Primeros recuerdos

Quizás es cierta esa caricatura, de que los animales quedan prendados del primer ser que ven, porque me parece que nací en ese momento, y mi abuelo, por mucho tiempo fue la persona más importante en mi vida.

Martes 26 de diciembre de 2017

En ocasiones me gusta forzar mi memoria, para encontrar el primer recuerdo de mi existencia, y siempre llego -entre nebulosas- a uno que surge en un lugar muy amplio, con altos muros blancos y piso encementado, lleno de personas alegres, en una especie de entrega de regalos, donde mi abuelo me sostenía en sus brazos.
Me entregaron un camión de plástico que en su zona de carga tenía un aljibe de color amarillo, muy grande y que apenas pude abrazar.

Los brazos de mi abuelo eran fuertes y me sentía totalmente protegido, a pesar de estar en esas alturas. Era un momento de algarabía, de ruido, de movimiento. Quizás es cierta esa caricatura, de que los animales quedan prendados del primer ser que ven, porque me parece que nací en ese momento, y mi abuelo, por mucho tiempo fue la persona más importante en mi vida. Mi padre biológico murió en un trágico accidente, cuando yo tenía un par de años y no lo recuerdo.

Luego vuelven las nebulosas y las imágenes desaparecen. Investigué los hechos y resulta que fue una entrega de regalos navideños, en el Molino San Cristóbal, donde mi abuelo era trabajador y dirigente sindical.

Otro recuerdo, que encuentro fácilmente cuando vuelvo a este ejercicio, es una noche en que mi madre me despertó en silencio y me hizo mirar por la ventana. Todavía estaba oscuro y caían lentamente copos de nieve. Según mis cálculos debo haber tenido cinco años.

Era extraordinario, cabe señalar que yo vivía en el sur poniente de Santiago, lo que actualmente es la comuna de Pedro Aguirre Cerda, o la PAC. Y en ese lugar nunca sucedía algo así, de hecho nunca más en casi cincuenta años ha vuelto a nevar en ese lugar. Fueron unos minutos de una calma sublime, de resignación al poder de la naturaleza, todo se estaba cubriendo de una capa blanca inagotable.

No recuerdo el frío y todavía tengo esa sensación de pequeñez ante algo muy poderoso, que podía cubrirnos totalmente, quedamente persistente. Estuve mucho rato hipnotizado e impactado por esa imagen.

Nosotros vivíamos en unas habitaciones, en el fondo de un gran patio en la casa de mi abuelo, donde mi madre se construyó unas piezas de material sólido, para comenzar su viudez, con dos niños a cuestas. No recuerdo que mi madre haya despertado a mi hermana menor. Estábamos ahí, consternados y en silencio, sin tocarnos porque ella era muy fría en ese aspecto. Quizás, si hubiese sabido que ese momento mágico quedaría grabado en mi mente por el resto de mis días, hubiese tenido un gesto cariñoso. Si no fuera por los recuerdos que tengo del día siguiente, pensaría que todo fue un simple sueño.

Esa mañana era todo alegría, las clases se suspendieron y la única afligida era mi abuela que corría para proteger sus plantas, todos estaban en la calle celebrando el acontecimiento. Se lanzaban bolas, sonreían, intentaban hacer figuras, pasaban autos con sus monos encima, como si fueran carros alegóricos. Creo que para la gran mayoría de vecinos era la primera vez que veíamos la nieve.
Duró muy poco la diversión porque en la tarde ya no quedaba mucha, pero en mi alma de niño, esa jornada quedó grabada hasta hoy, y cuando deseo evocar la alegría fidedigna de la gente, recuerdo a mis vecinos disfrutando de un regalo del cielo.

Pero cuando me entrego a la nostalgia y la profunda tristeza, cuando necesito volver a la soledad, recuerdo la nieve caer sobre mi mundo y me veo mirando desde la ventana.






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