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Por supuesto, todo es culpa de la izquierda

Desde “hacer que gane Macri” con el voto en blanco hasta “salvar a De Vido”. Los ataques a la izquierda consecuente hablan más de quienes los hacen que de quienes los reciben.

Daniel Satur

@saturnetroc

Sábado 29 de julio | Edición del día

El macartismo puede ser un arte. No es fácil pergeñar un ataque sostenido y en línea a quienes no sólo piensan distinto sino que además acusan con decisión y, sobre todo, con fundamentos las injusticias y los atropellos sobre la población trabajadora. De hecho al senador estadounidense Joseph McCarthy (de allí el término) le llevó mucho tiempo y mucho más dinero montar a mediados del Siglo XX toda una ingeniería para transformar al “comunismo” en el padre de todos los males del mundo.

Pero en la Argentina actual parece que ese arte se transformó en un deporte. Desde hace tiempo imputarle algunos males o “injusticias” a quienes son independientes y consecuentes con sus ideas, parece más sencillo incluso que mantener la coherencia discursiva. En pocos años la izquierda trotskista argentina pasó de ser la nada misma (“¡ustedes son el cero coma, no existen”!) a representar poco menos que la amalgama de Lucifer, Bin Laden y Jack el destripador.

Se dirá que es una exageración. Pero en los últimos días bastó para comprobarlo con hacer un “barrido” por los programas políticos y los portales de noticias. La izquierda no sólo es la culpable de que “cierren empresas” (como dijeron Jorge Triaca y Patricia Bullrich -hablando incluso de empresas que no cerraron-) sino que en las últimas horas se cargó con la responsabilidad histórica de salvaguardar la corrupción que mata y hace llenar los bolsillos de un puñado de inescrupulosos.

Lecciones

El affaire De Vido seguramente tendrá muchos más capítulos. Por mérito del propio exministro de Planificación y su prontuario, claro. Pero el episodio de esta semana terminó con una votación en el Congreso cuyo resultado dejó varias lecciones.

Del lado de Cambiemos (y sus aliados) se comprobó que determinadas maniobras distractivas, aún barnizadas de “republicanismo” y “moralidad” a la carta, pueden servir para enjugar a Clarín pero no para convencer a gran parte del pueblo trabajador de que ahí está la “solución” a todos los problemas que lo afectan día a día. Si el bolsillo está cada vez más seco, la disputa entre “morales” e “inmorales” (sobre todo si entre los primeros están Macri y la UCR) no califica.

Del lado del kirchnerismo se comprobó que bancar a De Vido con “dignidad” y con la pasión que supuestamente inundaba al “proyecto” es bastante difícil. No fueron pocas y pocos quienes pensaron “que se defienda solito”. Igualmente la dificultad no impidió que, en “modo campaña”, aceptaban ir a la sesión especial convocada por el oficialismo, votaran en contra del mamarracho ideado por Carrió y asesores, se levantaran rápido y rajaran a seguir con la campaña electoral.

Y del lado del Frente de Izquierda se comprobaron dos cosas. Primero, que los principios por la defensa de las libertades democráticas prevalecen sobre la coyuntura y más allá de los protagonistas circunstanciales. Y que si esos principios se defienden sin titubeos, es lógico que lluevan cataratas de ataques por parte de quienes, cual discípulos de Groucho Marx, tienen sus principios pero si el poder lo requiere pueden tener otros.

Ellos acusan

Tras las elecciones de octubre de 2015 dirigentes como Nicolás del Caño, Myriam Bregman y Christian Castillo fueron acusados por quienes compartieron gobierno, actos y fiestas con Julio De Vido de haber “permitido” que Macri llegara al poder. Todo por haber llamado a votar en blanco en el balotaje entre dos bandos que iban a implementar un ajuste. Un balotaje en el que competían un empresario cuya gestión de ocho años como gobernador fue desastrosa y otro empresario cuyos ocho años de gestión como jefe de gobierno también lo fue (ponga quien lea “Macri” o “Scioli” donde le plazca).

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Lejos de toda autocrítica por el tendal de pobres que dejaron tras doce años de “modelo”, el reduccionismo infantil condujo al kirchnerismo a una de las acusaciones más bizarras de la historia reciente. Aunque en verdad, las huestes de CFK, sin decirlo, no hicieron otra cosa que cuestionar a la izquierda que tomó una opción política anclada en sus principios y con el objetivo de mantener un polo de independencia de clase.

Ahora, quienes acusan son los de la otra vereda. Y lo hacen porque esos mismos referentes de izquierda no se prestaron a una maniobra que no por burda deja de ser peligrosa para las libertades democráticas. E incluso llegan a decir que la posición de la izquierda es “confusa” y “loca”, cuando en verdad el argumento sencillo de Del Caño, Bregman y Castillo es que, inexorablemente, de consumarse la maniobra dejaría un antecedente nefasto para que mañana legisladores “indignos” a los intereses de la casta política sean mucho más fácilmente que hoy borrados del Parlamento.

En verdad, a los antikirchneristas del régimen los confunde y enloquece que la izquierda, ayer y hoy, mantenga sus principios y no se deje llevar por los cantos de sirena emitidos desde malolientes usinas de “republicanismo”.

Irracionalidades

Así las cosas, con el correr de los años la izquierda trotskista, encarnada en referentes a quienes se ve todo el tiempo en las calles y no en las roscas palaciegas, pasó de “no existir” a ser “la culpable” de casi todo. Pero lejos de no existir, como dijeron desde Cristina a Macri pasando por Carrió y De Vido, esa izquierda es la que día a día, desde siempre, se planta junto a las luchas de la clase trabajadora, enfrenta las represiones (sea del gobierno que sea) en huelgas y manifestaciones y lleva al Congreso y las legislaturas provinciales la “agenda” que realmente importa al pueblo trabajador.

Por eso ni Clarín ni ninguna otra empresa periodística nacional hablan del escándalo de Mendoza, que institucionalmente es más grave que lo ocurrido esta semana en el Congreso nacional. Allí, por iniciativa de la gobernación de Cambiemos, cuatro legisladores del Frente de Izquierda cargan con un insólito pedido de desafuero. No por corruptos ni por criminales, sino por haberse manifestado en las calles durante un paro nacional convocado por la CGT.

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Una imagen, dicen, vale más que mil palabras. El miércoles la diputada del PTS-FIT Nathalia Golzález Seligra acompañó desde temprano a las obreras y los obreros de PepsiCo en el corte en el Obelisco; más tarde enfrentó junto a esas obreras y obreros el cordón policial que pretendía frenar con gas pimienta y palos la manifestación frente al Congreso; luego se sentó en su banca, denunció la actuación del Gobierno en el conflicto y le preguntó cara a cara a Emilio Monzó, presidente de la Cámara, por qué impedía el ingreso al recinto de siete obreras que sólo querían conversar con los “representantes del pueblo” y presentarles un proyecto de ley. Pregunta que Monzó nunca respondió.

Según el kirchnerismo, González Seligra tiene parte de responsabilidad en el ajuste de Macri. Según Carrió y Cambiemos, González Seligra es responsable de que Julio De Vido no sea ajusticiado y de que la corrupción criminal en este país siga su curso de impunidad.

Mientras se toma unos mates con las obreras de PepsiCo en la carpa que montaron frente al Congreso (y por la que pasan día a día miles de personas brindando su solidaridad y donde se realizan reuniones de coordinación para enfrentar con más fuerza el ajuste y los despidos), la diputada González Seligra sonríe.

Porque entre ellas y ellos saben que “por culpa” de la izquierda y de ese sector combativo del movimiento obrero, muy mal que les pese a los Triaca y las Bullrich, el de PepsiCo es un conflicto que trascendió la fábrica y se convirtió en un caso testigo para la lucha de clases y en un hecho de profundo contenido político a nivel nacional.

Por supuesto, comenta González Seligra junto a las obreras de PepsiCo, “todo es culpa de la izquierda”.








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