LITERATURA // OPINIÓN

Pedro Montero López y los sonetos duraznenses

En el año 1964 se publicaba el libro de poemas "Sonetos duraznenses" del poeta uruguayo nacido en Durazno Pedro Montero López, con grabados de Claudio Silveira Silva.

Jueves 12 de julio | 08:39

Montero López fue profesor de historia durante muchos años en el Liceo Miguel C. Rubino de la ciudad de Durazno, simpatizante entusiasta del partido colorado y del batllismo en particular confluyó con Claudio Silveira Silva, pintor y escultor de izquierda, que se exiliaría en el año 1974 en Barcelona, para crear entre ambos una verdadera obra de arte integral y paradojal: donde destaca lo plástico y pictórico de la poesía y lo lírico y sugerente de los grabados.


Una poética de lo cotidiano

La sonetos de Montero López se caracterizan principalmente por captar la cultura cotidiana del comunitarismo barrial en las ciudades del Interior, en el contexto de los años sesenta, mientras en la metrópoli montevideana la actividad intelectual y literaria es de la más intensas de la historia del país enmarcada en las principales preocupaciones de la vida nacional.

Son tiempos del auge creativo de Marcha producto de la confluencia entre la onda expansiva de la generación del 45 y las jóvenes plumas de la literatura nacional: Rosencof, Galeano, Ibero entre otros.

Son tiempos de épica no sólo literaria sino también política, el movimiento de masas en Uruguay protagoniza quizás el ascenso más importante en toda su historia: se funda la CNT, irrumpe el fenómeno de la guerrilla y se produce una politización generalizada de la sociedad uruguaya.

Y sin embargo, otras flores emergen en los campos de literatura nacional, flores inauditas y hasta en cierto sentido anacrónicas, flores como la poesía de Montero López que renuevan la poesía neopastoril y folklórica, sin los vicios europeizantes de otras poéticas (encumbradas) como destaca el poeta y profesor de literatura Domingo Bordoli:

En su última obra -y para nosotros la mejor- "Sonetos Duraznenses", si no por el lenguaje, que en Montero López es siempre menos raro, sí, en cambio por los ternas, por la limpidez del conjunto así como por la frescura y calidad de los elementos elegidos, el autor logra darnos una visión muy próxima a la de Herrera y Reissig en "Los Éxtasis de la Montaña".

Claro que aquí hay un pueblo nuestro del Interior siempre reconocible, y no villorrios, montañas, zagales y zampoñas; las "églogas de abanico" de que hablaba Zum Felcle. La tonicidad que se difunde de los poemas de Montero López, su virtud esencialmente cordial y siempre de encantamiento plástico, hacen que no sólo se embellezca la visión que tenemos de nuestros pueblos y ciudades de la campaña sino que una ola de salud, de salud física y moral se expanda sobre ellos.


Homenaje a la mujer campesina

Entre los sonetos preferidos de nuestro repertorio personal, se encuentra el conmovedor tributo poético a la mujer campesina del Interior del país, homenaje que por un lado aunque pueda estereotipar y cosificar el rol de la mujer en la sociedad del medio rural o semi-urbano, por otro lado resulta una aproximación sincera desde el respeto y la admiración prudente por la mujer campesina, idealizándola si, pero también a su vez visibilizándola ante los ojos, quizás viciados del centralismo metropolitano.

Asociando con "Muchacha campesina", canción de Alfredo Zitarrosa y letra de Washignton Benavides y Eduardo Larbanois, quizás este sea de los pocos sonetos en la historia de la literatura uruguaya en el siglo XX (predominantemente ciudadanista) que retrata la vida de las mujeres campesinas con el realismo más sincero de todos como señalaba Bordoli sagazamente:

Sobre la tierra hincada sembradora;
admírote mujer de ser oscuro;
hundiendo la semilla sin apuro
tu propio tiempo hundes, hora y hora.

Vuelca tu rostro que tu tarde dora
el sudor con amor al terrón duro;
pura tu mano con el grano puro,
en actitud humilde, ¿siembra?, ¿ora?

Admírote mujer que nadie admira:
te mira un pájaro nomás te mira.
Luego la azada de torcido mango

al hombro volverás con ese anhelo,
siempre en el mismo cielo tu pañuelo,
siempre en el mismo fango tu tamango.

El almacén de ayer y el supermercado de hoy

Las metrópolis latinoamericanas contemporáneas dominadas por las grandes superficies de los supermercados liquidaron gradualmente el viejo almacén de barrio que era parte constitutiva de la construcción subjetiva en la infancia, y un factor más de socialización y subjetivación en la niñez.

El vínculo que el niño o el adolescente establecía (y en algunos lugares establece aún) con el "almacenero" y que construía lazos de integración obrera y popular atravesados por la afectividad y la cercanía, fue arrasado por la reconfiguración del capital y su concentración monopólica de los últimos cuarenta años.

El viejo almacenero fue suplantado por el cajero de supermercado que fruto de su trabajo mecánico y repetitivo en condiciones incluso de superexplotación, la mayoría de las veces está desligado de la comunidad barrial; Montero López como ningún otro poeta de los sesenta supo captar ese ambiente del viejo y pequeño almacén barrido y destruido luego por el neoliberalismo y sus gigantescos supermercados:

El almacén tentaba mi visita
a cada rato en comprador anhelo;
¡aquella seducción del caramelo,
aquella seducción de la masita!

Y aquel almacenero de infinita
largueza con la yapa, casi en vuelo
tomada de su mano; aquel locuelo
ir y venir por trompo o por bolita.

De lata y vidrio, ¿tanto colorido!;
y el olor del café recién molido
y aquellos platos siempre en balanceo

pesando el aire con honrada traza;
y aquella pila de papel de estraza
con aquel gato con su ronroneo...


El enfermo y el cuidado del otro

En nuestras sociedades "neoliberales" y "posmodernas" donde todo se transita en medio de un individualismo atroz y desindividualizante, donde se recorre y procesa todo "individualmente"; el padecimiento de la enfermedad no escapa a esta dinámica, millones viven solitariamente la experiencia de la enfermedad y la convalecencia, y caen como fáciles víctimas en los tentáculos del monopolio farmacéutico, que los espera para atraparlos con sus brazos repletos de pastillas y psicofármacos.

Sin embargo, hubo otros tiempos, tiempos que aunque desterrados en gran parte de este presente egoísta, aún perviven en prácticas familiares y colectivas, que es el cuidado por el otro, la otredad bien entendida en el seno del núcleo familiar o vincular; donde la aflicción provocada por la enfermedad constituía un proceso atravesado en colectivo, con amor y cuidado:

Cuando hay alguien enfermo, pareciera
roto el eje del mundo cotidiano;
todos bajan la voz o con la mano
comunícanse, y hay una manera

suave de ser como si apenas fuera;
hasta el sol ilumina con desgano
y el tic-tac del reloj de ritmo vano,
domina el ritmo de la casa entera.

Trasciende un no se qué de ceremonia
con perfume de Agua de Colonia
y ofrecen los vecinos sus ayudas

a mi madre, que deja en la cancela
al médico y acude con su vela
a la Virgen del Carmen, por las dudas...

Montero López, Pedro. Sonetos duraznenses. Ediciones ERF; Durazno: Uruguay, 1964. Impreso.






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