Murió Elsa Godoy, la madre de Franco Casco, dejando un gran dolor y un legado de lucha

Elsa Godoy murió luego de empeorar su cuadro de chagas, que la había obligado a internarse los últimos días. Sus últimos años como emblema de la lucha contra la impunidad.

Miércoles 10 de agosto de 2016 | 18:26

Autores: Julieta Riquelme (hermana de Jonatan Herrera), Jazmín Levi, Octavio Crivaro, Constanza Villanueva, Laura Bogado

Elsa hablaba poco pero sabía expresar lo que quería: quería Justicia, que los asesinos de su hijo Franco paguen el crimen de este joven trabajador. Franco vino desde la zona sur del conurbano, donde manda la letal Policía Bonaerense, y cayó en las fauces de la asesina Policía Santafesina, la que mata pibes por deporte, por aburrimiento, por oficio.

Ser joven, humilde y laburante es un crimen en todo el país para este Estado y a Franco le tocó morir en manos de los policías de la letal Comisaría Séptima. Franco fue secuestrado el 7 de octubre de 2014 y fue hallado sin vida en el río el 30 de ese mismo mes. El Paraná, como con Pichón Escobar después, fue el recipiente al que arrojaron el cuerpo de un joven laburante las llamadas “fuerzas de seguridad”.
Para venir a buscar a su hijo, Elsa tuvo que juntar moneda a moneda, porque no tenía para el pasaje desde Varela. Sabía que venía a transitar algo terrible pero no tenía plata para ello. Empezó su lucha contra la impunidad lidiando con la burocracia estatal y terminó su vida en la cruel maraña de la burocracia de la salud, que dilató los turnos y postergó la atención a una mujer que moría mientras luchaba, y luchaba mientras moría. Como cuando se vino desde el Conurbano, una mujer a la que le robaron a su hijo, juntaba moneda a moneda para comer y sobrevivir.

En su lucha, Elsa nunca creyó en los cantos de sirena y siempre supo en quién apoyarse. A pesar de que fue arrancada de la tranquilidad de la manera más terrible, en ningún momento flaqueó y desde un primer momento se apoyó en un cúmulo de asociaciones políticas, sociales y de DDHH que la acompañamos a ella, a Ramón, el padre de Franco, y a los hijos de ambos, que estuvieron al pie de la lucha.

A Elsa buscaron confundirla, relajarla, desviarla. El gobierno provincial, los medios de prensa y, obviamente, la Policía hicieron lo imposible, llevaron al máximo su creatividad para entorpecer toda la búsqueda. Pero Elsa era humilde, no tonta. Y
siempre sabía adónde apuntar y con quién lidiaba. Sabía que buscaba a su hijo muerto y sabía que quería que los culpables paguen con la cárcel, al menos, las risas de Franco que nunca más iba a escuchar.

Cuando apareció Franco muerto, juntó el coraje que solo una madre puede juntar y sin haber terminado de enterrar a su hijo, emprendió en silencio pero con claridad la lucha contra la impunidad.

“Todos sabíamos” decían las letras que llevamos detrás de Elsa y de Ramón. Todos sabíamos que fue la Policía, desde el 7, desde el 30, desde el momento en que Franco fue desaparecido y las mentiras empezaron a cubrirlo, como cada vez que el Estado nos mata a uno de nuestros jóvenes.

Elsa enfrentó a los asesinos de su hijo y a los encubridores, nunca bajó los ojos. Marchó mil veces, lloró y se tapó las lágrimas para que no la vean quebrada. Habló
con silencios o habló hablando, con la voz temblorosa pero con las ideas firmes.

Elsa se abrazó a Madres de Plaza de Mayo y, queriendo o sin quererlo, se vio en esa tradición de lucha contra la impunidad del Estado, y vio al Estado como continuador de su obra genocida en tiempos democráticos.

Elsa volvió a Varela porque el dolor que tenía clavado en el alma y la distancia de sus hijos, enfermaba más a su cuerpo ya enfermo y su dolor tan intenso. Pero nunca, nunca, dejó de pelear y de enterarse las novedades de la causa. Ella quería morir viendo la Justicia por la que peleó.

Elsa se fue antes de ver a los asesinos de Franco entrar a un calabozo como el que tiraron a su hijo. La impunidad, otra vez, se anotó un poroto. Pero Elsa dejó el legado de su pelea, de no bajar los brazos, de no flaquear hasta lograr Justicia. Elsa se fue con los brazos en alto. Cada vez que nos veía a todos nos decía “no quiero morir sin que se haga Justicia por mi hijo”. Elsa se la tomó a pecho esta frase, que no cayó ni caerá en saco roto.

Queda en nosotros seguir su camino y recoger su lucha.







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