Cultura

ENTREVISTA // LITERATURA

Nona Fernández: “Escribir es un acto cariñoso. Es una manera de estar en el mundo”

Entrevista, realizada vía e-mail, con la escritora y actriz chilena Nona Fernández Silanes. Literatura, teatro, la historia y situación política actual de su país, junto a cálidos recuerdos de Roberto Bolaño y Pedro Lemebel.

Demian Paredes

@demian_paredes

Sábado 28 de febrero de 2015 | Edición del día

Fotografía: Marcelo Leonart

Nona, comencemos hablando un poco de tus diversas actividades: actriz, dramaturga, guionista para TV, escritora… ¿Cómo fuiste llegando –y con quién/es (maestros, colegas, etc.)– a cada una de estas instancias?

Mi única formación es la del escenario, de ahí vengo, es lo que estudié. De esos años heredé mis lecturas iniciáticas de las grandes tragedias griegas, Sófocles, Eurípides, La Poética de Aristóteles, luego Artaud, Brecht, Chejov, Shakespeare, Heiner Müller, Strindberg, Bernhard, Peter Handke, don Juan Radrigán, Isidora Aguirre, Egon Wolf, por mencionar algunos. (Estos tres últimos son dramaturgos chilenos). El escenario instaló en mí la idea de que cualquier creación debe ser una experiencia viva que nos sacuda, que nos ponga en crisis tanto a los creadores como a los espectadores. El teatro debe encarnarse, debe pasar por el cuerpo y por el nervio de todos los que intervienen en ese inquietante y misterioso rito. Esa misma concepción es la que me invade en el momento de escribir.

Y sobre cómo llegue a escribir, la verdad es que más que a maestros, “me debo a mi escritura guacha”, como decía Lemebel. A las lecturas azarosas que de niña hice y me fueron seduciendo. Pienso en libros como las Crónicas Marcianas, o Cumbres Borrascosas, o en los cuentos aterradores de Edgar Allan Poe o Horacio Quiroga que leía con una fascinación absoluta una y otra vez. Recuerdo al chileno Baldomero Lillo, Sub Terra y Sub Sole, qué libros más feroces. Recuerdo a Manuel Rojas. A Cortázar, a Bioy, a Borges, a la chilena María Luisa Bombal, a Juan Rulfo, a los autores del Boom que se leían en el colegio. Recuerdo a Donoso, el Lugar sin límites, qué librazo, El Obsceno pájaro de la noche. Don Carlos Droguet. Hay que leer a don Carlos Carlos Droguet. Enrique Lihn, todo Enrique Lihn, y así crecí y estas lecturas medio huérfanas se juntaron con las teatrales y con mi experiencia como espectadora de cine, porque esa es otra caja mágica a la hora de fabular. Las historias me destaparon la cabeza, me trasportaron a otras realidades, a otros escenarios, me llenaron de nuevos conocimientos, de nuevas inquietudes, me remecieron y me acompañaron, como lo siguen haciendo.

Creo firmemente que la lectura de un buen libro te hace una mejor persona, te eleva un poco, te ilumina. Gran parte de lo que soy se lo debo a las lecturas que he hecho, a las películas y a las obras que he visto y he actuado. Cada una de ellas es una experiencia en si misma, un pedacito de vida. Quizá intentando devolver la mano me puse del otro lado. Escribir implica tomar decisiones, radicalizar pensamientos, develar las propias inquietudes y procesarlas, hacerse cargo de ellas, tener la obligación de entregar algo interesante, una mirada clara sobre lo que vemos, pensamos e imaginamos. La escritura, lo mismo que una función de teatro, detiene el tiempo en un ejercicio reflexivo y generoso que dura el número de páginas que tiene cada libro o la cantidad de minutos que dura la función. Escribir es un acto cariñoso. Es una manera de estar en el mundo.


Respecto a tu obra teatral El taller ¿podés comentar un poco cómo (te) surgió, y cuándo y cómo se puso en escena?

La obra está inspirada en el taller literario que realizaba la agente y escritora Mariana Callejas en los años setenta en su casa, que era también un cuartel de inteligencia, el Cuartel Quetrupillán. Ahí, mientras se planificaba la muerte de don Carlos Prats (muerto en Palermo en una explosión), o de don Orlando Letelier (muerto en Washington en otro atentado); ahí donde se experimentaba con armas químicas y se mataba a don Carmelo Soria (español asesor de Allende) a punta de torturas, un grupo de escritores se reunía a conversar sobre sus proyectos literarios sin darse cuenta del horror que tenían a su lado. Conociendo el mundo de los talleres literarios, y conociendo como conozco el ego de los escritores, me pareció que éste era un universo maravilloso para poder jugar.

Una metáfora increíble de la ceguera de esos años, de cómo se veía sólo lo que se quería ver, y también una reflexión interesante de cuál es el rol de un artista frente a su época. El resultado fue una comedia delirante y muy negra, que terminaba en una especie de pesadilla. Teníamos miedo, nunca habíamos visto una comedia que se cruzara con el tema de los derechos humanos y de nuestra historia reciente, pero nos sorprendió la llegada que tuvimos en el público. Íbamos a estar dos meses en cartelera, y finalmente estuvimos, de manera intermitente, durante dos años. Viajamos por Chile y siempre la respuesta fue la misma, muy entusiasta y muy abierta a conocer más sobre la historia que contábamos. Fue todo un regalo de conexión y de catarsis.


Hablando ahora sobre tu narrativa, tu nouvelle recientemente publicada en Argentina, Space invaders, ¿qué repercusiones tuvo?

Hasta ahora sólo he recibido buenos comentarios tanto de la crítica como de los lectores, despierta un entusiasmo que nunca pensé que despertaría. De hecho es el más reseñado de mis libros. La historia es bien personal, bueno todo lo que escribo es bien personal, pero en este caso es una historia real, la historia de Estrella González, mi compañera de curso en el colegio. Cuando decidí trabajar este material no pensé que dialogaría tan fluidamente con los lectores y sobre todo con los lectores de generaciones más jóvenes. El libro se escribió con hilos de aire, hecho de sueños y recuerdos recortados, es tan liviano y etéreo, que pensé que nadie entendería ni un carajo, pero al parecer esas vocecitas de niños envejecidos que me soplaron la historia sabían más que yo.

Sobre la relación memoria-hechos históricos; esa combinación que hay entre los recuerdos de lo vivido y los que (principalmente) son públicos, colectivos (y que se pueden rastrear en diarios y noticieros televisivos) como mecanismo o sustancia de tu narrativa (en Space Invaders; también en la novela Avenida 10 de Julio Huamachuco), ¿qué podés comentar al respecto?

Soy parte de una generación guacha. Guacho en Chile es el huérfano, el que no tiene papá ni mamá. Históricamente somos los nacidos en dictadura en tiempos en que la generación de nuestros padres estaban con la cabeza en otra parte, algunos en shock, algunos muy golpeados por las pérdidas, algunos muy ocupados intentando resistir, otros definitivamente no estaban, los habían matado, y otros, los más, un poco locos de miedo, de ceguera, de tontera y estupidez, entonces nuestros padres nunca fueron buenos interlocutores a la hora de dar explicaciones o de narrar lo que ocurría. Siento que crecimos un poco perdidos en el espacio, desconcertados, sin comprender del todo lo que pasaba a nuestro al rededor, con preguntas atragantadas y enigmas sin resolver. Había atentados, muertos, matanzas, desapariciones, marchas, protestas, velatones, y todo iba configurando un puzle oscuro difícil de resolver. Cuando llegó la democracia pensamos que todo se aclararía, pero no fue así. Muchas preguntas se quedaron sin respuestas y el puzle seguía ahí, lleno de acertijos.

Mi trabajo en general, tanto en la literatura como en el teatro y en los guiones, se ha ido enfocando en el intento de ir resolviendo ese puzle, de ir investigando y de ir encontrando las respuestas. Con el tiempo la información ya está más a la mano, no es tan difícil como fue en los noventas, algunos de nuestros padres incluso ya pueden o quieren, con dificultad, hablar, entonces se ha vuelto un trabajo casi obsesivo éste de ir reconstruyendo ese pasado que viví a medias, como en un sueño. Creo que a mi generación le toca hacer el trabajo de ficcionalizar, de apropiarse de los hechos, de pasarlos por nosotros, sacarlos de la oficialidad y el museo e instalarlos en ese inconsciente colectivo donde los pedacitos se vuelven un todo más complejo y poderoso. De ahí mi interés de trabajar siempre sobre hechos reales.


Más en general, sobre la narrativa chilena actual, ¿qué autores/as leés y considerás destacables?

Tengo un profundo cariño y respeto por la generación a la que supuestamente pertenezco y por todos los escritores que tienen el ímpetu de insistir en la escritura. Vengo de una generación muy diversa, con discursos y propuestas muy diferentes, gente inquieta y con una visión del trabajo creativo que traspasa los géneros y la pura literatura. Escritores músicos, escritores actores, escritores guionistas, escritores performance, escritores poetas, escritores editores, escritores políticos. Veo mucha energía, mucha efervescencia, mucho color y olor en la escritura chilena actual. Voy a mencionar a algunos que no son conocidos fuera de Chile para hacer el trabajo de tráfico y no insistir en los mismos nombres. Seguro se me quedarán varios afuera, pero ahí van. Pienso en Alejandro Cabrera y su tremenda novela Soldados Perdidos. Pienso en Marcelo Leonart y su cuento La Educación, o en sus feroces novelas Lacra y La Patria. Pienso en Luis López Aliaga y su bello libro La imaginación del padre. Pienso en Carlos Tromben y su emblemático conjunto de cuentos Perdidos en el Espacio. Pienso en Nicolás Poblete y sus novelas No me ignores o Cardumen. Pienso en Beatriz García Huidobro y su libro Hasta ya no ir y otros relatos. Pienso en el imaginativo Oscar Barrientos, enclavado en su trinchera de Magallanes, disparando historias delirantes como Carabela Portuguesa. Pienso en escritores más jóvenes, en los treintones, Emilio Gordillo y su espeso Croma. Simón Soto y sus cuentos de Cielo Negro. Romina Reyes y su libro de relatos Reinos.

¿Hay una “sombra de Roberto Bolaño”, una influencia sobre los autores y autoras contemporáneos? ¿Cuál fue tu experiencia con los textos de él?

Bolaño caló profundo en los escritores chilenos de mi generación y en los más jóvenes. No en todos, claro, pero la dimensión y la profundidad de su escritura es inapelable incluso para los que no gustan mayormente de su lectura. Yo fui sacudida por el huracán Bolaño. Estrella distante debe ser uno de los mejores textos que he leído en mi vida. O la belleza de Amuleto y esa poeta con vocación trágica, la madre de todos los poetas latinoamericanos, muchachos fantasmas y suicidas. Y bueno, Los detectives salvajes, ese planeta al que gusto volver a visitar de vez en cuando. Hay que decir que así como a muchos nos destapó la cabeza, también su efecto trajo esa extraña consecuencia que dejan las grandes escrituras y es que muchos quieren escribir como él. Así aparecieron “Los Bolañitos”, fotocopias deslavadas que con el tiempo comienzan a encontrar su voz propia.

¿Lo llegaste a conocer personalmente? Él elogió un cuento tuyo…

A Bolaño lo conocí justamente cuando fue jurado de un concurso de cuentos que se hace en Chile, el concurso de la revista Paula, que marcó su regreso al país después de mucho tiempo. En esos años yo no había publicado, era chica, tenía unos 25 años, creo, y él fue muy generoso y habló muy bien de ese cuento con el que participé. Su mirada me iluminó bastante y quedamos conectados. A su regreso a Chile, un par de años después, me invitó a participar de un mini taller que hizo en La Feria del Libro, donde sólo había un grupo pequeño de escritores invitados o seleccionados por él. Tuvimos tres sesiones muy divertidas porque tenía un sentido del humor muy agudo, o así me lo pareció. Sentía una curiosidad muy grande por la nueva escritura chilena y creo que un cariño especial por los jóvenes escritores.

Un cariño abstracto, melancólico quizás, como si viera en nosotros algo trágico de lo que no éramos conscientes. Después yo viví un año en Barcelona y ahí volvimos a contactarnos. No fuimos amigos, pero sí teníamos conversaciones largas por teléfono porque gustaba de hablar por teléfono y hacer preguntas sobre Chile. Recuerdo un almuerzo muy estimulante en la casa de Antoni García Porta donde estaba él, Cercas (en los años que eran muy cercanos), el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia, y nosotros, Marcelo Leonart y yo. Hablamos de Arturo Prat, que le obsesionaba, de Allende, de su muerte en la Moneda, de los héroes y los suicidas. La última vez que hablamos yo estaba embarazada de mi hijo Dante y él me preguntó si seguiría escribiendo después del parto, porque la maternidad y la escritura eran actos difíciles de compatibilizar. Él mismo, decía, una vez que había nacido Lautaro, su primer hijo, prefería estar con él que sentarse a escribir. Me habló también de Sylvia Plath y de su suicidio. Yo le dije que no se preocupara, que intentaría no suicidarme y ser una buena madre y una mejor escritora. El último mail que recibí de él, el año 2001, cerraba así: “Que tengas un parto leve y que Dante sea un niño libre y feliz”.

Volviendo al tema del teatro y dramaturgia en Chile, ¿podés comentar un poco el panorama actual?

Yo partí haciendo teatro el año 1995, cuando todo era un gran páramo. No había salas, la gente había perdido la costumbre de ir al teatro, por lo tanto no había público, no había financiamiento, no había nada. Pura energía que es lo que en el teatro chileno desborda. Ahora la situación es diferente. Siempre estamos en constantes problemas, pero sería muy injusto sino se afirmara que la situación ha mejorado.

Falta, pero es infinitamente mejor a la de 20 años atrás. Hay diversidad de salas, comerciales, experimentales, otras para teatro joven, otras para teatro independiente que conforma la mayor cantidad de la escena chilena. Hay una gran diversidad de propuestas, hay mucha dramaturgia nacional, han surgido autores jóvenes muy interesantes tanto en la letra como en la puesta en escena. Hay mucho que ver, un desborde de trabajos, y un público cada vez más interesado, pero aún faltan políticas de apoyo más contundentes. Aún falta que el teatro llegue con propiedad a todas las provincias de Chile. Que se genere teatro en las provincias, autores de la provincia, que la escena no sea un lujo capitalino, que los autores de obra probada y sostenida en el tiempo cuenten con apoyos permanentes para su trabajo.


Te pido ahora un recuerdo de Pedro Lemebel…

Hay una imagen que es la que elijo para recordarlo. Es del año 2007, cuando Chile fue el invitado de honor a la feria del libro de La Habana. La delegación ya estaba ahí hace unos días, y Pedro, Poli Délano y yo llegamos después. No sé por qué, pero éramos los rezagados. Pedro viajó exultante. Estaba tan feliz. Había estado hace un par de años invitado por Casa de Las Américas en su semana del autor y su conexión con el público cubano fue completa. Leyó, paseó, se enamoró, se emborrachó y recibió el cariño de todos. Gran parte de esa visita la dejó registrada en sus crónicas en Adiós Mariquita linda. Cuando aterrizamos en La Habana flotaba de alegría, y al llegar al hotel lo recibieron como el gran escritor que era, con mucho cariño, añorando aquellos días recientes que había pasado allí. Al día siguiente recuerdo que nos tomamos unos mojitos en el hotel mientras nos comentaba la copada agenda que tenía, con lecturas, encuentros, entrevistas, y demases. Luego cada uno partió a lo suyo y no supe más de él. La verdad es que nadie más supo de él. Al día siguiente me enteré que no había aparecido en ninguna de las actividades. Todos los organizadores lo buscaban algo desesperados. Recuerdo haberlo visto de noche en un pasillo del hotel, los dos algo borrachos, hay que decirlo, llegando de algún paseo nocturno. Él estaba entrando a su pieza con bastante dificultad. Yo me acerqué curiosa, por lo menos ya teníamos garantía de que estaba vivo. Apareciste, le dije. Ay, niña, me porté mal, respondió. Pero lo comido y lo bailado no me lo quita nadie.
Me gusta recordarlo con esa frase. Lo comido y lo bailado no me lo quita nadie. Su escritura fue siempre vital, conectada con la calle, con la vida, con la gente, más allá y por encima de los grandes salones y las bibliotecas, una escritura gozosa, carnavalesca a ratos, rabiosa la mayor parte de las veces, difícil de clasificar en la familia literaria chilena, un hijo guacho, como él mismo lo decía: "No reconozco padres ni madres en la literatura, me debo más a mi escritura guacha". Demasiado rápido se fue después de haber sobrevivido a tanta cosa. Pero claro, lo comido y lo bailado nadie se lo quita.

Una última pregunta: sobre las movilizaciones estudiantiles y la situación política más general de Chile, ¿cómo lo ves?

Este verano hemos visto cómo la derecha chilena se desarma y se retuerce en el suelo, cayendo por su propio peso. Luego de un gran escándalo que involucraba a importantes personeros de la derecha en fraudes y malversación de fondos para efectos de sus campañas políticas, todo se fue desmantelando de manera maravillosa, lo que ha sido un agrado, hay que decirlo.

Por otra parte, este verano también, se aprobó en el Congreso uno de los proyectos más polémicos, el que pone fin al lucro a la educación, y declara el fin de la selección en la educación pública. Parece y suena muy positivo, pero apenas es el comienzo de un camino largo por las mejoras en la educación, que han sido el caballo de batalla de gran parte de la población en los últimos años. El proyecto en cuestión aborda un mínimo aspecto de la educación chilena y no termina con lo que dice que termina. El diputado de la Izquierda Autónoma, Gabriel Boric, lo explica de manera muy clara.

“El proyecto no termina la selección. Sobrevive el subsidio y los vouchers como motores de la competencia obligatoria de una educación de mercado. No se construye una alternativa en la educación pública. Entonces, entramos en una paradoja propia de la transición a la democracia: financiamos el mercado con iniciativas que se presentan como el fin al mercado. Y lo pagamos todos con plata de todos.” O sea, es un proyecto a medias, como lo es y lo ha sido nuestra democracia desde que fue pactada con los militares. Lo penoso es que estos mínimos logros aparecen como parches para intentar calmar a una sociedad que se ha manifestado con fuerza. Seguimos anclados a una constitución instaurada por los militares, una constitución que favorece a las elites, mientras eso siga así no podemos pisar tierra firme. Chile necesita volver a hacer política desde la sociedad y para la sociedad, esa es la invitación y el desafío para el futuro. No es fácil, pero después de 25 años de democracia a medias la ciudadanía está más consciente y más encendida, con líderes menos contaminados, dispuesta a movilizarse. Yo soy optimista, y creo que esa grieta que en Av. 10 de Julio… cierra el libro como el presagio de un cambio, de una gran explosión, es parte del momento histórico que estamos viviendo como país.







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