Cultura

76 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE TROTSKY

Postales de la vida de Trotsky

Supongamos que cuando nos morimos vemos el curso de nuestra vida. También que esto le pasó a Trotsky. Ficción histórica basada en las publicaciones de Ediciones IPS- CEIP "León Trotsky".

Santiago Trinchero

@trincherotw

Domingo 21 de agosto de 2016 | Edición del día

I

León Trotsky, hombre marcado para morir, es un muerto que respira. Bromea por las mañanas, como conjurando:

  •  ¿Ya ves, Natalia? Anoche no nos mataron y todavía te quejas.

    No hace mucho, balearon la habitación en la que dormía junto a Natalia. Entre los casi asesinos había un reconocido pintor. Desde entonces la Casa Azul en la que viven ha reforzado la guardia y los recaudos. A los oficiales de la policía mexicana, se agrega una escolta de jóvenes americanos, militantes de la flamante IV Internacional que era tan pequeña como luminosa. Una anticipación histórica de una sonoridad insoportable para la burocracia.

    Ramón Mercader es una obra maestra de la ingeniería social que observa la espalda de León Trotsky mientras este alimenta a los conejos de su jardín. Había recorrido un largo camino desde la España Republicana al patio de la Casa Azul. En aquel viaje se había despojado de su pasado, su identidad misma había ido mutando a lo largo de los años, engranaje de un plan orquestado desde las más altas esferas del estalinismo internacional. Trotsky pasa al lado suyo y camina hacia el estudio seguido por Mercader. No sospecha nada. Mercader lleva oculto en su saco un revolver, un cuchillo y un piolet con el mango recortado. Optó por este último. Descargó un golpe brutal sobre la cabeza de Trotsky, que se balancea hacia un lado antes de comenzar a desplomarse, lanza manotazos contra Mercader, grita con una furia que el asesino más tarde dirá que nunca olvidará y llega incluso a morderle la mano. Mientras cae y durante las horas que agonizará en el hospital, la mitad de un siglo del que fue protagonista desfilará por su retina.

    II

    León Bronstein es un joven estudiante al que le gustan, en este orden, las matemáticas y la política. Vive en Odessa, ciudad costera de lo que hoy es Ucrania. Rápidamente abraza la lucha revolucionaria en un mundo y en un tiempo que no favorecía la prolongación de la adolescencia, mucho menos en las familias obreras. “Era la época de la gente entre los dieciocho y los treinta años". Escribirá, mucho después, el propio Trotsky. "Los revolucionarios de más edad eran pocos y parecían viejos. El movimiento, hasta entonces, carecía en absoluto de vividores, vivía de su fe en el futuro y de su espíritu de sacrificio. No existía aún rutina, fórmulas estereotipadas, gestos teatrales, trucos oratorios hechos de antemano. El colmo de su ambición era estar en la brecha el mayor tiempo posible antes de ser detenidos; mantenerse firmes frente a los gendarmes; aliviar en lo posible la situación de los camaradas; leer, durante la prisión, el mayor número posible de libros; escaparse cuanto antes del destierro al extranjero; adquirir allí conocimientos útiles, y volver después a la actividad revolucionaria dentro de Rusia.”

    León Trotsky en su juventud

    La vida de estos hombres y mujeres se cuenta por años de deportación o de presidio, son miles de existencias vividas con una intensidad que erizaría la piel de cualquier productor de Hollywood, si Hollywood no fuera una mierda. La generación política a la que pertenecía Trotsky había heredado el legado teórico de Marx y Engels y los grandes partidos obreros occidentales, los millones de militantes de la socialdemocracia o de los sindicatos se referenciaban en el pensamiento marxista. Esta tercera generación de revolucionarios pudo sintetizar mejor que nadie hasta entonces las experiencias de las etapas de acumulación teórica y el crecimiento evolutivo “pacifico” en el movimiento obrero. Tomaron en sus manos aquel legado y pusieron todo en cuestión: con pocos años de diferencia entre cada obra, Lenin escribirá el ¿Qué Hacer? (1902), Luxemburgo Reforma o Revolución (1900) y Trotsky 1905 (1907), todas ellas escritas al calor de los acontecimientos fundacionales del siglo. Sus plumas y sus acciones forjaron una era.

    III

    La taiga siberiana envuelve al convoy, los bosques y pantanos árticos apenas abren el camino por el que desfilan los deportados siguiendo el curso del río Lena, del que dicen que Lenin había tomado su nombre en un tributo solapado a su maestro Plejánov, que en su juventud firmaba con el nombre de Volgin por el río Volga. Desde que los zares ostentan el poder, esta parte del mundo ha sido la alfombra debajo de la que han barrido a todos sus disidentes. Trotsky marcha hacia su primera deportación, después de haber pasado meses en una cárcel de Odessa y de contraer matrimonio en Moscú, para que no lo separen de su compañera en el repartimiento por las aldeas de deportados. Las colonias rebozan de revolucionarios de todas las tendencias políticas de Rusia. Los deportados organizan mitines y hasta tienen una prensa para pasar el rato, pero lo más importante que organizan son las evasiones: con ayuda de campesinos y contrabandistas pueden lograr sacar hacia el extranjero a algunos de ellos. Fue en este momento en que Trotsky se consagró al estudio profundo del marxismo. Junto con Labriola, clamaba que “las ideas no caen del cielo” y comprendió el rol de ellas en el complejo entramado de la evolución histórica.

    Trotsky en el exilio siberiano

    Trotsky escapa en un trineo tirado por renos a través de la tundra, en una noche helada. Su primera esposa y sus dos hijas se quedan atrás, en la aldea, y logran evitar que la policía se dé cuenta de su ausencia durante varios días. Lo recibirá en Austria Víctor Adler, patriarca de la socialdemocracia de aquel país, y uno de sus adalides le recriminará que cómo lo viene a molestar un domingo. Trotsky se puso a sopesar la relevancia del descanso dominical para estos hombres y las tareas de la revolución, que ellos atendían como si se tratara de una oficina. Como Adler disipó esa recriminación apenas lo vio la idea se desvaneció de su mente. Años después comprobaría que ese altercado fue una postal de las profundas transformaciones que estaba sufriendo la socialdemocracia que Marx y Engels habían fundado.

    Para el joven Trotsky se abría un mundo nuevo que lo llevaría primero a París y luego a Londres, donde se encontraban los mejores elementos de la socialdemocracia rusa con Plejánov, Lenin y Martov a la cabeza. Con 23 años y una pluma que ya le había dado renombre en toda Rusia, el joven Trotsky ingresaba a la primera línea de los revolucionarios europeos.

    IV

    Alix von Hessen-Darmstadt, nieta de la reina de Inglaterra, hace su presentación en la sociedad aristocrática rusa durante el funeral de su suegro, el zar Alejandro III. La flamante zarina pasó a llamarse Alejandra y ahora marcha solemnemente detrás del ataúd. Los cortesanos murmuran un mal augurio: aparece por vez primera detrás de un muerto. Nicolás II, devoto esposo y zar de todas las Rusias, se ríe. Los Romanov han reinado durante tres siglos, una caminata detrás de un féretro no va alterar ese orden natural de las cosas.

    A golpe de sable y carga de cosacos, la dinastía Romanov forjó una potencia continental cimentada en los aspectos más atrasados del medioevo, a contramarcha de la modernidad que nacía en Europa. Las luces del iluminismo apenas rozaron el cuerpo de esta nación, donde las almas de los campesinos se compraban y vendían junto con la tierra, como lo retrata magistralmente la novela de Nikolái Gogol. Mientras que en Europa el burgo y las ciudades se habían edificado sobre las ruinas del Imperio Romano, las ciudades rusas habían sido arrancadas a la inclemencia de las estepas, edificadas desde la nada. Moscú siguió siendo, durante muchos años después de la revolución, poco más que una aldea adosada al palacio del zar.

    Las grandes fincas nobiliarias coexistían con los grandes monopolios industriales. 140 mil familias nobles acaparaban casi la mitad de las tierras cultivables en el campo dejando los restos para más de 100 millones de campesinos; en las ciudades los obreros eran pocos, no más de 1 millón y medio, pero concentradísimos en grandes fábricas que rivalizaban con las inglesas y las alemanas. Mientras que en Europa todavía proliferaban los pequeños y medianos talleres, herencia de las viejas guilds y de la acumulación primitiva del capital, la Rusia de Alejandro II había importado los métodos más avanzados de la explotación industrial. El cultivo trienal de tierras convivía a escasos kilómetros del torno de cabezal giratorio y la fresadora universal. Estas contradicciones irán comprimiendo como en un mecanismo de resorte a las energías revolucionarias de la sociedad rusa. Lenin tenía razón: bastaba una chispa para incendiar la pradera. Esa chispa fue la guerra con Japón. La Revolución de 1905 cambiaría al mundo.

    V

    León Trotsky es sentado frente al Tribunal. La primera revolución del siglo XX ha sido derrotada, la mayoría de sus líderes se encuentran presos, muertos o huyeron al extranjero. Lo citan un 4 de octubre de 1906. El mes que viene el ex Presidente del Soviet de Petrogrado cumplirá 27 años. El Tribunal lo acusa de encabezar el intento de un golpe de Estado engañando a los trabajadores rusos para alejarse de la divina merced del Zar, que en su magnífica misericordia, otorgaba a los golpistas el honor de un juicio justo. Trotsky agradece la consideración, pero explica que él no pretendía dar un golpe de Estado sino dirigir una revolución. Que entiende que para las estrechas mentes oscurantistas de la policía y de los letrados de la clase dominante, estas palabras pueden sonar iguales pero que son radicalmente distintas. Que las revoluciones no se desarrollan en las alturas ni en los pasillos de los palacios sino que laten en las calles, en las fábricas, en las mentes y corazones de millones de hombres. Que la pulsión que asegura el triunfo de la insurrección no es el deseo de matar, sino la voluntad de morir. Que por esa razón no estuvo nunca en la agenda del Soviet, como se lo acusa, el apertrechamiento de armas y cañones. Que la movilización popular debía, antes que armarse, encarnar un sentido colectivo que superara el miedo individual por la muerte, que solo así el soldado quitaría su dedo del gatillo, se negaría a reprimir. Que la huelga general crea las condiciones apropiadas para este tipo de colisiones y que sí, que el método es brutal. Pero que la historia no conoce otro.

    Trotsky en su celda de la fortaleza de San Pedro y San pablo (1906)

    El tribunal zarista ve en este joven agitador y en sus compañeros bolcheviques la suma de todos sus miedos. Los harán marchar a una segunda deportación siberiana. La cabeza de León Trotsky trabaja más rápido que la locomotora del tren que los lleva al techo del mundo, una pluma imaginaria en su cabeza va trazando los esbozos de lo que serán las conclusiones más importantes del siglo. El Soviet, como institución del poder transicional de las clases dominadas, marcaría a fuego la consciencia de las masas rusas y del mundo entero. Si hasta el día de hoy las formulaciones acerca del gobierno obrero habían adquirido un carácter más bien algebraico, el Soviet le daba una nitidez imborrable. Trotsky sonríe a sus compañeros en el tren y no encuentra palabras para explicarles la suerte que tienen todos ellos de estar vivos y haber sido protagonistas de este primer asalto a las puertas del cielo.

    ***

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