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CINE // OPINION

Patricio Guzmán y ‘El botón de nácar’: cosmogonía, bellezas, historias

Comentarios acerca de la última película documental del realizador Patricio Guzmán, autor de la célebre trilogía ‘La batalla de Chile’.

Demian Paredes

@demian_paredes

Sábado 16 de julio de 2016 | Edición del día

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Entre la cantidad de aspectos que se ponen de relieve en El botón de nácar (2015), segunda entrega de la trilogía que ha planeado el cineasta chileno Patricio Guzmán –y que comenzó con Nostalgia de la luz (2010)–, se destaca la inmensa, inconmensurable belleza natural, y la sustancia-esencia de la misma: el agua. Ese es el punto de partida. Como si hubiera un diálogo (“imaginario”) con el artista y teórico argentino Gyula Kosice (1924-2016), o cuando menos ciertos ecos del utopista de la “ciudad hidroespacial”, Guzmán nos propone apreciar al agua como sustancia fundamental (y fundante) de la vida, no sólo en nuestro planeta sino en todo el cosmos. Las imágenes que toma y muestra Guzmán, navegando los mares y las costas helados de la Patagonia oeste, impactan y asombran; sea una gran montaña de hielo, un iceberg, sea el primerísimo plano de una pequeña gota, transitoria y fugazmente ubicada en la hoja de una planta. También, como ya se había mostrado en Nostalgia..., se ven las imágenes que toman los observatorios instalados –no sin que haya cierta paradoja o ironía en esto– en el desierto de Chile, la región más seca del planeta. Y por último están los relatos que, por diversas “coincidencias”, van conectando distintos (o no tan distintos) aspectos de las historias allí narradas.

En esta “historia del agua” un capítulo lo tienen los pueblos indígenas: la etnia yagán, uno de pueblos que habitaban –recorrían– las tierras del sur, luego colonizados y dominados por Europa. Un pueblo nómada que anduvo por las tierras australes, navegando los fiordos y canales fueguinos, hasta que los confinaron en tierra, los oprimieron y reprimieron, y los empujaron hacia la decadencia. La información documental, las fotos, son más que elocuentes, junto al testimonio de un hombre que, pese a las reglamentaciones y prohibiciones del Estado “moderno”, intenta preservar la tradición de navegar las aguas con una embarcación propia. Otro testimonio lo dará una mujer perteneciente a los kawésqar. Hay dos defensas aquí: la de la tradición y la del idioma. Por su parte, otro núcleo de la historia lo tiene la última dictadura en Chile –también emparentada con el agua, como aquí en Argentina, con los tristemente célebres “vuelos de la muerte”–, y para esto se invita a Raúl Zurita, poeta chileno (recientemente premiado con el iberoamericano “Pablo Neruda”), a que dé su palabra sobre la represión en su país. (De algún modo, todo esto permite hacer cierta conexión –o tiene su familiaridad– con la hipótesis o planteo que trazara David Viñas en su libro Indios, ejército y frontera: la gran matanza “doble”, que se repite a lo largo de la historia: en primer lugar el genocidio de los pueblos nativos del sur de América –“quizás, los indios ¿fueron los desaparecidos de 1879?”, es la pregunta de Viñas–; y luego, cien años después, el genocidio de los militares y las dictaduras, en las décadas de 1960 y 70, contra los luchadores populares.)

El botón de nácar posee así un arco narrativo que va de la vida a la muerte: de la vida que emerge de la naturaleza, y se desarrolla a lo largo de la historia, a la muerte –el asesinato, el crimen político– en las sociedades (históricas) “modernas”, creadas por el ser humano. Guzmán recuerda en esta película que, según se dice, el agua “guarda la memoria del planeta”, y él cree que, además, “tiene voz”. Así, dos coincidencias que hacen al relato son contenidas y constituidas (“dichas”) por el agua: el recuerdo (y relato) del propio Guzmán sobre la desaparición de un compañero de escuela, que jugaba entre las rocas de una playa; y lustros después, allí mismo, en esa misma playa, en 1976, la aparición del cadáver de una mujer… La otra: el recuerdo de la historia de Jimmy Button (un episodio conocido –protagonizado por un joven yagán, víctima del colonialismo inglés– que entre nosotros ha contado la escritora Sylvia Iparraguirre en su novela La tierra del fuego) y cómo, con qué lograron subirlo a la embarcación que lo llevaría a la “civilización”, para que lo “educaran”: pagándole con un botón de nácar –y de ahí su rebautizo con un nombre “gentleman”–. Y junto a esto, siguiendo los relatos (y restos) de los desaparecidos por la dictadura de Pinochet, investigando en el fondo del mar, hay un botón que se hallará.

Música exquisita, imágenes delicadamente compuestas (montadas), una formidable riqueza narrativa (incluyendo el guion con la voz en off del cineasta). El botón de nácar tiene una cadencia, un ritmo, que avanza, lenta y sostenidamente, creando, así, una poderosa y poética cosmogonía fílmica que restituye la historia (“natural” y social) del ser humano, enfocada especialmente en la libertad y la opresión, dos polos iguales (o equivalentes) a la vida y la muerte. Dos movimientos, dos tendencias, que rigen nuestra existencia y que la película de Patricio Guzmán trabaja magistralmente, utilizando las grandezas de la naturaleza (tal como lo ha hecho el mismo Zurita –inscribiendo su poesía en los cielos y en el desierto, y con un plan para hacerlo ahora en las rocas–, o como lo ha trabajado el escritor Ariel Dorfman –por ejemplo, entre tantos que se pueden citar, en su libro Memorias del desierto–) no como telón de fondo, sino como un escenario en pura transformación y en movimiento, activo, ofreciendo su belleza, y la posibilidad de encontrar respuestas significativas. O –al menos– vislumbres de ellas.







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