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Peronismo Monetario Internacional: sin dilemas para reunirse con los enviados de Lagarde

Desde el semioficialista Urtubey hasta el opositor Kicillof, nadie presenta reparos a la hora de reunirse con los representantes del gran capital financiero internacional. Todos intentan brindar una imagen de previsibilidad.

Domingo 17 de febrero | 23:24

La visita del Fondo Monetario Internacional alteró un poco la agenda política de la semana que pasó. El motivo fueron las reuniones sostenidas de manera pública con referentes de distintos espacios del peronismo. Esos encuentros se alternaron con otros destinados a escuchar a los ocupantes actuales de la Casa Rosada, pasando por el ministro del Interior y funcionarios de menor rango.

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En el mundo del peronismo, el primero en encontrarse con los enviados de Christine Lagarde fue Juan Manuel Urtubey. El gobernador salteño, ya lanzado como precandidato presidencial por el espacio Alternativa Federal, pivotea muy cerca del oficialismo desde hace tiempo. La gestión de Cambiemos ha hallado en él uno de sus aliados más firmes. De allí que la reunión sorprendiera poco.

En declaraciones posteriores, Urtubey señaló que en la reunión había planteado a los integrantes del FMI su diagnóstico acerca “de lo poco sustentable que es el camino que se está llevando adelante ahora en términos de pretender solamente llegar al equilibrio fiscal primario subiendo impuestos y bajando gastos de capitales”.

Demás está decir que los legisladores referenciados con el gobernador salteño -y el llamado peronismo federal en general- han estado entre los garantes parlamentarios de las políticas de ajuste macristas. Sin ir más lejos, el Presupuesto 2019 fue aprobado en el Congreso Nacional gracias a la invalorable colaboración de ese espacio. Ese proyecto de ley contenía ya gran parte del paquete de ajuste acordado con el Fondo Monetario Internacional.

Urtubey ratificó ante el fondo su vocación de “pagador serial” -algo que posiblemente arrastra de sus años como referente del kirchnerismo. Sin embargo, también abrió la posibilidad de una renegociación o restructuración de la deuda. “Si hay que rediscutir, mandará la realidad”, señaló.

Don Satur y endeudamiento

La mayor novedad la aportó la reunión de Roberto Cardarelli y Trevor Alleyne con el diputado nacional Axel Kicillof. El ex ministro de Economía del kirchnerismo afirmó que le pidieron la reunión en su carácter de “economista de la oposición”.

La prensa -oficialista y opositora- abundó en comentarios de orden secundario, como la marca de los bizcochos que el legislador les habían ofrecido a los funcionarios del organismo internacional. Sin embargo, detrás de las nimiedades se esconden algunas cuestiones bastante importantes.

Por un lado, el llamado del FMI al ex ministro -cuyo nombre suena como eventual candidato a diversos cargos, incluido presidente- pone al desnudo la preocupación del organismo internacional por la sucesión de Macri. Esa preocupación está íntimamente ligada a obtener garantías de un programa de ajuste que solvente los futuros pagos de la deuda pública. Así debe ser leída la reunión entre Kicillof y los enviados de Lagarde. Máxime en un marco electoral signado por el estancamiento del oficialismo.

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Al mismo tiempo, la reunión ratifica la voluntad política negociadora, por parte del kirchnerismo, hacia un organismo que representa al gran capital financiero internacional. Las declaraciones posteriores del diputado nacional presentaron el encuentro como una suerte de cruce tenso entre diversos proyectos.

Pero, más allá de las palabras, están los programas económicos. Y el referente del kirchnerismo ha planteado en reiteradas ocasiones que, de llegar al poder, ese espacio político no se propone romper los acuerdos firmados por el gobierno macrista con el FMI.

Kicillof, al igual que Urtubey, deja abierta las puertas para una renegociación del acuerdo firmado. Sin embargo, esa instancia está lejos de significar una mejor en el nivel de vida de la población trabajadora. Por el contrario, cualquier escenario de reestructuración de la deuda implicará nuevos ajustes del gasto estatal en aras de cumplir los nuevos y onerosos pagos que queden establecidos.

De hecho, un documento elaborado por los técnicos del Martin Mühleisen y Mark Flanagan, se abre la posibilidad de eventuales reestructuraciones de deuda, al mismo tiempo que se plantea la necesidad de ajustar el “para garantizar el repago de los vencimientos”.

El candidato que aún no

Esta semana los representantes del Fondo se reunirán con Roberto Lavagna. El ex ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner es una suerte de candidato presidencial a mitad de camino. Aunque formalmente no ha lanzado su candidatura, reclama un acuerdo de unidad que lo consagre como presidenciable.

Lavagna tiene en su historial la negociación con el Fondo Monetario y los acreedores internacional tras la crisis y el default de 2001. En aquel entonces, apoyándose en mejores condiciones locales e internacionales para Argentina, la renegociación de la deuda pública resultó relativamente sencilla.

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Cierto es que, más allá de los discursos sobre la soberanía y el desendeudamiento, el canje acordado en 2005 -y reabierto en 2010- otorgó pingues beneficios a los grandes especuladores que habían comprado bonos a precio de remate tras el default.

Aquellas condiciones internacionales que hicieron posible una negociación relativamente sencilla, ya no existen. El contexto internacional y la situación de la economía nacional están a una distancia suficiente como para cambiar el panorama por completo.

Deuda, ilusión y realidad

La oposición peronista, más allá de sus matices políticos, acepta sin dilemas reunirse con el FMI. Busca asegurarle al gran capital imperialista que los pagos de la deuda pública se sostendrán, más allá del cambio de gestión.

La promesa de una reestructuración de la deuda se presenta como si no implicara una situación dramática para el conjunto del pueblo trabajador.

Precisamente por eso se hace imperioso la ruptura con el FMI y la decisión de no pagar la usuraria deuda pública. Solo así se puede evitar que nuevos golpes sacudan hacia abajo el nivel de vida de las mayorías populares.







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