empresas norteamericanas, impedidas por el bloqueo de comerciar con la isla, vienen perdiendo posiciones en detrimento de firmas europeas, canadienses, chinas y latinoamericanas y están a la retaguardia de aprovechar las oportunidades de negocios que ofrecen las medidas de apertura al capital que gradualmente viene implementando el gobierno de Raúl Castro. Para dar solo un ejemplo, el negocio del puerto de Mariel, uno de los más importantes de los últimos años, se lo quedó la constructora brasilera Oderbecht, la misma que está implicada en el escándalo de corrupción de Petrobras.

Desde el punto de vista diplomático, Obama quiere aprovechar el cambio político hacia derecha en América Latina y el fin de ciclo de los gobiernos “populistas” para recuperar el terreno perdido en la última década, en la cual mientras la política exterior de Estados Unidos estuvo concentrada en el Medio Oriente, la región que históricamente fue su patio trasero, se abría a otros socios comerciales, principalmente China, y buscaba con desigualdades algunos grados de autonomía con respecto al alineamiento automático con los intereses norteamericanos de los años del Consenso de Washington. Pero ahora las condiciones económicas para América Latina cambiaron, y hay viento de frente. Quizás Obama busque tentar a gobiernos como el de Macri con alguna asociación comercial relacionado con el Tratado Transpacífico, ya firmado por Chile, México y Perú.

Hay también un problema de “buena imagen” del imperio que intenta recomponer Obama, con el simbolismo de ser el primer presidente afroamericano de la historia. El bloqueo contra Cuba es un símbolo de la política imperialista de Estados Unidos hacia América Latina. Es altamente impopular y a esta altura es rechazado por el conjunto de los gobiernos de la región, hasta los más pronorteamericanos, que al incorporar a Cuba a sus instituciones y negocios dejaron en soledad a Estados Unidos sosteniendo la política de aislamiento.

Los que mantienen la línea dura del bloqueo son los sectores más recalcitrantes de los gusanos de Miami (la burguesía cubana en el exilio), de los “disidentes” cubanos rabiosamente anticomunistas y del partido republicano, que consideró el viaje como un “error histórico” (aunque varios de sus congresistas acompañaron a Obama a Cuba).

La voz más audible de esta derecha fue Ted Cruz, el candidato republicano de origen cubano que disputa la nominación con Donald Trump. Cruz escribió una nota acusando a Obama de “legitimar” con su presencia la “dictadura de los Castro” y que su estrategia es la opuesta a la que tuvieron otros presidentes como Ronald Reagan para lidiar con “regímenes totalitarios”.

“Soft power” y restauración

Más allá de las formas “amigables”, el contenido de la política de Obama es tan imperialista como la de los partidarios del “cambio de régimen”. Mientras que la derecha insiste con una política ofensiva, la táctica de Obama es utilizar el “soft power” como la vía más segura para lograr el mismo objetivo: crear las bases para avanzar en la restauración del capitalismo en Cuba y posicionar a las firmas norteamericanas en la primera línea para beneficiarse de este proceso. Por esto quizás, una cantidad de CEOs y lobistas, modesta en cantidad pero de empresas importantes acompañó al presidente a La Habana.

También hay un sentido de la oportunidad: la crisis económica y política en Venezuela, que bajo los gobiernos de Chávez y Maduro han subsidiado gran parte de la energía a Cuba, está afectando seriamente las perspectivas económicas de la isla, presionando para la búsqueda de otras alternativas.

Aunque el embargo sigue en pie y es poco probable que el Congreso con mayoría republicana lo levante, Obama lo ha perforado bastante con medidas presidenciales entre ellas: el restablecimiento de vuelos comerciales directos diarios, nuevas regulaciones que facilitan el turismo norteamericano hacia Cuba, la habilitación para el uso de tarjetas de crédito y débito, la autorización por primera vez desde 1962 del uso del dólar para ciertas operaciones para cubanos e instituciones financieras, la inversión norteamericana en algunos rubros. Además de quitar al país de la lista de sponsors del terrorismo. Con estas medidas el gobierno norteamericano busca incorporar cada vez más a Cuba a la economía capitalista.

Este alivio de las sanciones económicas coincide con las “reformas” procapitalistas que viene implementando Raúl Castro desde que asumió la presidencia en 2008, aunque oficialmente diga que está “actualizando el modelo socialista”. Entre estas medidas se encuentran la ampliación del usufructo privado de tierras ociosas y para el cuentapropismo. Según estimaciones alrededor del 20% de la fuerza de trabajo estaría empleada o “autoempleada” en el sector privado en pequeños negocios como paladares, taxis y peluquerías. Aunque no es viable un capitalismo de cuentapropistas, esto ha dado lugar a la emergencia de una incipiente clase media, en general con acceso al turismo y por lo tanto a la moneda convertible (CUC) que se separa cada vez más del resto de la población empleada en el sector estatal donde el salario promedio es de apenas 20 dólares. Este sector acomodado, que participó en la reunión de “emprendedores” con Obama, es la base para presionar por una mayor “apertura” es decir, para desmantelar lo que queda de la planificación de la economía y del monopolio del comercio exterior, que aún ejerce parcialmente el estado a través del control de divisas.

Está claro que la burocracia gobernante que mantiene un férreo control político a través del régimen de partido único encarnado por el Partido Comunista Cubano se postula como el artífice de la apertura gradual al capitalismo, sobre todo las Fuerzas Armadas Revolucionarias que tienen bajo su órbita importantes negocios como el turismo. Pero los liderazgos tienen fecha de vencimiento. El mandato de Raúl Castro termina en 2018 y con él el de la vieja guardia que dirigió la revolución. Hasta el momento su probable sucesor es Miguel Díaz-Canel, perteneciente a una generación nacida después de la revolución de 1959, que aún tiene que demostrar tener la capacidad para mantener la unidad del régimen y el control de un proceso que va a llevar a fuertes tensiones sociales.

Obama comenzó su discurso televisado desde el Gran Teatro de La Habana citando un famoso poema de José Martí, que como se sabe, es utilizado por los liberales como la contracara de la revolución de 1959. El héroe de la independencia cubana era un hombre de su tiempo pero eso no lo impidió anticipar las tendencias imperialistas de Estados Unidos. En su exilio en Nueva York dudaba de aceptar la colaboración norteamericana en la lucha independentista contra España. Se preguntaba: una vez que Estados Unidos entre a Cuba, ¿quién podrá sacarlo? La respuesta llegó con la revolución de 1959 cuyas conquistas como la salud y la educación aún perduran. Su defensa es la base elemental para enfrentar la ofensiva restauradora del capitalismo.







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