Política Estado Español

I CONGRESO CRT

Nuestro programa es para terminar con la esclavitud del trabajo asalariado

La primera jornada de sesiones del Congreso de la CRT estuvo dedicada, junto con la discusión internacional, al debate y aprobación del manifiesto programático de la CRT. En este artículo planteamos una síntesis de los fundamentos del carácter transicional de nuestro programa, los distintos tipos de consignas que lo integran y cómo se relaciona con el objetivo estratégico de terminar con la sociedad capitalista.

Diego Lotito

Madrid | @diegolotito

Martes 9 de mayo | 20:11

Foto: ID / Antonio Litov

León Trotsky plantea que el partido bolchevique dirigió los soviets en Rusia gracias a la justeza de su política y a la cohesión. Y se pregunta ¿qué es el partido y en qué consiste esta cohesión? Esta cohesión, dice Trotsky, es una comprensión común de los acontecimientos, de las tareas; y esta comprensión común, es el programa del partido.

Nuestro programa no cae del cielo. Para nosotros, el programa aporta las conclusiones de la labor teórica y práctica del marxismo desde sus orígenes, para que esa experiencia no se desarrolle en el vacío y las trabajadoras y trabajadores desarrollen el sentido de pertenencia a una clase que lleva más de 150 años de lucha contra el capital. Dicho de otro modo, el programa es el resultado de la experiencia estratégica del proletariado en un siglo y medio de historia y su condensación mediante un sistema de consignas con fundamento científico. A través del programa, la clase trabajadora retoma su propia experiencia colectiva, que es desconocida para cada trabajador o trabajadora individualmente, sin tener que empezar de cero.

El proyecto de programa que presentamos no es un programa acabado. De hecho, le faltan cosas, y hay otras que por su naturaleza no pertenecen estrictamente al programa. Por ejemplo, todos los comentarios o las polémicas con nuestros adversarios políticos que fundamentan nuestras consignas. Pero no es un programa acabado porque, ante todo, nuestro programa no es nacional, sino internacional, y está basado en un análisis teórico de la sociedad capitalista actual en su fase imperialista.

Nuestro programa se basa en el Programa de Transición elaborado por León Trotsky, con el cual fue fundada en 1938 la Cuarta Internacional: un programa mundial para la revolución socialista. Y a partir de allí, en las elaboraciones programáticas de nuestra corriente internacional, la FT-CI. Hay múltiples cuestiones que el programa no aborda, como los fundamentos profundos de la crisis capitalista, las transformaciones en la clase obrera mundial, la cuestión de los países semicoloniales y su relación con el imperialismo, etc., que están desarrollados en otros textos de nuestra corriente internacional. Nuestro proyecto de programa, para ser estrictos, es la refracción de ese programa internacional para el Estado español en las condiciones políticas actuales.

Es un programa para la acción desde ahora hasta el comienzo de la revolución socialista. Esto significa “de transición”. ¿Y cuál es el propósito de un programa transicional como el que proponemos? Como dice Trotsky, el programa transicional se propone “superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia”. Sirve para “ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.

Es decir que nuestro programa no se adapta a las coyunturas políticas o al pensamiento o estado de ánimo de las masas trabajadoras tal como es hoy, sino a la situación objetiva tal como se manifiesta en la estructura económica de clase de la sociedad. La conciencia de clase puede ser atrasada, y lo es efectivamente; entonces la tarea política del partido es situar la conciencia en armonía con la situación objetiva, hacer comprender a los trabajadores y trabajadoras, a la juventud, cuales son las tareas que se desprenden de esa situación.

El significado del carácter transicional de nuestro programa

Como señala Trotsky, el carácter transicional del programa consiste en que constituye un “puente” entre las reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este “puente” consiste en un “sistema de reivindicaciones transitorias” que incluye varios tipos de consignas que podríamos agrupar de la siguiente manera: las consignas mínimas, las democráticas, las organizacionales y las transitorias.

a) Las consignas mínimas son demandas que no implican por sí mismas un cuestionamiento directo a la propiedad capitalista (por ejemplo, el aumento de salario, las vacaciones pagas, el aumento de las pensiones, la jornada de ocho horas, las guarderías para los hijos de las trabajadoras y trabajares, etc.). Son reivindicaciones que la clase obrera fue conquistando con la lucha desde los orígenes del movimiento obrero. En algún momento el movimiento obrero “conquistó” estas demandas, pero las mismas siguen siendo parte del “puente” transicional cuando “conservan su fuerza vital”, es decir, cuando son atacadas o cuestionadas por el capital, o le fueron arrancadas a la clase trabajadora y entonces pueden ser motor de la movilización.

b) Por otro lado están las consignas democráticas, muchas de las cuales fueron planteadas durante las revoluciones burguesas. Entre ellas están las que llamamos “democrático-estructurales”, por ejemplo, la cuestión de la monarquía o el derecho de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas en el Estado español, o como también lo son la revolución agraria y la lucha por la liberación nacional de los países oprimidos por el imperialismo. También están las consignas que llamamos “democrático-radicales”, es decir, las formas más radicales que puede adoptar la democracia burguesa, como son la Asamblea Constituyente, la abolición de la figura presidencial y la unificación de los poderes legislativo y ejecutivo en una cámara única, la revocabilidad de los mandatos, la abolición de los privilegios a los funcionarios, entre otras. Pero también hay consignas que llamamos “democrático transicionales”, en tanto cuestionan de algún modo el carácter de clase de la democracia burguesa, como por ejemplo que el salario de los cargos políticos sea igual al de un obrero, que tienen como gran antecedente histórico la Comuna de París de 1871 (el primer gobierno obrero de la historia).

c) Después están las que podemos llamar “consignas organizacionales”: como su nombre lo indica, son aquellas que apuntan a la organización independiente de la clase obrera, como son la política hacia los sindicatos, los comités de fábrica, los piquetes de huelga, las milicias obreras y los soviets o consejos obreros, que apuntan a recuperar las organizaciones del movimiento obrero y sacarlas de la subordinación al estado y a desarrollar organismos de “doble poder” de la clase trabajadora

d) Por último, están las consignas transitorias propiamente dichas que levantamos para desarrollar la movilización y que serían las que implementaría la clase trabajadora de llegar al poder para reorganizar la producción en beneficio de la mayoría social, afectando las ganancias capitalistas y avanzando sobre la propiedad privada de los medios de producción. Dentro de estas, hay medidas que hacen a la necesidad de “preservar al proletariado” mismo como clase frente a las crisis, como son la “escala móvil de salarios” o “el reparto de las horas de trabajo” (relacionado por ejemplo con el plan de obras públicas para terminar con el paro), o también el “control obrero”, que apunta a ser una “escuela de planificación económica” frente a la anarquía capitalista, o la expropiación de determinados grupos económicos y de la banca bajo control obrero, etc.

Este conjunto de consignas son las que estructuran nuestro programa y son coronadas por consignas socialistas revolucionarias, como la toma del poder mediante la insurrección y la construcción del Estado obrero, como un paso en el desarrollo de la revolución social a escala internacional.

¿Y cómo planteamos estas consignas? Lo hacemos mediante campañas políticas de agitación, en la intervención en la lucha de clases o en los procesos de organización obrera, también en las universidades y colegios, o si nos presentásemos a elecciones en las campañas electorales, etc.

Hay consignas mínimas que levantamos permanentemente, y que muchas son parte de las reivindicaciones de los movimientos sociales, los sindicatos y plataformas, especialmente desde el estallido de la crisis capitalista. Estas son, por ejemplo, el derecho a la salud y la educación, las demandas contra la precariedad, el aumento de las pensiones y los salarios, por los derechos de las mujeres y contra la violencia machista, entre muchas otras.

Nosotros levantamos todas estas demandas obreras y populares porque consideramos que tienen “fuerza vital” como reclamos de la clase obrera. Pero lo que nos diferencia de otras corrientes reformistas, e incluso de algunas que se reivindican anticapitalistas, es que las levantamos relacionadas a consignas transitorias, como, por ejemplo, el salario mínimo igual al costo de la vida, que relaciona el aumento de los salarios a su indexación según el aumento del costo de la vida, al mismo tiempo que defendemos el reparto de las horas de trabajo; o por ejemplo la defensa de los servicios sociales básicos o la remunicipalización ligada al control obrero y la expropiación bajo control de trabajadores y usuarios.

Una combinación similar es la que hacemos cuando planteamos la reivindicación de terminar con la precariedad laboral, que actualmente no tiene que ver con el ataque puntual a una conquista sino con una reconfiguración de base del capitalismo español en las últimas tres décadas, después de redefinir la relación de fuerzas, primero en el fin de la dictadura franquista y la Transición, y después con la ofensiva neoliberal de los sucesivos gobiernos del PSOE y el PP.

Consignas transicionales como la nacionalización de las principales empresas estratégicas, las planteamos defendiendo el control obrero, a diferencia de quienes levantan este tipo de consignas en clave burguesa o pequeñoburguesa, como IU o Podemos.

Frente a la crisis del Régimen del ’78 y la degradación de la democracia burguesa y su sistema de partidos, le damos mucha importancia a las consignas democrático radicales como la Asamblea Constituyente y a las consignas democráticas en general. Pero lo hacemos no porque tengamos confianza en que hayan “secuestrado a la democracia” como decía el 15M o que se pueda “regenerar” la democracia capitalista como dice Podemos, sino como una herramienta para horadar la hegemonía burguesa y conquistar la de la clase obrera, al mismo tiempo que combatimos las ilusiones en la democracia capitalista. Por eso relacionamos la lucha por la Asamblea Constituyente con el desarrollo del Frente Único y los organismos de tipo soviético para luchar contra el Estado capitalista. En este sentido, consideramos el programa democrático-radical como parte de los medios ofensivos con los que las y los revolucionarios hoy luchamos a la defensiva, pero para para acumular fuerzas que nos permitan pasar a la ofensiva en el futuro.

Del mismo modo levantamos consignas “democrático-transicionales”, como que todos los cargos políticos ganen lo mismo que un obrero o una maestra. Y decimos que este tipo de consignas tienen un carácter “democrático-transicional” y no sólo “democrático-radical”, porque el aparato del estado burgués no puede subsistir sin un sector privilegiado que articule los intereses de los capitalistas, lo cual, desde luego va más allá de del salario que perciba tal o cual cargo político en forma individual.

Estratégicamente la clave de esta articulación es que permite establecer un puente entre la conciencia reformista de las masas obreras y la preparación de las condiciones para la ofensiva, es decir, la lucha por el gobierno de los trabajadores. Y esta articulación es la clave porque muchas de las consignas que defendemos en nuestro programa, levantadas en forma aislada, pueden ser meramente democráticas, reformistas o, por el contrario, pueden parecer muy revolucionarias, pero planteadas en forma abstracta pueden expresar la peor forma de abstencionismo sectarismo.

Esto lo vemos permanentemente en la separación que suelen hacer muchas corrientes de izquierda, incluidas algunas que se reivindican revolucionarias e incluso trotskistas, entre la lucha sindical y la lucha política, es decir, entre cualquier lucha reivindicativa parcial y un programa de fondo que ponga en cuestión el poder capitalista.

El sentido común que hay en la izquierda, impuesto por el Régimen y la burocracia sindical, pero también por la mayor parte del “sindicalismo combativo”, es adaptarse a los movimientos sindicales, políticos y de lucha tal cual se dan, limitados a sus reclamos concretos, incluso siendo su ala más combativa. Esto lo vemos, por ejemplo, en muchos debates que se dan en las Marchas de la Dignidad entre distintas tendencias y corrientes políticas.

A este sentido común también podemos adaptarnos nosotros, por ejemplo, si nos dedicamos a plantear cuestiones de fondo sólo a muy poca gente (es decir actuando en forma propagandística) evitando la lucha política; pero también si diluimos el contenido anticapitalista y revolucionario de nuestro programa adaptándonos a la “rutina sindical” (sindicalismo) o de los movimientos en los que participamos (el movimiento feminista, el sindicalismo estudiantil, etc.).

Si no hacemos todos los esfuerzos por plantear demandas políticas que tiendan un puente entre la conciencia actual y la perspectiva de una sociedad sin explotación y opresión, estaremos colaborando para que o bien se perpetúe la derecha, o que avancen los demagogos del neorreformismo como Podemos.

Para enfrentar esto resolvimos una serie de medidas de orientación política. Pero lo central es articular el programa de un modo concreto, definiendo cuales son las consignas centrales para la agitación en cada momento, pero siempre estableciendo una relación de estas con el conjunto de nuestro programa y nuestra perspectiva estratégica.

La “lógica transicional” del programa y su articulación en la situación actual

Las distintas consignas del programa forman un sistema que, de conjunto, busca establecer un puente para, como dice el Programa de Transición, “superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y su vanguardia…”.

Lo que debemos preguntarnos es, ¿cómo expresar la “lógica” del programa de transición en la situación concreta que estamos viviendo? Desde el punto de vista “objetivo” estamos ante mayores tendencias a la “crisis orgánica” y a la polarización a nivel mundial. Los nuevos fenómenos de la lucha de clases apuntan hacia una nueva etapa de enfrentamientos agudos entre las clases, pero los tiempos no podemos predeciros. La misma situación es la que vivimos en el Estado español, donde la crisis del Régimen fue contenida y el avance de la lucha de clases fue desviado con el rol fundamental de la burocracia sindical y el neorreformismo.

Desde el punto de vista subjetivo, ante una crisis brutal del Régimen y durísimos ataques a las condiciones de vida de las masas, la clase obrera sigue confiando mayoritariamente en direcciones políticas burguesas o pequeñoburguesas reformistas. Por ello pasaron todos los ataques de los últimos años. Porque nuestra clase fue a un enfrentamiento contra el capital y sus representantes políticos dirigida por el enemigo (partidos y burócratas sindicales), y esto es así porque aún no ha conquistado una organización política propia para esta batalla. Pero las bases que dieron lugar al estallido del 15M y dos huelgas generales siguen vigentes y ahora comienza a haber una relativa recomposición de la lucha de clases.

En este marco, la ruptura de amplios sectores con el PP y el PSOE es un dato enorme. Esto es un fenómeno mundial. Vemos cómo la gente abandona a los partidos tradicionales, o a sus representantes, y sus proyectos de futuro, e intenta construir algo nuevo. Pero de este proceso, lo que surgieron son nuevos fenómenos neorreformistas que actúan como factores de contención y desvío de la experiencia de sectores de las masas con los principales partidos capitalistas.

Ahora bien, a pesar de su fortaleza superestructural (Podemos conquistó 70 diputados en dos años), estos fenómenos son muy débiles desde el punto de vista estructural, carecen de bases militantes y sobre todo no tienen peso orgánico en la clase trabajadora. Esto, en parte, explica que en poco tiempo ya empiecen a haber sectores que hacen una experiencia con el neorreformismo, especialmente donde tiene responsabilidades de gobierno como en los Ayuntamientos. Aunque son procesos aun moleculares de crítica, y a veces de ruptura, esta dinámica abre muchas oportunidades para que las y los revolucionarios despleguemos nuestro programa.

Entonces lo que tenemos que pensar también es, ¿en que puede contribuir la CRT con su programa para aportar a la recomposición de la subjetividad de la clase trabajadora en esta situación? Porque el programa no es solo para la propaganda, para ganar nuevos compañeros y compañeras que sepan por qué lucha la CRT y se sumen a nueras filas. Todo eso está bien, pero nuestro programa, mediante la agitación, los artículos de Izquierda Diario, la lucha política, la intervención concreta en la lucha de clases, en el movimiento de mujeres, el movimiento estudiantil, tiene que contribuir a establecer un puente entre las reivindicaciones actuales del movimiento obrero y la necesidad de una “alternativa política de los trabajadores y trabajadoras”, ayudar a reconocer la necesidad imperiosa de recuperar sus organizaciones de manos de la burocracia sindical. Y al mismo tiempo, a combatir las ilusiones en la democracia burguesa, sus instituciones y sus representantes, tanto de derecha como de izquierda. Es decir, ayudar a identificar “quienes son los enemigos del pueblo”, como decía Lenin, y oponerles una estrategia obrera y socialista. En última instancia, tiene que servir para popularizar la idea de que hace falta un gran partido de izquierda, pero no como Podemos e Izquierda Unida, sino un partido revolucionario y anticapitalista de la clase trabajadora.

La relación entre el programa y nuestro objetivo estratégico: el comunismo

Leí hace unos días una entrevista a Nick Srnicek, un intelectual reformista canadiense que, junto con otro intelectual, Alex Williams, escribieron el libro “Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo”. Plantea que tres mil doscientos millones de personas en todo el mundo necesitan trabajar para ganar un salario con el que sobrevivir. Y para hacerlo tienen que competir en el mercado de trabajo, haciendo que bajen los salarios y que los dueños del capital y los medios de producción (el 1% de la población que es dueño del 50% de la riqueza) ganen cada vez más poder. Estos datos objetivos ya de por sí son impresionantes. Pero lo interesante que dice o es que, a pesar del discurso dominante sobre la automatización del trabajo, que amenazaría con llevarse por delante puestos de trabajo, desde los cajeros del supermercado a los camioneros, pasando por los contables, en la actualidad “tenemos la tecnología para vivir en una sociedad en la que no haya que trabajar”. O sea, que por la tecnología hoy lograr la demanda clásica de la reducción del tiempo de trabajo es más posible que nunca.

El problema es que a la hora de articular un programa que explote y democratice los beneficios del progreso tecnológico, estos intelectuales, como muchos otros, ligan la perspectiva del “no trabajo” a un programa reformista y en última instancia reaccionario: la renta básica universal. En nuestro proyecto de programa nos oponemos a la renta básica universal, porque consideramos que, sin subvertir las relaciones sociales de producción y propiedad, es decir, sin terminar con el capitalismo, esta perspectiva es imposible.

Estos proyectos, aunque los hay de distintos tipos, se basan todos en un postulado erróneo que lleva a la clase obrera a un callejón sin salida estratégico. Todos parten de que “el pleno empleo es algo imposible”, porque sin modificar el modo en que se apropia el valor en la sociedad, es obvio que los capitalistas no lo aceptarían de ningún modo. Así abdican de cualquier pretensión de reducir el tiempo de trabajo.

Nuestra perspectiva estratégica es la opuesta. Para nosotros la vía hacia el “no trabajo”, es decir, terminar con la esclavitud del trabajo asalariado sólo puede desarrollarse mediante la extensión y generalización del trabajo. Por eso planteamos la consigna del reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles sin reducir el salario. Esta es una consigna transicional por excelencia, porque la lucha por la reducción del tiempo de trabajo, contra el paro, la precariedad, es una demanda elemental de la amplia mayoría de la clase trabajadora en el mundo. Y si esta se dispusiera a luchar por ello, como lo hizo la clase obrera desde fines del siglo XIX bajo la bandera de la jornada de 8 horas, el único modo de conquistarlo sería enfrentando y derrotando el poder de los capitalistas.

Por eso queremos reafirmar que nuestro programa es para construir un partido que se proponga liberar a los esclavos modernos, que son las y los asalariados, terminar con la sociedad de explotación, conquistar con la lucha el gobierno de los trabajadores basado en la autoorganización de los trabajadores y oprimidos, para avanzar hacia el comunismo.

No queremos reformar el capitalismo ni hacer un poco más soportable la esclavitud asalariada. Queremos terminar con ella, ya que sólo así será posible poner fin a la miseria, la opresión, la destrucción del planeta, las guerras y toda forma de barbarie humana.

Estos fundamentos de nuestra perspectiva estratégica y de la militancia de la CRT, que son conocidos por la mayoría de los y las militantes más “antiguos”, muchas veces se pierden de vista en la rutina de la táctica, la intervención en los movimientos y la actividad cotidiana. Por eso queremos reafirmarlos tanto entre las y los militantes actuales, como entre los compañeros y compañeras que se están incorporando a la militancia en nuestra joven organización.

Porque como dijo Trotsky en un discurso a pocos días de la fundación de la Cuarta Internacional en 1938, “no somos un partido igual a los demás. No ambicionamos solamente tener más afiliados, más periódicos, más dinero, más diputados. Todo eso hace falta, pero no es más que un medio. Nuestro objetivo es la total liberación, material y espiritual, de los trabajadores y de los explotados por medio de la revolución socialista. Si no la hacemos nosotros, nadie la preparará ni la dirigirá. (…) Sólo la IV Internacional mira con confianza el futuro. ¡Es el partido mundial de la revolución socialista! Nunca hubo un objetivo más importante. Sobre cada uno de nosotros cae una tremenda responsabilidad histórica.

El partido nos exige una entrega total y completa. Que los filisteos sigan buscando su individualidad en el vacío; para un revolucionario darse enteramente al partido significa encontrarse. Sí, nuestro partido nos toma por entero. Pero en compensación nos da la mayor de las felicidades, la conciencia de participar en la construcción de un futuro mejor, de llevar sobre nuestras espaldas una partícula del destino de la humanidad y de no vivir en vano.”






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