Política

TESTIMONIO

Pu Lof Cushamen: historia de represión y persecución al pueblo mapuche

Las imágenes y la voz del testimonio que visten estas palabras fueron tomadas en enero de 2017 en el Pu Lof Cushamen, luego de una feroz represión a la comunidad mapuche.

Miércoles 30 de agosto de 2017

Imágenes: Sebastián Miglio

En la era de la información, cualquiera de nosotros puede, luego de una operación sencilla que consiste en deslizar los dedos sobre un teclado, acceder a relatos antiguos que intentan explicar –con una belleza inusitada- el origen de la vida, la tierra y los hombres. Tan así que muchos de nuestros hijos portan en sus nombres una parte minúscula de estas historias. Del mapuche, algunos se han transformado de manera permanente en la elección de padres y madres: Nahuel es el nombre del jaguar, Ayelén, cascada de alegría. Lautaro, una voz compuesta que a la vez es ave y es veloz. Mapuche significa, casi literalmente, hombres de la tierra. Es decir, no tierra de los hombres sino su contrario: son los hombres los que le pertenecen a la tierra, una idea simple que perturba las mentes trasnochadas de los políticos que digitan el mundo que conocemos.

Desde tiempos de los que no tenemos registro, pasando por la conquista española, inglesa, yanqui estadounidense y otras tantas, los mapuche intentan preservar su identidad, que es a la vez sus costumbres y su territorio, la tierra que les da no solo el sustento sino el ser. Esa es la forma que adquiere para ellos la dignidad.

Dignidad, según la Real Academia, es algo así como Excelencia, realce. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Luciano es un nombre que proviene del Latín, y significa luminoso, o brillante.

Luciano Benetton, empresario italiano conocido mundialmente por el eslogan publicitario “united of colors”, en una operación que nada tiene de luminosidad o decoro, en los años 90 y a fuerza dólares, fuego y represión, se ha hecho de casi un millón de hectáreas de los pueblos mapuche de la Patagonia argentina.

Todo lo bello que íntimamente reconocemos –tanto como para nombrar así a nuestros hijos- , hoy día y en cuanto medio de comunicación al que accedamos, está nominado no ya como riqueza o herencia cultural, sino como terrorismo.

Contradictoriamente, sectores grandiosos de personas que no son dueñas de nada salvo de un boleto de pago de impuestos, somos obligados a asistir al extraño espectáculo en el que se pone por encima la propiedad privada a la vida. Custodiados por gobiernos y gendarmes que profesan la religión del gatillo, se reprime, se quema y se mata a favor de la propiedad privada de personajes públicos.

Los responsables de todo esto tienen nombres y apellidos que inundan las primeras planas de todos los portales, comandan los ministerios gubernamentales y llenan con sus retratos las listas electorales de los partidos mayoritarios. La intención de estas líneas no es abundar en su denuncia, sino en la formulación de una pregunta que resuena cada vez menos silenciosa: ¿cuál es el límite?

Las imágenes y el testimonio que visten estas palabras fueron tomadas en Enero de 2017 en el Lof Cushamen, luego de una feroz represión a la comunidad mapuche.

Los nombres que necesariamente deben ser pronunciados para resguardar nuestra condición humana son los de Facundo Jones Huala, preso por defender la causa de su pueblo; y el de Santiago Maldonado, desaparecido a manos de la Gendarmería en ese mismo lugar el 1 de agosto de 2017.






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