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RELATO

Personas marchando al Congreso

Les pegaron de vuelta, los gasearon de vuelta. Pensás, mientras la noche ya se cunde sobre el barrio y vos corrés de la parada del bondi al chino de la esquina, minutos antes del cierre, para conseguir algo de comer. Les pegaron de vuelta, te repetís mientras mirás una góndola llena de productos Pepsico

Jueves 27 de julio | Edición del día

Les pegaron de vuelta, los gasearon de vuelta, pensás, mientras la noche ya se cunde sobre el barrio y vos corrés de la parada del bondi al chino de la esquina, minutos antes del cierre, para conseguir algo de comer. Les pegaron de vuelta, te repetís mientras mirás una góndola llena de productos Pepsico. Buscás otra marca. Pagás. Salís. Llegás a tu casa. El cansancio te pesa en los párpados, en los hombros, en los huesos. Igual juntas fuerza para hacerte unos mates y ponerte con la compu. Buscás en Facebook: Trabajadores de Pepsico en Lucha. Buscas videos. Reproducís. Así, te pones a reconstruir, en diferido, lo que esta mañana solo pudiste ver parcialmente, en el laburo, con carpa, a escondidas.

Vos pensabas que ya se había terminado todo. Hacía varios días que en la tele no se veía nada. Se hablaba solamente de la votación en el Congreso, de si el tipo es corrupto o no es corrupto, de si hay que sacarle los fueros o no. A los diputados de izquierda, esos que vos habías visto bancando a los trabajadores, los fustigaban en la mayoría de los medios. Y hasta vos, que te había caído tan bien el tema de que estuvieran apoyando frente al desalojo, hasta vos estabas dudando de su postura. No terminabas de entender. Porque sí, son todos corruptos, los que denuncian y los denunciados. Pero algo no te cerraba, algo te hacia ruido.

De pronto, a lo lejos, una radio empezó a hablar de represión. Te diste cuenta: no había terminado nada. Al toque, detectaste compañeros y compañeras con el celular en mano, comentando. Vos encontraste en Facebook una foto que mostraba a uno de los referentes, ese al que le dicen Camilo, siendo atacado por tres o cuatro policías. Se la pasaste al de al lado. No puede ser loco, no puede ser. Vociferó tu compañero. Una chica recibía noticias por Whatsapp y las pasaba al resto. Entre las cosas que envió, te quedó grabada una placa de Crónica. Los trabajadores no tienen fueros, decía. Y atrás de las letras blancas se veían los uniformes azules de la policía de la ciudad. Después de un rato de ajetreo pasó el supervisor y hubo que parar un poco la bocha. Y si, acá tampoco hay fueros, pensaste, mirando al delegado, un vendido, papando moscas como si no pasara nada. ¡Qué bronca!, pensaste. Ese mismo Congreso donde supuestamente se iba a librar una batalla contra la corrupción estaba rodeado de policías, para que las obreras esas que te hacen lagrimear de emoción no llegaran, para que no pudieran llevar un simple reclamo: queremos trabajar.

De pronto te sonó algo que escuchaste decir en un programa a uno de los diputados de la izquierda: un circo. En el Congreso se montaba un circo de corruptos denunciando a otros corruptos, para terminar zafando todos. Mientras, afuera, la realidad de las personas comunes, de carne y hueso, se ahogaba bajo una lluvia de gases.

Ahora que el supervisor no relojea, ahora que el delegado no botonea, ahora que estás en tu casa, en tranquilidad, repasás todo. Ahora ves que la tele vuelve a hablar del tema. Ahora masticás la misma bronca. En medio del hartazgo, por tu vida, por la de ellos, por la de ellas, una cosa te da esperanza: llegaron… a pesar de todo llegaron, llegaron al Congreso, donde tienen la carpa, legaron con todo el aguante que tienen, con esa inteligencia que tienen a la hora de luchar, con esa voluntad que tienen para no dejarse tirar a un lado como noticia vieja y reinventarse, una y otra vez, hasta que los escuchen, hasta torcerles el brazo a esos poquitos empresarios y políticos que son los responsables de todo, hasta arrancarles las cámaras a esos canales que se mueren por hablar de cualquier cosa menos de los despidos, menos de las suspensiones, menos de los viejitos que se quedan sin medicamentos, menos de los chicos que cada día comen menos.

Y si, por eso tanta gente apoya a los de Pepsico, pensás. Porque estamos mal, pensás. Porque el que tiene laburo se rompe trabajando por un sueldo que no alcanza. Porque el que no lo tiene no puede llevar un plato de comida a la mesa. Porque mientras estás penando para pagar un simple impuesto, no querés que te digan: esperá a las elecciones, rezale a San Cayetano. Ya te cansó lo de rezar, lo de esperar, lo de votar a los trásfugas que “pueden llegar” y que después hacen lo que quieren, manejan los jueces, los fiscales, transan con las empresas, te mandan policía, se aumentan los sueldos y a vos te recortan todo. ¿Nadie va a hacer nada? ¿Tres políticos de mierda van a impedir que 600 familias laburen? ¿Ningún sindicato va a parar? ¿No hay más diputados como esos de la izquierda, que están con los laburantes, para parar todo el Congreso hasta que se frenen los despidos, hasta que aumenten los sueldos? ¿Me echarán a mí también? Sin darte cuenta, tu puño golpea la mesa, hace vibrar la compu, el cenicero, el vaso de agua.

Alejás la mirada de la pantalla. Necesitás dormir. El cansancio ya pesa una tonelada, sobre los párpados, sobre los hombros, sobre los huesos. Pero ves que llega más gente a la carpa, ves que ellas, esas obreras, van a dormir en la carpa una noche más. Y eso, extrañamente, te da fuerzas, te hace querer seguir, te hacer querer mirar un poco más, leer un poco más, pensar un poco más, preguntarte, una vez más, ¿qué puedo hacer?






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