Cultura

PSICOLOGÍA

¿Por qué se está hablando de capitalismo y salud mental?

Al calor de esta larga crisis se multiplican los padecimientos mentales y también las voces que señalan en la alienación y las opresiones de este sistema importantes factores en su génesis.

Jorge Remacha

Sindicato de Estudiantes de Izquierdas, Zaragoza

Lunes 3 de abril | 17:53

En un reciente artículo de la angloparlante Left Voice, revista integrada en la red internacional Izquierda Diario, acerca de la epidemia de drogadicción en la sociedad capitalista, señalábamos:

¿Si se ofreciera una píldora, prescrita por un doctor, producida por una compañía farmacéutica, distribuida por una farmacia, que prometiera acabar con cualquier dolor, quién diría que no?

Y es que la extensión de problemas psicológicos que presentan entre sus causas la miseria y opresión de este sistema se han multiplicado en las últimas décadas. En el Estado Español un 35% de la población está siguiendo psicoterapia o tomando psicofármacos. En algunos lugares, especialmente zonas desindustrializadas, la cifra se eleva hasta el 50%, incluyendo niños o ancianos.

Son muchas las “enfermedades sociales” que fomenta una situación de opresión, siendo la salud mental una de las más perjudicadas, tanto por la miseria de la crisis capitalista, como los recortes aplicados en el sistema sanitario. A fecha de 2016 las depresiones graves han aumentado un 19,4% y las leves un 10,6%, y la venta de fármacos antidepresivos un 10%, desde el inicio de la crisis.

Esta miseria psíquica de masas no es sino otro anillo en el dedo adornando la mano invisible del capital, ya que los razonamientos inducidos por el credo neoliberal se mimetizan entre los precipitantes de estas situaciones de malestar. En palabras del doctor en psiquiatría Guillermo Rendueles, este esquema se resume en pensar que “como vivimos en un mundo justo, bueno y equilibrado, si tengo algún problema psicológico debe de ser culpa mía”.

Es una de las cimas de la internalización de la ideología de los capitalistas en sus últimas décadas, en la cual la diferencia entre ser un “triunfador” capitalista o un “perdedor” reside en la meritocracia, ya que no se contemplan las diferencias sociales y quien no quiere “emprender” o es un “perdedor” o vive de unas prestaciones sociales cuya eliminación ya queda así justificada.

Mientras este mensaje es bombardeado de forma constante, si la responsabilidad de la precariedad y opresión sufrida es únicamente propia, ¿hacia quién dirigir la rabia si no es hacia el propio interior? Aquí aparece una de las disyuntivas entre la sensación de fracaso y culpa o el optimismo reconfortante como opción ofrecida a coro entre credos religiosos, autoayuda y producción cultural.

A este respecto resulta interesante el aporte del crítico literario Terry Eagleton, quien advierte en Esperanza sin optimismo, que “el optimismo es un componente típico de las ideologías de las clases dominantes. Si los gobiernos no animan a sus ciudadanos a creer que les acecha algún terrible apocalipsis en parte es porque la alternativa a una ciudadanía confiada puede ser la desafección política. La desolación, por el contrario, puede ser una postura radical. Sólo si nos parece que nuestra situación es crítica vemos la necesidad de transformarla.”

Este mismo autor plantea más adelante que otro nuevo elemento disruptivo es “la fragmentación del yo consumista, incapaz de pensarse a sí mismo como el sujeto de una evolución histórica inteligible.” Y es que la promoción del individuo como consumidor es fuente de problemas derivados de la creación de nuevas necesidades insatisfechas y costosas de satisfacer, la explotación de carencias emocionales con fines comerciales y de obediencia y la transformación de la salud mental en una mercancía.

Compra felicidad

Los psicofármacos son ya los medicamentos más utilizados del mercado. La medicalización de la vida que pronosticaba el psiquiatraThomas Szasz es cada vez un hecho más extendido, con el consiguiente aumento de beneficios para la poderosa industria farmacéutica, que encontró un nuevo filón en esta tendencia dirigida por la ilegalización de numerosas dogas y su legalización en formato fármaco, como es el caso de los adictivos OxyContin y Percodan, casi idénticos a la heroína y generadores de miles de millones en beneficios anuales.

Aunque las corrientes hegemónicas del ámbito psi han patologizado y medicalizado la inadaptación y la disidencia a la sociedad capitalista y patriarcal desde su creación en numerosas ocasiones, también han existido y existen voces que señalan al sistema como culpable y atacan a la sociedad burguesa y sus instituciones, como la familia patriarcal y autoritaria, la Iglesia, la jerarquía laboral o el sistema educativo; lo que contribuye a dotar a las masas de un aparato teórico más completo para sanarse y para combatir a la clase dominante.

Es habitual hoy en día encontrar de forma más o menos abierta estudios que encuadran el esfuerzo personal junto a términos neoliberales extrapolados como el de “capital mental” como formas de mejorar la situación socioeconómica. Cuentan con amplio apoyo financiero y político en Ministerios de Educación y sus teóricos actúan frecuentemente como gurús tras las reformas de la enseñanza o superventas de manuales de positividad y autoresponsabilidad ante la opresión.

A este respecto el doctor Rendueles relata que “son muy frecuentes los cuadros de quemazón laboral o de acoso por parte de los jefes, que no se resuelven desde el plano individual. Los patrones no suelen ser perseguidores, sino explotadores, no tienen nada personal contra nosotros.”

Conclusión: pelear por conquistar las propias vidas

Es habitual ver cómo en un contexto de paro y precariedad laboral proliferan formas de estrés y desórdenes obsesivos-compulsivos relacionados con el trabajo, infravalorando la dedicación del escaso tiempo libre del trabajador a la hora de desarrollar su vida personal debido a las presiones de autoexplotación, así como cuadros de ansiedad, irritabilidad y depresión.

Es la expresión de una cadena de opresiones que afecta a la salud mental de los trabajadores, expresándose en múltiples padecimientos psicológicos derivados del embrutecimiento y la deshumanización que genera la alienación del trabajo, de la misma manera que la raigambre psicológica del patriarcado es causa y efecto de una multitud de padecimientos normalizados, especialmente concentrados en las mujeres y personas LGBTI.

La necesidad de desterrar la epidemia de miseria psíquica que inocula el capitalismo expresa la urgencia de teorizar la “crítica como arma” más allá de lo individual, desarrollando un enfoque desde el ámbito psi para la liberación de los deseos y emociones.






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