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PERIODISTA INVITADO

Pumas disfrazados de carneros: la infamia de Sudamérica XV y su apoyo al Apartheid

El 3 de abril de 1982, en plena Guerra de Malvinas, se produjo una de las gestas más vergonzosas del deporte argentino. Fue cuando la UAR ignoró el bloqueo internacional al régimen racista de Sudáfrica y viajó a aquel país cambiando su nombre.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Martes 3 de abril | Edición del día

En un abril como este pero de 1982, Argentina era gobernada por el genocida Leopoldo Galtieri y Sudáfrica por Marais Viljoen. Fue uno de los tantos presidentes de la era post-colonial que, en la proclamada República Sudafricana, sostenía el Apartheid. El sometimiento, represión y segregación de una minoría blanca de origen británico a una mayoría negra en base a desprecios racistas sin parangón desde la caída del nazismo había despertado un bloqueo entre algunas de las instituciones que se arrogaban representatividad en la comunidad internacional. Desde la Organización de las Naciones Unidas hasta el Comité Olímpico Internacional, la impugnación al régimen sudafricano vedaba desde negocios hasta deportes.

Pero todo esto pareció importarle nada a la Unión Argentina de Rugby cuando recibió la invitación de la selección de Sudáfrica, los temibles Springbocks, para realizar una gira por aquel país en 1982.

Proscripto por casi todo el mundo, el régimen sudafricano realizaba onerosas ofertas económicas a cualquier personalidad o colectivo que se animara a visitar el país con la excusa que fuere. En el plano deportivo, y en particular en el del rugby (el deporte más popular, aunque entonces dominado por la minoría blanca y bóer), solo unos pocos habían aceptado los convites, entre ellos la selección de Francia o los Lions, un combinado de jugadores británicos. Muy lejos de ellos estaban los All Blacks, quienes se habían embanderado detrás de la campaña “Halt all racist tours” (“Detengan todos los viajes racistas”) iniciada por distintos sectores de Nueva Zelanda en 1969.

Para el rugby argentino, Sudáfrica remitía a un recuerdo fundacional: fue en ese país donde, tras vencer a un combinado local de juveniles en junio de 1965, la selección nacional empezó a ser denominada como Los Pumas. Por eso, lejos de imponerse objeciones, la UAR aceptó la invitación de 1982 logrando sortear el bloqueo (y, fundamentalmente, las duras sanciones deportivas y económicas por quebrarlo) a través de una perversa maniobra administrativa: anexando una docena de rugbiers uruguayos, chilenos y paraguayos para, de ese modo, presentarse bajo el nombre de Sudamérica XV.

Se diseñó especialmente una camiseta blanca con vivos rojos, amarillos y azules, la cual era rematada con un escudo que incluía un puma, un cóndor y un yaguareté, animales nacionales de Argentina, Chile y Paraguay, respectivamente. Pero, a pesar del esfuerzo creativo, nadie se comió el cuento: 30 de los 42 convocados para ese plantel (además de Rodolfo O’Reilly, el entrenador), eran argentinos. “Los muchachos de otros países sabían que eran una pantalla, y si bien jugaron partidos en la gira, en los test jugaban Los Pumas”, le reconoció sin sonrojarse al diario La Gaceta de Tucumán el propio O’Reilly, que la democracia premiaría con la Secretaría de Deportes durante el gobierno de Raúl Alfonsín. En definitiva, Sudamérica XV se trató de Pumas encubiertos bajo la más infame de las banderas: la de la insensibilidad humana hacia un régimen que todo el planeta denunciaba y cuestionaba por sus crueles políticas racistas.

Dada la gran cantidad de jugadores seleccionados, se formaron para aquella expedición dos equipos. El B era conocido como La Legión y triunfó en los dos partidos que jugó, aunque la atracción principal era el A, cuyo 15 inicial estaba completo en su totalidad por argentinos.

El primer test match fue el 27 de marzo de 1982 en Pretoria, la capital administrativa de Sudáfrica, a más de mil metros de altura sobre el nivel del mar. A pesar de que Sudamérica XV llegó a ponerse 18-20, los Springbocks hicieron valer su reconocida superioridad deportiva y aplastaron a ese engendro carnero con una metralla de cinco tries en los últimos veinte minutos. Acaso la única vez que aquella delegación dominada por argentinos sintió algún tipo de vergüenza fue cuando, al término del partido, alzaron la cabeza y vieron el humillante 50-18 final marcado en la chapa del estadio.

La épica del rugby argentino indica que en la semana siguiente hasta el segundo y último partido los Pumas con piel de carneros desplegaron un sentido de amor propio, sacrificio y corazón para tomarse venganza en el desquite final.

El día llegó el 3 de abril, una fecha sensible para la historia argentina: fue apenas 24 horas después del inicio de la Guerra de Malvinas. “La noche anterior al partido se analizó no jugarlo”, confesó mucho después el propio O’Reilly, aunque las dudas duraron poco y el entrenador se concentró en lo único que realmente parecía inquietarle a la delegación: tomarse revancha de la paliza deportiva que le había propiciado el elenco sudafricano.

Para esa ocasión O’Reilly decidió nuevamente alinear a un equipo compuesto cien por ciento de argentinos. Muchos de ellos luego lograrían notoriedad por motivos deportivos. O no tanto: Alejandro Puccio, convocado por su habilidad como wing del Club Atlético San Isidro, participaría tres meses más tarde el primero de los asesinatos que el clan que integraba perpetraría en un abominable plan de secuestros, torturas y crímenes.

Ese 3 de abril de 1982 también significó el debut internacional de Serafín Dengra, pilar de FC San Martín que, más cerca en el tiempo, se haría conocido también por sus arengas motivacionales lo mismo dirigidas a un chico con cáncer como a la Gendarmería que acababa de arrinconar hasta la muerte a Santiago Maldonado. Actualmente Dengra es investigado por la Justicia Federal por su presunta vinculación con una red de estafas, aunque en aquel entonces su máxima preocupación estribaba en poder frenar al rudo pack sudafricano, motivo por el cual la noche anterior al partido decidió tacklear parquímetros de la vereda hasta dejarlos torcidos.

Para pararlos había que suicidarse. Así que manejamos mucho la pelota con los forwards, cerquita de las formaciones. Nos cagamos a palos, fue muy áspero. No me puedo olvidar de lo que tackleamos ese día”, recordó en el sitio Rugbyfun.com.ar el segunda línea Eliseo Branca, compañero de Puccio no sólo en Los Pumas y Sudamérica XV, sino también en el CASI.

En aquel equipo para la historia también jugó Marcelo Loffreda, ingeniero civil y centro del San Isidro Club que, en su posterior rol como entrenador de los Pumas, llevaría a la selección de rugby por primera vez en su historia a una semifinal de un Mundial en Francia 2007.

Pero la verdadera estrella de Sudamérica XV fue Hugo Porta, ungido por la historia oficial como el prócer máximo del rugby argentino. La faena del por entonces apertura de Banco Nación le permitió al equipo alzarse con una impensada victoria tras marcar la totalidad de los puntos del elenco a través de las cuatro vías posibles: mediante un try y su respectiva conversión, un drop y cinco penales. Los Pumas apócrifos terminaron venciendo 21-12 en lo que significó el primer triunfo de un equipo argentino ante los Springbocks hasta que Los Pumas originales (usando la celeste y blanca con la insignia de la UAR y sin la vergüenza de tener que adulterar su nombre) superaron en Durban por 37-25 a Sudáfrica en 2015.

El partido se jugó en Bloemfontein, la capital jurídica de un país que se daba el gusto de darle pan y circo a su minoría bóer en un estadio perversamente bautizado Free State. Al término del test match (al cual los negros solo pudieron asistir en una ínfima cantidad y aislados en una tribuna específica), el vestuario visitante era pura alegría. Nadie pareció reparar en la burla al bloqueo ni tampoco en la guerra delirante que el país al que representaban estaba desatando en el Atlántico Sur. “Yo tenía 20 años, no sabía nada de política, estaba en otra cosa. Lo único que pensaba era en el rugby y en ganarle a los Springboks. Para mí era como ir a Disneylandia, nunca me cuestioné el viaje porque tampoco tenía toda la información”, se excusó Eliseo Branca, quien por participar de ese viaje se perdió de acompañar a su esposa en el nacimiento de su hijo en común. “En esa época el tema de las comunicaciones era distinto. Hablábamos por teléfono con nuestras familias y nos decían cosas completamente diferentes, que estábamos ganando la guerra”.

Para el revisionismo rugbístico criollo, aquel triunfo es valorado como una verdadera epopeya deportiva. En efemérides como estas los medios suelen volver a ella con títulos tales como “La batalla de Sudamérica XV”,“El día que vencimos a los Springbocks”, “Los recuerdos de un equipo de lujo” o “El deporte hace historia: Sudamérica XV con la estirpe Puma”. Algunos incluso van más allá de los eufemismos y se lamentan porque tamaño “hecho histórico” fue “opacado por la realidad política argentina”. Incluso varios de esos jugadores incorporaron a su vida laboral el nunca despreciable kiosco de las charlas motivacionales a empresas o empleadores similares con el propósito de contar aquella hazaña en la que no caben los lamentos por el contexto social y político.

El propio Branca fue uno de los pocos que, recién pasados los años, se animaría a ensayar una autocrítica por haber sido parte de esa gira infame. “Salí de una locura, acá, y me fui a otra, allá. Ahora me quedó una sensación de amargura horrible de esos días”, dijo. No parece opinar lo mismo Hugo Porta, quien no titubeó en señalar ese partido como “un hito en el rugby argentino”. El apertura, que en los ’90 fue designado embajador argentino en Sudáfrica por Carlos Menem, sostuvo incluso que ese viaje “pudo haber sembrado una semilla con eso de tratar a todos por igual, que estuviéramos tanto con los negros como los blancos”.

Fue en una entrevista que le concedió en 2010 a La Nación, diario que siempre se encargó de darle propaganda a los valores que la Unión Argentina de Rugby pretendió instalar como naturales. Pese a ello, el periodista de turno se sintió intrigado por lo que cualquier colega repreguntaría en la misma circunstancia, en relación a ese viaje de Sudamérica XV a Sudáfrica.

-¿No te reprochás nada?

- No, no. Para nada.







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