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No me resigno: como estudiante y empleada doméstica peleo contra la precarización de la vida

Cada vez somos más las jóvenes que tenemos que laburar limpiando casas o en changas para no dejar estudios y llegar a fin de mes: en este ajuste también somos las que podemos hacer temblar la tierra y darlo vuelta.

Evelin Cano

Miembro del CeProDH | Estudiante de Derecho UBA

Jueves 11 de abril | 00:00

Empieza el día y lo primero que pienso es en recargar la sube. Pude mudarme con esfuerzo de la casa de mi vieja en La Matanza a Almagro, para estar más cerca de la Facultad de Derecho donde estudio. Por lo caro que está todo, alquilar, comer y estudiar tengo que trabajar en dos laburos: como empleada doméstica entre semana, y los fines de semana en animación de fiestas infantiles. Después de haber pasado por fábricas con turnos de 12 horas, varios salones y supermercados chinos, con 22 años tengo que ir a que me inyecten calmantes por problemas en el nervio ciático.

En el laburo salgo a hacer las compras y en la esquina veo gente durmiendo que antes no veía. Los del edificio exigieron que los saquen porque no quieren ver miseria, pero los niveles de pobreza llegan a 13 millones de personas, y como si alguno de nosotros los trabajadores esté fuera del ajuste.

La ola verde que copó las calles por aborto el año pasado fue un punto de quiebre para mí, fui parte de esas miles de mujeres. Sentí el machismo desde que recuerdo, hasta que busqué organizarme porque no era algo individual. Desde mi viejo diciendo que consiga un novio para que me pueda mantener, qué ropa tengo que usar, hasta el rol de cuidadora. El mandato de que las mujeres hacemos el trabajo doméstico como algo natural por "ser mujeres" lo viví desde chica, siendo la encargada de cuidar a mayores o niños, de la casa, y lo mismo es ahora para conseguir laburo.

El peso de las tareas domésticas aumenta mientras nuestras condiciones de vida empeoran con los recortes a la salud y la educación, todo a medida del FMI. Casi todas las titulares de asignación universal por hijo son mujeres, que sigue siendo de 1831 pesos, y la mayoría jóvenes. No hay subsidio que saque de esa situación.

Es sobre nosotras, las trabajadoras, donde más pega el ajuste que recién empieza; los laburos peores pagos, no registrados, y cobrando menos que los varones. Esta precarización y desigualdad que no dejó de pasar en ningún gobierno, ahora aumenta sin freno. Pero también nos ponemos de pie.

Vengo de una familia muy católica que ve el aborto como un pecado, pero yo fui parte de una marea verde en todo el país porque se practica en la clandestinidad y las que mueren son las más pobres. Es un tema de salud pública donde la Iglesia no debería meterse y los funcionarios de los gobiernos no deberían frenar sino garantizar.

Desde hace un tiempo veo que todo esto tiene un mismo fin, nada de lo que pasa está aislado. Si nuestros salarios no alcanzan, si tenemos que abandonar los estudios para ayudar en la casa, si tenemos que aceptar los trabajos más precarios para poder estudiar, si no podemos acceder a nuestro derecho a decidir, todo eso es el destino que nos garantiza este régimen social.

Veo a mi tío que vive en González Catán, que vino de Paraguay como toda mi familia y yo, y que ahora labura en construcción. Todos los días arranca a las 5 de la madrugada, llega 12 de la noche, para apenas llegar a comer. O con mis tías que viven atrás de los countries privados en Garín. Mientras mis primas de 11 años tienen que salir a laburar. Toda esa bronca que me genera, la siento desde chica: una sociedad donde pocos tienen tanto y muchos tenemos tan poco.

Así como fuimos miles las estudiantes y trabajadoras en las calles, ahora se hace cada día más necesario tirar abajo a los responsables que se la llevan en pala: mientras a Cambiemos lo felicita el FMI, se destruyeron cientos de miles de empleos en el último año, y la pobreza no deja de crecer. Gobierne quien gobierne, sea el macrismo o cualquier variante del PJ, ninguno quiere romper con los organismos internacionales que viven de arrasar países como el nuestro. A menos que nos propongamos dejar de pagar la deuda externa, nuestro futuro es este.

Empiezo por charlar con mis amigas del barrio, con compañeros de la facu para que sean parte de multiplicar las voces por estas ideas entre todos los que conocen. Ellos viven la misma y no se comen más sapos del kirchnerismo. La única manera es que seamos los protagonista de una fuerza que pueda dar vuelta la situación, el movimiento de mujeres unido a jóvenes y a laburantes, para arrancar un paro general a las centrales sindicales, a esos que transan con Macri por millones de pesos desde sus lujosos sillones, pero no aislado, sino que vaya en aumento hasta derrotar el ajuste.

Tengo que cargar la Sube. Me apuro. Dejo el café a medias y pienso en el día que me espera. Después de haber bancado el frío y lluvia frente al Congreso con los pañuelos en alto el año pasado para ver a esos dinosaurios votar en nuestra contra pero junto a diputados del FIT únicos que dan el apoyo sin grietas en el Congreso y en las calles siempre, con el odio de ver la que pasamos los laburantes, me llena de energía saber que al final del día nos juntamos con las pibas de Pan y Rosas y del PTS-FIT. Seguir preparándonos para derrotarlos, invitamos a más para hacer correr la voz. Hay que reunir toda nuestra fuerza si queremos dar vuelta la historia.







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