Sociedad

OPINION

Polémica Vernaci-Morales: ¿el botín de la jujeñidad o del sentir nacional?

La conductora radial despertó una polémica al afirmar que “Jujuy es Bolivia”, lo que valió la respuesta del Gobernador de Jujuy. Entre nacionalismos y regionalismos reavivan una cultura de división de la clase trabajadora frente a las clases dominantes. Una respuesta a contrapelo.

Gastón Remy

Economista, docente en la Facultad Cs. Económicas UNJu.

Miércoles 19 de febrero | 12:03

“Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura.” Walter Benjamin (“Tesis de Filosofía de la Historia”, 1940).

En un verano que ha tenido a las cuestión social, a partir del asesinato de Fernando Báez Sosa por parte de los rugbiers, entre los principales temas de debate y opinión, esta semana inició con una polémica declaración de la conductora radial, Elizabeth Vernaci, la cual recibió como respuesta una carta del gobernador Gerardo Morales y un encendido debate en las redes sociales.

Vernaci en medio de comentarios sobre las vacaciones de cada uno de los integrantes de su programa, “La Negra Pop” que se transmite por Radio Pop, sostuvo que: “Jujuy es Bolivia, chicos, digámoslo. ¡Alguien lo tiene que decir!”.

La respuesta en las redes no se hizo esperar, pero lo más trascedente fue que hasta el Gobernador Morales, entró a la polémica emitiendo una “carta abierta” en respuesta a las afirmaciones de Vernaci y su equipo de radio, exigiéndole disculpas con el pueblo jujeño y la provincia de Jujuy.

A primera vista, la polémica entre Vernaci y Morales, cada uno defendiendo lo suyo, termina acicateando un sentimiento nacionalista contrario al hermano pueblo trabajador de Bolivia que atraviesa un difícil momento a partir del golpe de Estado del pasado 10 de noviembre. Ni la conductora en sus afirmaciones radiales, ni el Gobernador en su carta, hacen mención a semejante realidad que bajo la impronta militar y policial produjo la muerte, al menos de 35 personas, cientos de heridos y presos políticos por resistir el golpe, sobre quienes sus familiares aún reclaman por justicia y su libertad.

Unitarios y Federales

El Gobernador aprovecha las afirmaciones de Vernaci para reflotar un viejo tufillo regionalista, remitiéndose a las peleas, entre las clases dominantes del interior y Buenos Aires, aunque como nos tiene acostumbrados alude al pasado recortando la historia o, mejor dicho, mostrándola de acuerdo a los intereses de los vencedores.

“Jujuy y en particular su Capital, San Salvador de Jujuy, fue invadida 11 veces por el Ejército realista que arrasaba con todo: familias completas, personas, civiles, ganado, alimento etc. Tal vez pueda Ud. informarme, porque no lo sé, cuánto perdieron sus antepasados porteños en la gesta.”

Morales así le responde a Vernaci, remitiéndose a las guerras de la independencia libradas luego de 1810 que tuvieron lugar en la región que hoy ocupan principalmente las provincias de Jujuy, Salta y Tucumán.

Sin embargo, esta comparación entre el esfuerzo de guerra del “pueblo jujeño” con el de los “porteños”, si bien reedita aquella vieja puja entre “federales” y “unitarios”, tiene como objetivo, a la vez, que resaltar los regionalismos (contradictoriamente a un sentir nacional que el mismo Morales reivindica para separarse de la Nación boliviana), no contar la historia completa de las oligarquías del interior, en su choque de intereses con los estancieros y comerciantes ligados al puerto de Buenos Aires. Una disputa que luego de la derrota del litoral (Urquiza) por parte del ejército de Mitre en la batalla de Pavón (1861), tuvo su fin por la fuerza dando inicio a la hegemonía de la burguesía porteña sobre el resto del país.

A partir de ese momento, si bien los intereses entre los empresarios y terratenientes del interior no dejaban de ser por momentos contrapuestos a los comerciantes y estancieros de Buenos Aires, comenzó un proceso de unificación que va a sentar las bases del Estado nacional cuyo origen está manchado por sangre originaria y del hermano pueblo de Paraguay.

En este proceso fundante intervienen las oligarquías del interior aportando sus profesionales y militares a ocupar los principales cargos del Estado nacional. Domingo F. Sarmiento, nacido en San Juan, Nicolás Avellaneda y Julio A. Roca, ambos nacidos en Tucumán, ocuparon respectivamente la presidencia de la Nación entre 1862 y 1886. Durante estos años, el Estado se fundó sobre la base de dos genocidios. Uno sobre el pueblo de Paraguay con la “Guerra de la triple Alianza” (Brasil, Argentina y Uruguay bajo el mando de Inglaterra) entre 1864 y 1870 por la cual el país agredido perdió más de 300.000 habitantes y el 40% de su territorio. Finalizada la guerra, comenzó otra cruzada del ejército está vez, con objetivos internos, la conquista del chaco reduciendo a la población originaria del lugar (1), en un proceso que derivó en su reclutamiento forzoso al servicio de los obrajes y los incipientes ingenios azucareros. En la región esta guerra interna tuvo su expresión en la “batalla de Quera” donde el gobierno de Jujuy, en alianza con su par de Salta, ejecutó una matanza sobre los indígenas de la Puna durante el gobierno de Avellaneda. Bajo esta misma presidencia, el otro genocidio se perpetuó sobre el pueblo mapuche, “la campaña al desierto” al mando del general Julio A. Roca. El botín, luego de la matanza de los indígenas, fue la entrega del Estado nacional de 4.750.471 hectáreas a favor de 541 propietarios privados.

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Estos actos militares, en común acuerdo entre las oligarquías del interior y la porteña, junto con la federalización del puerto de Buenos Aires, se tornaron decisivos en la consolidación del Estado Nación, dando inicio a un capitalismo agroexportador, que la literatura liberal aún reivindica por el vigoroso crecimiento económico resaltado las “virtudes” de la subordinación del país al capital extranjero (inglés).

“De la dependencia política de España se pasó a la dependencia económica de Inglaterra”, sostiene el historiador marxista, Milcíades Peña, parafraseando al mismo, Juan B. Alberdi, que en sus escritos Póstumos sostenía que “Inglaterra reemplazó a España en la explotación comercial de esos países americanos”.

El espíritu de sacrificio y la zanahoria

Si la historia se cuenta (recortada) según los vencedores, no queda otro destino para las mayorías que asumir la resignación. Justamente esta perspectiva de los vencedores es la que Morales, recrea a su manera, destacando el sacrificio del pueblo jujeño en las luchas de la independencia, durante los tres denominados “éxodos”, como casi un “adn cultural” que lleva a que la clase trabajadora tenga inscripta en su frente el “esfuerzo por sobre todas las cosas”.

Lo que fue en la historia un acto de sacrifico en el marco de tomar medidas extremas en una guerra frente a un ejército superior como el realista, se ha trasformado, en un legado cultural que en pleno siglo XXI es utilizado para justificar desde el relato estatal la aceptación de condiciones de trabajo con salarios más bajos que en el resto del país (en promedio 6.000 pesos menos, según informe del ministerio de Trabajo agosto 2019), con las mujeres recibiendo salarios un 25% inferiores a los varones, niveles de sobreocupación horaria más elevados que la media nacional (27% trabaja más de 45 horas semanales), una enorme población de más de 100.000 personas que sobrevive de changas y de la asistencia del Estado hasta el trabajo infantil en el tabaco justificado desde el propio ministerio de Trabajo y a 9 de cada 10 jóvenes de 18 a 24 años trabajando en negro en la ciudad.

Bajo otras formas, ya no por medio de las reducciones del ejército y la Gendarmería Nacional, por las cuales se sometía a la fuerza de trabajo de los indígenas a trabajar en los ingenios u obrajes; sino bajo las leyes del mercado, sosteniendo niveles de desocupación y trabajo informal alarmantes, así obligan a la clase trabajadora del norte argentino a condiciones de superexplotación y opresión a pedido de grandes multinacionales mineras o los dueños de los campos de tabaco, legumbres o los ingenios azucareros aquellos que concentran desde casi la época de la fundación del Estado nacional un poder que se cree incuestionable.

A contrapelo

En su polémica con Numa Denys Fustel de Coulanges, historiador francés, el escritor revolucionario, Walter Benjamin, consideraba que el cometido del historiador es “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”. Esto implica también hoy en día no solo recuperar el pasado desde la mirada de los vencidos, sino preparar las conclusiones estratégicas hacia las nuevas batallas donde las mayorías trabajadoras, campesinas e indígenas tengan planteando vencer a sus enemigos históricos.

El combate a la cultura del regionalismo y de enfrentamientos étnicos-culturales defendiendo un “sentimiento nacional”, un "botín" al decir de Benjamin, que pone por igual a vencedores y vencidos, a empresarios y trabajadores, a explotadores y explotados, todo este arsenal de odio para dividir a la clase trabajadora, exige una batalla permanente para demostrar que, sus valores, no son los nuestros. Y que en todo caso, el legado cultural de las clases dominantes, solo puede ser redimido con un proyecto liberador de la sociedad capitalista que solo puede iniciarse con la conquista de un gobierno de trabajadores de ruptura con el capital. Hacia esta perspectiva, la unidad del pueblo trabajador latinoamericano, hoy tiene por delante hundir sólidas raíces con los hermanos y hermanas del pueblo de Bolivia que resisten a los golpistas y la represión del Estado, como también aquí nomas del otro lado de la cordillera, el apoyo a la juventud y a la clase trabajadora de Chile que despertó frente a la momia neoliberal que defiende el gobierno de Piñera a fuerza de balas y mano dura. “La clase obrera es una y sin fronteras”, esta es la Ley primera.

(1) A fines del siglo XIX, la región comprendida entre los ríos Pilcomayo, Paraguay, Paraná y Salado (conocida como el Gran Chaco), se hallaba habitada por diversos pueblos indígenas pertenecientes a las etnias de los guaycurúes (pilagaes, tobas y mocovíes), de los mataco-mataguayos (wichís, chorotes y chulupíes) y de las tribus tonocotés, tapietés, chanés y chiriguanos







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