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Podemos y la impotencia estratégica

Las encuestas de las últimas semanas han puesto un techo al crecimiento meteórico del nuevo partido liderado por Pablo Iglesias. Es en este marco que afloran los primeros síntomas de crisis de su estrategia política.

Diego Lotito

@diegolotito

Viernes 24 de abril de 2015 | Edición del día

Fotografía : EFE

Hace pocos días Pablo Iglesias publicaba un artículo en Público.es con el sugerente título “La centralidad no es el centro”. Una referencia directa al que, hasta ahora, ha sido uno de los lemas (y objetivos) fundamentales de la nueva formación: ocupar “la centralidad del tablero”, superando -desde su punto de vista- la estrecha división entre “derecha e izquierda”.

Con un lenguaje muy cuidado, el artículo es una manifestación de la crisis política que transita Podemos. Inquieto por el hecho evidente de que la opción de ocupar la “centralidad política” devino en una ubicación de “centro” lisa y llana (como “centro ideológico”), Iglesias viene a defender que el proyecto de Podemos no es la “regeneración democrática” del régimen (recambio de élites), sino la expresión de un “proyecto político de irrupción plebeya”. Así llama a “asumir sin complejos” el estilo “irreverente” de los inicios, porque funciona bien con la “defensa del Estado del bienestar y los derechos sociales” y lleva la disputa política a un terreno más “favorable”.

Después de un año de existencia, recién ahora podemos decir que se está abriendo un verdadero debate estratégico en Podemos. Aunque esto no sea por buenos motivos, como la búsqueda consciente de elevar el nivel del debate al terreno de los grandes objetivos y los medios para conseguirlos, sino porque la hipótesis con la que Iglesias, Errejón y cía. remaron hasta ahora está naufragando. La ilusión de llegar al gobierno “en un solo acto”, mediante una combinación de blitzkrieg mediático, discurso anticorrupción y, cuando no quedaba otra que explicitarlo, un tibio programa de reformas, se ha terminado.

La supervivencia del PSOE, a pesar de su lenta agonía, y la irrupción de Ciudadanos, expresiones de dos constelaciones políticas (la centro derecha y la centro izquierda) a las que ha estado dirigido exclusivamente el discurso político de Podemos, son las causas.

Pero la crisis deviene de otro fenómeno, derivado de su estancamiento electoral. El hecho de que hay “sectores políticos” de Podemos –como los llama Iglesias-, cuya estrategia es precisamente construir un nuevo “centro ideológico” para disputarle la base electoral a la derecha liberal de Ciudadanos. Una estrategia que al pasar del discurso a la política puede terminar nada menos que en pactos con el PSOE.

“Para estos sectores, pareciera que la centralidad se identificara con discursos que buscaran un trato más amable por parte de los medios de comunicación y con una imagen de respetabilidad fundamentada en no dar miedo ni a las élites económicas, ni a una mayoría social básicamente conservadora, tibia y renuente a los cambios”, dice Iglesias, para llegar a la conclusión de que, en ese terreno, Podemos “tiene todas las de perder.” Y tiene razón, porque por esta vía Podemos viene perdiendo tanto por derecha como por izquierda.

Entre líneas, el artículo es un tiro por elevación a su número dos, Iñigo Errejón, arquitecto de la campaña y generador del discurso que dio lugar al “momento populista” de Podemos que hoy comienza a mostrar sus límites. Según un artículo de El Confidencial, en los últimos días Errejón incluso habría presentado un programa tan “al centro” que fue rechazado por Iglesias.

Hay que decir que el replanteo de Pablo Iglesias contrasta con sus respetables gestos de los últimos meses hacia el Rey Felipe, el Papa Francisco, Barack Obama, los empresarios, los militares. Ahora propone retomar el discurso “irreverente”, pero el problema es que con el cambio de discurso no basta.

La crisis prematura del “relato” de Podemos es producto de la inconsistencia de su estrategia, no de su capacidad discursiva. Aunque si da cuenta de la sobrevaloración que han hecho los líderes de Podemos (incluido Pablo Iglesias) de los efectos que pueden generar los discursos políticos en la realidad. En este caso, como en tantos otros, no hay peor trampa que la que uno se tiende a sí mismo.

Para Iglesias “la centralidad está marcada por lo que señalaba (el ex presidente socialista) Zapatero; un proyecto económico redistributivo frente al dogmatismo de la austeridad”, es decir, ocupar el espacio electoral dejado por “el agotamiento de los partidos socialdemócratas realmente existentes”, apropiándose de su discurso y su programa.

Podemos se encuentra muy lejos de representar “un proyecto político de irrupción plebeya”. Porque para expresar ese tipo de construcción política, los “plebeyos”, los sectores más explotados de la clase trabajadora (las amplias capas de asalariados, precarios, inmigrantes, etc.) y la juventud, deberían verse representados en él. Algo que difícilmente pueda suceder con una formación que ha buscado como interlocutor a la “ciudadanía” y a la “gente”, que en términos sociológicos no es otra cosa que una apelación a las amplias clases medias. Una opción que, dicho sea de paso, es congruente con la constitución de un nuevo “centro ideológico” que tanto preocupa ahora a Pablo Iglesias.

La tensión generada por la caída en las encuestas ha llevado a Pablo Iglesias a replantearse el discurso, pero no así la estrategia. Esta sigue siendo la infructuosa búsqueda de trasformaciones políticas y económicas sin la intervención de la clase trabajadora como sujeto político, sino mediante la ficción del “autogobierno de los ciudadanos” en el marco de las instituciones de la democracia liberal.

Es justamente esta ilusión la que condena a Podemos (y a Pablo Iglesias) a la impotencia estratégica, al mismo tiempo que contribuye a desarmar política y organizativamente a los trabajadores y sectores populares.

Porque, como decíamos en otro artículo, “sin poner en movimiento fuerzas sociales y materiales que enfrenten al establishment, cambien la relación de fuerzas y preparen el ‘momento de ruptura’, sólo quedan los ‘acuerdos’ con los poderes reales del capitalismo para hacer ‘lo que se pueda’.” En este punto, puede que Iñigo Errejón sea más “realista” que su compañero y amigo Pablo Iglesias.

Hablar de soberanía, democracia, derechos sociales, sin plantearse la necesidad de poner en movimiento las fuerzas sociales y los instrumentos que puedan operar como un poder alternativo al de los capitalistas, no es más que discurso vacío.

Lo que hace falta son fuerzas sociales y materiales en movimiento, que sean la base no sólo de la denuncia a los culpables de la crisis y sus políticas, sino que permita atentar contra ellos y sus privilegios. Y sobre todos, que desafíe la miseria de lo posible. Sólo así puede abrirse paso a una verdadera “irrupción plebeya”.







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