Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

No mires a nadie, que tengo celos

Creemos que los celos son algo del pasado pero, ¿es cierto? Series, películas y programas del corazón demuestran que no, emisión tras emisión. ¿Qué se gana con esta venta?

Lunes 14 de noviembre | 19:18

Se promocionan los celos como algo natural e incluso sano en las filmaciones a diario. No es de extrañar, por ende, que se hayan convertido en una situación a la que la gente está acostumbrada. Sin embargo, su cotidianidad no hace de estas respuestas sociales una acción loable y mucho menos beneficiosa. Se hablaría incluso de dañina y sexista.

Aunque no siempre se cumple, la brecha de género también está presente en este ámbito social, siendo las mujeres las que más críticas reciben al respecto y las que más ponen en práctica la celotipia. No obstante, hay que decir que el fenómeno se está convirtiendo cada vez más en una plaga sin distinción socio-económica-cultural, de edad, población y sí, género.

Su origen se delimita a la baja autoestima y la consecuente inseguridad sobre sí misma. Estas personas interceden en el espacio personal de los demás, no manteniendo o disminuyendo sobremanera el suyo propio. Junto a ello, es característica la falta de respeto hacia la libertad de la pareja y a las relaciones del resto, aun cuando ambas personas padecen este trastorno y el ciclo de acciones se hace insostenible.

En efecto, se trata de un trastorno con aceptación social, no como tantos otros. La pregunta es: si los celos son tan perniciosos, ¿por qué la gente los defiende, distinguiendo incluso entre celos buenos y malos? Un recurso rápido sería aludir a la Historia y culpar al patriarcado y el sexismo que le ha acompañado. ¿Es, por tanto, su presencia en la actualidad la verdadera culpable de la aceptación de la celotipia, o celos, coloquialmente hablando?

Miedo a la pérdida, a la soledad, a la independencia. Son conceptos a los que no se suele hacer referencia cuando de celos se habla. En cambio, éstos se idealizan y se camuflan de amor romántico, protección y deseo. Es una trampa inconsciente, en muchos casos, donde no es amor sino obsesión, con resultados mortales.

Puede parecer exagerado, pero la gran mayoría de los malos tratos están respaldados por el deseo de amar y proteger de una forma, obviamente, insana. El problema, o uno de ellos, es que estas personas no lo ven así y sus víctimas, en primera instancia, tampoco. El hecho de tener más referentes dañinos en los medios de comunicación que beneficiosos, si quitamos las noticias, incrementa esta realidad social y quien lo sufre se da cuenta demasiado tarde.

Por ejemplo, una de las ideas preconcebidas que se encuentran a pie de calle es que los celos son una reacción natural ante la persona que quieres, amas o deseas y que, en caso de no sufrirlos, el amor no es verdadero. Esta concepción es reforzada por la industria del cine, las series televisivas, los programas del corazón e incluso libros que llegan tanto a adultos como a adolescentes e infantes, quienes los contemplan mientras quien está a su cuidado realiza otras tareas, no siendo consciente del perjuicio.

¿Son, por tanto, desagradecidas, las personas que muestran rechazo ante los celos de su pareja o, incluso, amistades? No. Por supuesto que no. ¿Son culpables quienes no muestran rechazo ante dicha situación? Eso sería castigar al verdugo por encontrarse bajo la soga y no en ella. La condena es un acto de contención, no de educación. Esta última tiene mucho que decir al respecto de los celos y, en cambio, guarda las distancias.

El horario escolar está repleto de matemáticas, lengua e inglés. En cambio, ¿tienen cabida las emociones, su gestión y comprensión? En todo caso, su represión. El sistema educativo industrial en el que vivimos, si a España y al mundo en general nos referimos, no contempla los sentimientos como parte del ser humano que deba estudiarse y ponerse en práctica, al igual que la educación sexual, aunque ése sea un tema que requiera su propio artículo.

Queda, pues, en manos de las familias y el propio menor la formación en emociones y los trastornos asociados que puedan surgir por la errónea gestión de las mismas u otras circunstancias vinculantes. En cambio, dichas familias no tienen a quién acudir para solucionar problemas derivados al respecto, pues la respuesta menos frívolas son programas, en teoría, educativos o con supervisión psicológica, diseñados para el asesoramiento ciudadano cuando ya la prevención llega tarde.

Aun con este panorama un tanto desalentador, no se ha de perder la esperanza en el profesorado que, a pesar del volumen de alumnado y las gestiones administrativas que ha de resolver, se vuelca en la realidad de su profesión. Tampoco se deben dejar de lado las asociaciones de padres que luchan por una descendencia más próspera y libre, con acceso al saber sin barreras y conocedores de sí mismos, lejos de tabúes y mitos ciegos.

Por tanto, si este estigma social, que no conlleva bien alguno ni se conforma de niveles, llegase a canalizarse hacia su extinción, la lucha contra la violencia de género daría un gran paso para quedarse en la Historia pasada como objeto de estudio. En cambio, si los celos se siguen vendiendo como símbolo de amor, ya sea en formato escrito, oral o con forma de pantalla, no sólo se seguirá con los mismos problemas sociales actuales sino que, a pesar de unos y gozo de otros, peores encuentros nos esperan.




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