Juventud

Juventud Precarizada

Nuevos lazos: una red que se teje desde abajo

Crónica callejera del mes en el que la juventud precarizada se puso de pie

Guadalupe Oliverio

Estudiante de antropología, Facultad de Filosofía y Letras UBA

Selma Saeg

trabajadora de call center y estudiante de economía, parte de la RED de precarizados

Miércoles 27 de mayo | Edición del día

@mataciccolella

Primera movilización, viernes 8 de mayo

“¿Qué almorzamos?”, nos pregunta Damián mientras dejábamos atrás el Ministerio de Trabajo. “Uhhh, unas pizzas van como piña”, responde una de las pibas tocándose la panza. Mientras uno organiza la juntada de billetes y monedas, el otro revuelve el fondo de la mochila buscando un par de volantes que sobraron de la primera movilización de la Asamblea Nacional de Trabajadores de Reparto el 8 de mayo. Unos 80 repartidores entregaron un papel con sus reclamos al Ministerio de Trabajo esperando una respuesta que todavía hoy no llegó.

“Vamo al Uggis amigo, así de paso le contamos a los pibes de hoy”, y encaramos con ellos para Avenida de Mayo.

“Nos sentimos la cara de la precarización”, nos cuenta Damián en el camino. El teléfono le hace un ruido que es insoportable, imposible que pase desapercibido. “¡Tu ciudad te necesita!”, dice una notificación de Rappi. “Conectate ya y ayuda a las familias con su pedido”, remata invitándolos a entrar en la aplicación.
Pasan horas hasta que llega otro mensaje, esta vez indicando que finalmente hay trabajo. Le avisa dónde retirar la compra y en qué dirección entregarlo. Pero solo le dan treinta segundos para aceptar el pedido, si no, se lo ofrecen inmediatamente a otro repartidor y bloquean una hora más la actividad de su cuenta, como si cobrar $55 por pedido no fuese suficiente “castigo”. Para hacer pedidos más grandes, de $60 o $70 tenés que comprarle la mochila a la empresa.

Aunque es un sistema diseñado en la competencia, se van tejiendo lazos de solidaridad: se crean “puntos de encuentro” en esquinas y plazas, para esperar juntos los pedidos y pasar el tiempo. Se organizan con laburantes de pizzerías, farmacias y casas de comida rápida a las que van todos los días a buscar los pedidos. “Ya nos conocemos entre todos, siempre charlamos con ellos, la sensación de todos es que las multinacionales se re cagan en nosotros y que el gobierno se los festeja dándoles plata”, sigue Damián en su relato.

Rubén lo interrumpe, “la precarización y la explotación no distinguen oficio”, nos dice convencido, “además hoy si a un pibe de call center lo echan, es muy probable que se baje la aplicación de Rappi y se venga a laburar con nosotros. Cada vez somos más laburando de esto. Pareciera como que de la precarización no nos podemos escapar, gobierne quien gobierne”.

Segunda movilización, jueves 14 de mayo

10 de la mañana, café en mano, nos chocamos los codos con Damián y Rubén. Una semana después, éramos 500 personas cortando la Avenida 9 de Julio con máscaras y carteles. Mientras hablan con nosotras, saben que están saliendo en todos los medios de comunicación porque están rompiendo la “nueva normalidad” del aislamiento social. Pero en ese mismo acto estaban empezando a quebrar también la “vieja normalidad” que con tanto esfuerzo cuidaron los burócratas sindicales: la que los dividió siempre por rama de trabajo y los aisló a unos de otros. Ahora están todos juntos. “Estamos en red”, dicen ellos.

Laburantes de call center, de gastronomía y comercio, empleadas domésticas, los pibes del McDonald’s, trabajadores de la salud y desocupados, hacia el final de la jornada se van pasando el micrófono de mano en mano. Lo cubren con un film y retoman las palabras del que habló previamente. Sus discursos se entrelazan, las anécdotas coinciden, se va tejiendo una red.

Es la primer asamblea para muchos de ellos, pero viene con bronca acumulada de años. “¿A dónde está, que no se ve, esa famosa CGT?”, corean entre intervención e intervención. La burocracia sindical nunca habla de ellos, de las y los trabajadores precarios. Nunca aparecen. Y cuando lo hacen, el sindicato está siempre más del lado de la empresa que del lado de los pibes.

En algunos laburos ya se rebelaron, votaron nuevos representantes sindicales, dijeron basta a los traidores y eligieron a sus propios compañeros de lucha. Ahora exigen a la justicia que los reconozcan legalmente. Levanta la cabeza una generación que va por todo y quiere decidir.

Saben que si las organizaciones gremiales estuvieran en sus manos, la cosa sería distinta. En medio de la pandemia van construyendo esa pelea, virtualmente o con distanciamiento social, la asamblea es su lugar. De ahí no se mueven.

Antoni pidió la palabra y se hizo un silencio ensordecedor.
“Quiero hacer notar la situación de la comunidad inmigrante”. Cuenta que es peruano y en el día a día trabaja en las calles junto a la comunidad senegalesa, y que por la pandemia, se quedaron sin ningún ingreso. “Los extranjeros no estamos pudiendo cobrar la IFE, el gobierno puso una traba de 5 años de residencia en el país y tenes que tener una documentación especial que muchos no poseemos. Nos maltratan. ¿Cómo puede ser que los más golpeados por la pandemia no seamos los más beneficiados?”, pregunta con bronca, aunque sabe perfectamente la respuesta.

Evelin agarró con fuerza el micrófono, ella es estudiante de la Facultad de Derecho, empleada doméstica y migrante paraguaya. También pidió la IFE, y una vez más fue rechazada.

“Los ricos no se saben ni lavar los platos, por eso nos tienen trabajando durante la cuarentena”, el aplauso fue masivo, las burlas a los chetos también. “Es que sí, compañeros, ¡nos tenemos que dar cuenta! Todo lo que tienen es gracias a nosotros: sus fortunas pero también sus casas limpias. Las hicieron con nuestro sudor. Esta pandemia es la gota que rebalsó el vaso de nuestra realidad, la situación es insostenible. Asique ahora les toca poner a ellos. Como dice Del Caño, tiene que haber un impuesto a las grandes fortunas para que todos tengamos salario de cuarentena de 30.000 para poder llegar a fin de mes”, las cabezas asentían.

La Red salía por primera vez a las calles. La jornada era todo un éxito.

Asamblea virtual, más de mil trabajadores se conectan en todo el país

Alrededor de las 18h empieza a circular por los grupos de WhatsApp un link de zoom para reunirse. Se van sumando nuevos amigos, compañeras, conocidas, alguno que otro vio el anuncio en las redes y también quiso ser parte. Apagan sus micrófonos para evitar el rebote de sonido. Cambian sus nombres por las dudas de que se haya metido algún policía o buchón. Resuelven movilizar el viernes 29 de mayo a las 10 de la mañana en el obelisco, a las 11 junto a la Asamblea Nacional de Trabajadores de Reparto.

Desde la última vez que se vieron pasaron 9 días que parecieron eternos. Kiara se enteró que la echaron del callcenter cuando la eliminaron del grupo de WhatsApp. A las pibas de Burger King les llegó su recibo de sueldos de “cero pesos” por parte de una de las empresas más grandes del mundo. ¿De verdad hace falta que el Gobierno Nacional le dé plata del Anses a esas multinacionales para pagar los sueldos? ¿Y a la Sociedad Rural?

Murió en Avellaneda, Miguel Ángel Machuca, el cuarto repartidor durante la cuarentena. Y cuando la bronca ya no entra en el pecho, pide la palabra por el chat Bárbara. Ella es la hermana de Franco Almada, otro joven que fue atropellado mientras estaba trabajando. “No se pueden imaginar lo que es para una familia perder un ser querido tan joven en semejante situación”, dice con la voz entrecortada.

“La vida de mi hermano no la voy a recuperar nunca, por eso es muy importante que estemos todos con todos, que esto se haga grande, que se haga fuerte, es la manera de hacernos escuchar”. Los mensajes de apoyo y solidaridad inundaban la pantalla.

Éramos tres atrás de la computadora escuchando a Bárbara y se nos caían las lágrimas del dolor, pero a la vez nos alentaba a seguir, nos estaba dando una inyección de moral: “sepan que la unión hace la fuerza. Hablemos con la gente que conozcamos, que la está sufriendo, propongámosle sumarse a esta nueva movilización desde sus casas, en las redes o asistiendo a la marcha; pero por favor, chicos, nunca pero nunca dejen de luchar, porque eso es lo que nos va a llevar a un resultado. De esto puede surgir algo realmente grande, algo muy importante”.

Hicimos todos un minuto de silencio por Franco. Luego, de manera sincronizada, se abrieron todos los micrófonos. Se prendieron las cámaras. Empezaron los aplausos. “¡Justicia!”, gritaba uno. “Franco, ¡presente!”, respondía otro. “Ahora y siempre”, dijimos todos.

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Siento que esta vez puede ser diferente

La precarización está presente desde los primeros trabajos. Es un cachetazo que aleja cada vez más los proyectos de vida que imaginaron alguna vez. En el fondo, saben que si otro futuro es posible, seguro hay que construirlo. Hay que pelearlo. “Nadie nos va a regalar nada”, nos dicen. “La unión hace a la fuerza”, repiten. Ideas que dan vueltas por la cabeza y se transforman en el impulso que empuja a cientos de jóvenes a hacer una primera experiencia de organización en medio de la pandemia mundial que empeora sus condiciones.

“Lo que se está formando es increíble, cuando los veo luchando me inspiran, veo en ustedes a mis hijas”, nos dice una de las empleadas domésticas de La Red por mensaje de texto. “Ustedes son jóvenes, pero las que vivimos muchas crisis económicas en este país nos damos cuenta de una cuándo está empezando. No se imaginan lo que se siente”, nos dice.

El 2001 es un fantasma que recorre hace unos meses los rincones del país, los medios de comunicación, la preocupación de los ricos. La crisis es hambre, es desocupación, son ritmos de trabajo inhumanos. Son los empresarios que nunca pierden y esconden sus productos para venderlos más caros. Son los sindicatos que traicionan. Los gobiernos que nunca van a tomar partido por los laburantes.

Los trabajadores de reparto tienen historia en nuestro país. Muchos de ellos fueron “los motoqueros” del 2001. Esos valientes que el 19 y 20 de diciembre pasaron a la historia enfrentando a la policía en el Obelisco junto a las Madres de Plaza de Mayo.

“Vi muchos muertos, vi muchos lisiados, hubo despidos, también había recibos de sueldos que no alcanzaban. La forreada, la manipulación y la precarización nunca se erradicó”, cuenta uno de ellos. “Pero ver que las nuevas generaciones salen, se rebelan, me hace pensar que esta vez puede ser diferente. Que esta vez quizá sí podamos”.

Las luchas enseñan. Las lecciones que quedaron de cada combate pasado, se transmiten. La frescura de una generación de jovenes que nunca fueron derrotados y sienten que tiene todo por ganar, ayuda a tejer con distintos hilos, una red que se hace cada vez más fuerte. Una red que atrapa. Que no deja que nadie se caiga.

Se unen precarizados con desocupados. Se coordinan con los pibes y pibas del aeropuerto. Apoyan a los trabajadores de grandes industrias que están peleando como en la fábrica Stani. Se suman al reclamo de médicas y enfermeras que están en la primera línea. Ellas les devuelven la solidaridad. El mismo camino siguen junto a las y los docentes. Están haciendo carne ese canto que trae aires de lucha: “unidad de los trabajadores”.

Esta vez, cuando el fuego crezca, cuando la historia vuelva a ponerlos en una encrucijada, cuando el poder tiemble, ellos quieren estar más juntos que nunca. Más preparados que nunca.

El viernes 29 de mayo, el Obelisco va a volver a ser el escenario. Volverán a pisar esas calles tapizadas con historia, para llenarlas de futuro.







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