Enfoque Rojo

FOTOGRAFÍA

Pierre Molinier y la fragmentación del cuerpo deseado

Era pintor, poeta, fotógrafo y "fabricante de objetos". Nació en Agen, Francia, el 13 de abril de 1900 y vivió toda su vida en Burdeos.

Domingo 2 de octubre | 00:06

“Mi anatomía se ha convertido en el espacio donde habitan mis horrores más secretos.
Respiro con dificultad.
Sumergido.
Delimitado.
Son las horas en que la lepra se inclina.
Toda esta inmersión se desplaza sobre preguntas y deseos imposibles.
¿Quién Soy? ¿Cómo quisiera ser?
Soy durante un tiempo la melancolía de una figura fragmentada.
Sin embargo, en ese intervalo el misterio se revela.”

Molinier comenzó a tomar fotografías a la edad de 18 años. Aprendió el oficio de pintor a brocha gorda y al igual que su padre pintaba edificios. A la edad de 19 años se muda a Burdeos ciudad que habita hasta el fin de sus días.

En 1940 comienza a producir cuadros más ambiguos después de muchos años de pinturas de retratos y naturalezas muertas.

En 1949 tras divorciarse de su esposa, con la que tuvo dos hijas, tuvo relaciones amorosas de todo tipo comenzando y explorando una nueva etapa “el fetichismo”.

En 1950 decide querer verse como mujer y empieza a fotografiarse en poses lascivas, vestido de mujer, con tacos de aguja, corsé, medias de seda y una máscara. Por esa fecha entonces inició su producción erótica alrededor, con la ayuda de una amplia gama de complementos fabricados especialmente:muñecas, varios miembros protésicos, zapatos con tacos de aguja, dildos y ocasionalmente algún confidente.

Su trabajo fotográfico,en especial los autorretratos y fotomontajes que realizó en sus últimos 15 años de vida, muestran una decoración monótona y repetitiva donde las mismas fantasías son reproducidas una y otra vez obsesivamente. La angustia de una identidad desarmada la fragmentación de su propio cuerpo, del cuerpo en sí, la irremediable ligazón del dolor y el placer y el incansable fetichismo y travestismo narcisista.

Su desarrollo fotográfico lo sumerge en ese mundo único donde encuentra la posibilidad de acceder a otro cuerpo. El fotomontaje le permitiría alcanzar ese cuerpo imposible que la sociedad le prohíbe. Ese contexto y atmósfera fantasmal, sexual, ese lugar hecho de luz y sombras, ambiguo y confuso donde los sentidos se confunden “deseo y angustia”, “goce y sufrimiento” es el que genera en cada foto,
Molinier era admirador del movimiento surrealista y de André Breton, quien supo nombrarlo “maestro del vértigo”. Expuso sus obras en su galería parisina en 1956. Molinier llegó a componer la portada del Nº 2 de la revista Le Surréalisme même y participó en ediciones posteriores. Formaría parte del movimiento surrealista, aunque a menudo se expresarían diferencias en sus planteamientos y opiniones. En 1965 el detonante del conflicto con sus compañeros de grupo sería la presentación de un lienzo que consideraron demasiado irreverente, titulado: “Oh!… Marie, Mère de Dieu” (¡Oh!… María, Madre de Dios). Ello, unido a su difícil carácter, a menudo blasfemo y obsceno, acabaría con su alejamiento de Breton y los surrealistas.

Así respondía hacia 1951 al leer una crítica -y censura- recibida por una de sus obras, Le Grand Combat: “¡Entonces vayan a engendrar en la noche un coito lleno de vergüenza, la única forma en que está permitido usar las bolas según la moral pública! ¿Qué me reprochan de mi obra? ¿Qué soy yo mismo? ¡Vayan conformistas! ¡Esclavos del no deseo!”. El cuadro representa a un grupo de personas teniendo sexo: una figura central formada por una masa homogénea de partes de cuerpos bien definidos y una paleta de colores transporta al observador a los más fálicos deseos de pertenecer a ese momento.

Comenzó a exponer en 1927 y sus obras han recorrido numerosas galerías alrededor del mundo después de su muerte como el Centro Pompidou, la IVAM de Valencia, Museo Metropolitano de Arte de New York, el Museo de Bellas Artes de Burdeos. En 2003 en Burdeos una exposición fue clausurada por el alcalde Alain Juppé (político conservador francés) quien expresó a los medios “la dificultad de confiar la administración de la exposición a una figura reconocida en la comunidad universitaria pero ajena al universo y la organización de los museos”.

Molinier pasó sus últimos años de vida en un claustrofóbico, decadente y sucio departamento del viejo Burdeos. Aquel lugar será su universo y su microcosmos, lugar sagrado y obsceno donde comerá, trabajará, y dormirá rodeado de pistolas, maniquíes, libros, pinturas, muñecas, cuchillo, botas, medias, ropa fetiche y accesorios que lo acompañarán hasta el día de su muerte, el 3 de marzo de 1976. Buscaba esa atmósfera que le permitiera sentir que estaba en un sitio inviolable, por la Iglesia o por el prejuicio, donde poder buscar que el desarrollo de su psique le permitirá llegar a ese interminable sentir del goce de su sexo.




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