Política Estado Español

ANÁLISIS

Podemos, la crisis de la "máquina institucional"

La interna en Madrid, los cruces entre Errejón e Iglesias, la relación con el PSOE y la estrategia a seguir. La crisis que hace crujir a la “máquina institucional”.

Diego Lotito

Madrid | @diegolotito

Miércoles 28 de septiembre de 2016 | Edición del día

En un artículo publicado el jueves pasado en El Diario.es, Andrés Gil intentaba resumir los contornos simbólicos más visibles de la crisis interna en Podemos: “El puño o la V de victoria, la piedra o la tijera, el hilo rojo o la posmodernidad, la camisa sudada o la chaqueta; el discurso más duro o el discurso más amable. Iglesias o Errejón.”

Una lectura dicotómica que no nos convence –ya explicaremos por qué-, pero que da cuenta, al menos desde un punto de vista simbólico, del enfrentamiento que transcurre en la cúpula de Podemos. Posiciones que se visibilizaron con impacto mediático en un cruce de tuits entre el nº1 y el nº2 de Podemos, pero que vienen de antes. El balance de los resultados electorales del 26J, la interna abierta en Madrid -con ‘traiciones’ y puñaladas traperas incluidas-, las crisis en varias comunidades autónomas, la relación conflictiva con IU-Unidos Podemos, la gris actuación institucional, la organización interna y los espacios de poder, etc.

Posiciones y alineamientos que, en el marco de la crisis política, hoy se concentran en la posibilidad de terceras elecciones y cuál debe ser la relación con el PSOE. La posibilidad de apoyar una investidura del PSOE, la abstención sin más, la integración del PSOE a los “Ayuntamientos del cambio” (una orientación que ya implementó Ada Colau) o la crisis de los acuerdos con los socialistas como en Castilla-La Mancha o Aragón, son algunos de los debates que transcurren puertas adentro.

¿Estrategia del “miedo” o “estrategia de seducción”?

En estos términos se ubicó el debate en la arena mediática, con Iñigo Errejón como defensor de un PSOE 2.0 que “seduzca” a votantes más moderados, frente a un Pablo Iglesias que retorna a los gestos izquierdistas, la defensa de la confluencia con IU y la pose “intransigente con los poderosos”.

La realidad es que, tanto uno como otro, a pesar de sus matices, encabezaron el “giro a la centralidad” de Podemos –el famoso “ni de izquierda ni de derecha”-, abandonaron toda referencia a un programa cuestionador del régimen, formatearon al partido en una “máquina electoral”, buscaron pactos con el PSOE y saludaron la capitulación de Syriza ante la Troika, por marcar algunos hitos de los últimos dos años.

Aun así, las diferencias en la táctica a seguir y el discurso más conveniente para el próximo período existen. Las conclusiones a las que se arribaron en las altas esferas podemistas de la pérdida de un millón de votos en las últimas elecciones fueron disímiles y abrieron paso a la guerra interna.

Para los errejonistas, la crisis de la “hipótesis Podemos” se conjuraría llevando hasta el final el curso socialdemócrata del último año, acercándose al PSOE sin ultimatismos y mimetizando su discurso con aquel para “seducir” a sus votantes. A fin de cuentas, para ellos, la “confluencia” y el acercamiento a IU demostró su fracaso el 26J.

"Hay que ofrecer garantías y certezas y nuestro trabajo en las instituciones ha de ofrecer garantías y certezas porque la gran mayoría de los ciudadanos confían en el orden y en las instituciones". Estas fueron las palabras de Errejón en su discurso de apertura de la Universidad de Podemos en la Complutense. Podemos debe profundizar el rumbo que viene llevando en los últimos meses: de ser una “máquina electoral” a consolidarse como “máquina institucional”.

Según Errejón el dilema de Podemos es optar entre ser “fuerza hegemónica o fuerza de resistencia". O sea, "una fuerza que se opone, que protesta y que no ha llegado su momento", de resistencia, o una fuerza hegemónica, en cambio, que "se hace cargo de la situación en la que vive, asume que el cambio no es hacer tabula rasa".

Otra curiosa interpretación del concepto de hegemonía, tan caro al pensamiento de los marxistas rusos de la Segunda y la Tercera Internacional Comunista, en cuyos congresos Antonio Gramsci –tan citado como bastardeado por Errejón (e Iglesias)-, se familiarizó con el concepto y lo aplicó luego a sus reflexiones teórico-políticas.

Sólo que, para Lenin, Trotsky, y el propio Gramsci, la idea de hegemonía estaba asociada al problema de cómo la clase obrera se transformaba en clase hegemónica y que alianzas establecía con otros grupos explotados para la conquista del poder político, no a la justificación de una alianza con los social-liberales para “ofrecer garantías y certezas” para preservar “el orden y las instituciones”.

Ante esta deriva –que tampoco es tan extravagante, sino la conclusión lógica de la orientación de Podemos en los últimos dos años-, Pablo Iglesias busca poner un freno y volver a asentarse en el espacio de la izquierda reformista, evitando perder hacia izquierda todo su espacio. O al menos eso puede interpretarse de sus últimas declaraciones públicas.

En el cierre de la Universidad de Podemos expresó claramente esta orientación: “Mi sensación después de aquella campaña”, la del 26J, "es que perdemos credibilidad cuando tratamos de presentarnos como moderados en las formas".

“En Europa triunfan los discursos beligerantes y destituyentes. Son los que están abriendo hueco en los sistemas. Suenan hard, suenan duros, suenan mucho más duros que nosotros", agregó, consciente de un hecho evidente hace rato: la extrema derecha “antisistémica”, como la denominó en una oportunidad Perry Anderson, es mucho más radical que formaciones como Podemos o Syriza.

En este intento de volver a la radicalidad, Iglesias también polemizó con Errejón sobre la relación entre la intervención institucional y los movimientos sociales: "Sobre si los movimientos sociales deben ser espacios de apoyo a lo institucional, o si los espacios institucionales deben ser un instrumento político de movilización social y popular, me quedo con lo segundo”, dijo en el cierre de su Escuela.

Si lo de Errejón es un movimiento para acelerar la disolución de todo atisbo de identidad de izquierda en Podemos y hacia la normalización como un nuevo jugador del régimen político -curso que hasta ahora venían llevando delante entre ambos de forma exitosa-, Iglesias encara un giro táctico para poner freno a la caída y recuperar terreno perdido hacia la izquierda.

Pero esto no implica ni mucho menos un cambio de estrategia para dar “miedo a los poderosos”, que nunca pasó de ser un recurso retórico en Podemos, más allá de las ilusiones que despertó en sus orígenes.

Hasta hace pocos meses Iglesias defendía la asimilación completa de Podemos a la política institucional burguesa con una frase antológica: “Nosotros aprendimos en Madrid y Valencia que las cosas se cambian desde las instituciones, esa idiotez que decíamos cuando éramos de extrema izquierda de que las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira”.

Lo que cambio entre esas declaraciones y hoy es que las luchas de poder internas en Podemos se intensificaron y, para Iglesias, la hegemonía no es más que la “lucha entre jefes por el mejor relato”. Antes, para sostener una regeneración democrática en los marcos del Estado burgués, “la última esperanza de los pueblos”, como le dijo una vez a Chantal Mouffe. Ahora, para el mismo objetivo, pero antes preservando su poder como jefe de Podemos.

Otra pata más del régimen

En un artículo publicado hace poco en Diagonal, Aleix Romero señalaba la contradicción entre la magnitud de la crisis política y la falta de intervención de los movimientos sociales y los sindicatos, en un momento donde las “ilusiones” en la vía institucional están cayendo, ante la experiencia frustrante del último año.
“El mutismo de los agentes sociales –especialmente de los dos sindicatos mayoritarios, que no parecen estar por la labor de plantear conflicto– está resultando tanto más clamoroso en cuanto que vamos percibiendo mejor el desgaste de la vía institucional para el cambio.”

La de Podemos fue “una estrategia kamikaze”, señala Romero, y concluye que “la crisis política es pasajera porque las instituciones siguen funcionando; la de Podemos, en cambio, se perpetúa en una crisis existencial, pues de instrumento del cambio ha pasado a ser otra pata más del régimen.” Nada más ni nada menos.
Como hemos dicho tantas veces, la crisis de Podemos es el subproducto de las miserias propias de una organización tributaria de la videopolítica, una estrategia socialdemócrata y ningún anclaje orgánico en la clase trabajadora y los sectores populares.

Ante el desinfle de las ilusiones, una pregunta larga para terminar: ¿comenzarán a surgir sectores que, habiendo hecho un balance de dos años de podemismo, se replanteen la necesidad de que surja una nueva hipótesis de izquierda, que vuelva a poner en el centro la lucha de clases y no las instituciones de la democracia liberal? A eso apostamos, porque no hay tiempo que perder.








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