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Némesis: una grieta en la cancha de básquet

Situación segura para quien haya practicado algún deporte, por más amateur que haya sido. El deporte del balón naranja como metáfora pero, ¿quién no ha tenido su némesis en la vida?

Jueves 23 de agosto de 2018 | Edición del día

De tanto en tanto sucede, con bastante frecuencia diría yo. Que nos encontramos frente a frente con alguien a quien querríamos evitar. Enseguida se manifiesta, incluso antes que comience el partido. Sentimos esas vibraciones, como un rechazo… ¿mutuo?

Aunque no queramos prejuzgar, lo sentimos, lo vemos, ya nos molesta. Y el destino, solito y solo, se encarga de consumar nuestra percepción. Empiezan a separar los equipos, seleccionando integrantes. Obvio, vos quedas de un lado y él del otro, y para completar el presagio, dividen también las marcas. Vos lo vas a marcar a él y él a vos. Emparejados en peso y en altura se vislumbra un buen “match”. Claro que esto no es siempre así. Te puede tocar un petiso, rápido y de buena marca (mi eterna pesadilla). O un grandote y alto, que cuando levanta las manos no te deja ver el aro. La rivalidad no tiene que ver exclusivamente con el físico, sino también con conceptos, actitudes y algo más que no sé qué es. O sí lo sé, pero mejor me lo callo. En definitiva, ya consumado lo inevitable es mejor asumirlo de entrada, no ponerse excusas y meterle para adelante. Luego podremos desarrollar más este análisis. Va a ser duro, difícil y puede llegar a doler un poco.

Así como energías antagónicas, cada uno echa mano a lo que al otro parece faltarle. Él se hace un poco el bravucón, va a gritar, a festejar sus anotaciones y las buenas acciones de sus compañeros con alevosía. Y vos viendo un poco de ansiedad en ése comportamiento tratás de enfocarte y no desesperar. Mostrar aplomo en la adversidad, esperando el momento. Admitámoslo, ya entraste “cagado”, él puso huevo, pegó un par de gritos y pudo anotar algunas canastas. Ahora lo único que queda es ver si tu técnica te da una mano y se sobrepone a pesar de vos mismo. A tu favor queda que el partido es largo y él no es alguien invencible. Así que volvemos a las bases, nos concentramos en defensa y tratamos de que empiece a fallar. Y a dudar. Luego veremos como nos anotamos en el marcador. Entonces, llega una ayuda de un compañero, te da un buen pase dejándote solo y marcas tus primeros puntos. Te vas sacando la mufa. Mientras el sigue vociferando, como para marcar territorio.

A los “pecho frío” como yo a veces nos pasa que debemos esperar que se nos caliente la mano. Ensayas otro tiro y… ¡adentro! Haces otra jugada linda, un firulete y empezás a ganar decididamente la confianza que necesitabas. Más cuando tus compañeros y hasta algún rival elogia algunos de tus movimientos. Esto, ya lo pone verdaderamente nervioso, empieza a fallar. Se da cuenta de que está jugando mal, es más, que va a perder el partido. Y vos, que no empezaste vendiendo humo ya dominás la escena, engalanando tu juego y sacando lo mejor de tu repertorio, estás contento y todo sale bien. No sólo vas a ganar el partido sino que también ganás el “duelo”. Salís airoso de este entuerto.

Pero como dije antes, iba a desarrollar el punto de hacerse cargo de estas situaciones, de entrada. Porque uno no se libera así nada más del “largo brazo de la justicia”. Así es como al fin de semana que viene sucede otra vez lo mismo. Lo enfrentás nuevamente, pero esta vez, muy tontamente no te haces cargo. Creyendo ya salvado tu honor por tu anterior victoria. Y en un acto miserable, te buscas otro rival para tu estúpido duelo personal. A priori, más neutro, sin esas energías que invaden tu zona de confort. Entonces empezás el partido cómodamente, sin que nada te mortifique. Disfrutando y jugando bien. Pero algo sucede, ÉL se da cuenta, lo intuye, entonces le dice a su compañero “neutro”… “cambiemos las marcas…”. Listo… Cual si fuese un castigo enviado por el más cruel de los destinos. Y por haberte hecho el tonto, sucede lo inevitable. Vas empezar a jugar mal y él va a mejorar. No metes más un doble, se te escurren el partido y tu buena performance como arena entre las manos.

Termina el juego y ni sabes cómo salió, ya no importa. Te vas amargamente sabiendo que te ganó el duelo que te inventaste, y encima, por “cagón”. Por no haber hecho lo que sabías que tenías que hacer.

Pero como las vueltas de la vida son muy vuelteras, hay próximos partidos, y él ahora es tu compañero. Y lejos de todos los prejuicios que hacías antes, valorás su juego. Y él parece valorar el tuyo. Es más, hacen buena dupla. Reconocés que tiene un poco de lo que a vos te falta. Desparpajo, inconsciencia y coraje. Siempre buenos para no caer en actitudes miserables. Sin tanta “coherencia” y “mesura” a la hora de tomar decisiones. Lo más probable es que él no haya hecho todo este vano análisis de un tonto juego. Como sí uno pierde el tiempo en hacerlo.

Aún así, y volviendo un poco al principio, no me he convertido y ahora soy todo corazón. Sé que no voy a ser su amigo y me resguardo el derecho de volver a irritarme.







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