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“Parásitos” y el dilema de traspasar la propia clase para poder subsistir

Se trata de la exitosa película surcoreana de drama, suspenso y humor negro, dirigida por Bong Joon y galardonada, entre numerosos premios, con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2019.

Martes 14 de enero | Edición del día

La cámara ingresa al film por una reducida ventana y allí somos testigos de la vida doméstica de cuatro seres sin rumbo. Una familia de clase trabajadora pero desempleada, que vive al día.

Los hijos se desesperan porque no consiguen Wifi de dónde colgarse y transitan por la pequeña casa hasta que se enganchan a través de un bar vecino.

Entonces, por medio de un amigo de la familia, surge la oportunidad de cruzar ese cerco y traspasar su propia clase para acceder, aunque sea tan solo por un momento a la otra, a la de los dueños del dinero y el poder económico.
En un abrir y cerrar de ojos toda la familia Kim se “infiltra” en la casa de los ricos, que son los que les dan un empleo fijo a los cuatro integrantes.

En esas enormes casas no hay ventanas sino ventanales a través de los cuales se ve un enorme jardín saturado de verde frente a la triste realidad de la vida de estos trabajadores que ven desde sus propias ventanas como alguien orina o vomita tras el cristal.

También la lluvia se convierte en un espectáculo fascinante detrás de los vidrios de la mansión y se vuelve triste y hasta desesperante cuando inunda y arrasa con todo lo que tienen en su pequeño hogar y deben cumplir el papel de refugiados hasta que el agua baje.

Así es como se entusiasman y festejan cuando la familia adinerada deja la casa para vacacionar y ellos se apropian del lugar, se despatarran en los enormes sillones y se beben todo el whisky.

La escena del living recuerda el film argentino “Los dueños”, cuando los empleados/caseros “toman” la propiedad en ausencia de sus dueños/capataces y hacen propio ese espacio que siempre les ha sido tan ajeno.

Es que para los poderosos esta familia huele a algo, huele a comida frita y jabón barato, o como recuerda el dueño de casa, el señor Park, de alguna vez que ha viajado en transporte público, “todo el subte huele de esa manera”.

Ya la literatura francesa en la obra “Germinal”, de Emile Zola describe un capítulo en el que un minero, un trabajador, se hace presente en la casa de los capitalistas para reclamar por condiciones salariales y cuando se retira del lugar, la dueña de casa pide “que se abran las ventanas porque el aire está viciado”.

Una piedra gigante actúa como “MacGuffing” hitchcockiano, esto es, un objeto aparentemente trivial o secundario que sin embargo ayuda a reforzar en el espectador la sensación de continuidad y cohesión de la historia, que acompaña el desarrollo de los acontecimientos y el accionar de los personajes.

El film se desarrolla en una tensa calma que con el avanzar de la trama se vuelve cada vez más vertiginoso: el drama da paso al suspenso y, por supuesto, no faltan toques de humor negro.

Un transcurrir que es al fin de cuentas una gran puesta en escena de carencias e injustas desigualdades, de un mundo dividido en dos, un mundo de aquellos dueños del capital y un submundo de aquellos que luchan por las migajas de un empleo para subsistir y que ejercen su resistencia a pesar de todo.







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