Cultura

RESEÑA / TEATRO

El grito de Muñeca

“Muñeca”, la obra que se está mostrando en el Centro Cultural de la Cooperación es una adaptación de Pompeyo Audivert de la obra de Armando Discépolo, con incrustaciones de textos de Marosa Di Giorgio.

Natalia Rizzo

@rizzotada

Martes 7 de abril de 2015 | Edición del día


  • Fernando Lendoiro

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Fotografía: Fernando Lendoiro

Muñeca es una obra que las críticas y el propio actor y director han descripto como una especie de tragedia griega nacional, con marcada intertextualidad con el grotesco italiano, como una mirada sobre los matrimonios por conveniencia, o el amor no correspondido, la decadencia de la burguesía y sus intentos caricaturescos por mantener su estatus.

"Esparcía una fragancia a ovario, a clítoris recio. Leve leche, azúcar y granos de sal rodaban por mis pezones hacia afuera. Puntas de tragedia en mi garganta y el receptor abierto.(…) Mi edad es, justamente, la que atrae a los monstruos. Yo sólo hice pío y estiré las piernas, luego, el que había a mi lado fingió volar. Se fue como hálito. (…) El cabello de entre las piernas se me levantó como arañas. (...) Soy la Reina del Amor, me destilo por las sombras de las fieras, palidezco mientras soy lanzada a las fauces astutas. Soy la Santa Lasciva Viciosa. Aquí mismo descansa el lobito. Soy la Lengua de las Rosas, no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme. No comprendo esta máscara que anuncia que no estoy."

Con estos extractos de la obra de Marosa, de alto vuelo poético, aparece la voz gruesa y tenebrosa de la figura femenina de la obra. Una obra dentro de otra obra. Una figura que no sólo muestra sumisión de la mujer en un marco de desigualdad, sino también su propia bestialidad, desde una prosa aguda con la potencia de un dialecto neobarroco que describe con la sagacidad en el detalle, un cuerpo que aclama.

El eje central de la obra está montado sobre un triángulo sentimental entre Anselmo (interpretado por Pompeyo), un hombre muy adinerado que se enamora de Muñeca, mujer joven y hermosa, quién a su vez está enamorada de Enrique, que es un joven protegido de Anselmo. El entorno que los circunda es el de una clase social en decadencia que montan todo un festín ante al abandono de Muñeca y la tristeza de Anselmo, quién quiere recuperarla a todo precio.

Cuando se lo ve a Pompeyo actuar en “Muñeca” puede sentirse en una micropartícula de su ser actor que ilustra, la esencia de su mirada frente a la vida. Un posible cruce entre el arte y la vida, la vida de él y la de todos.

La obra interpela desde lo real. Como si al verla, pudiésemos ser testigos de un trozo de nuestra historia. Lo que se ha dicho y lo que se puede decir, junto con aquello que aún tarda en manifestarse con determinaciones claras, sin tanta precisión.

Se encuentra cierto correlato también con figuras como “La bella y la bestia” pero donde no sólo la bella es Muñeca y la bestia es Anselmo, sino que se trasluce cierto preciosismo en los rasgos sensibles de él como ser sufriente que adolece la pérdida de quién está enamorado y a su vez, una enorme ferocidad en las conductas de ella. Pareciera imponerse una belleza que es oscura y profunda, una monstruosidad que es superflua, inherente a todo ser humano y a algunos en particular. Aparece lo retorcido detrás de la máscara.

Anselmo hace intentos por comprar sus amistades y su amor no correspondido, ensayos para cambiar la carcasa que lo recubre, podrida, horrenda y oxidada, pero el hedor lo muerde por dentro, se le pudre la piel que desconoce. Se espanta tanto que el reflejo del espejo le devuelve su deseos de ser, lo transforma momentáneamente. Cuando es abandonado por Muñeca, nuevamente el espejo muestra su cuerpo deforme y aparece la náusea con restos del verdadero motivo del abandono: un otro también querido, Enrique su protegido. La náusea se hace tan enorme que puede ahogarlo hasta la muerte.

Mucho podemos decir sobre lo bello y lo feo, muchas interpretaciones a lo largo de la historia del arte, convenciones que se rompen, hasta que lo bello ya no importa y comienza a emerger lo real, pero a veces lo real es tan monstruoso y puramente dramático, que se hace imposible representarlo con muecas. La representación se convierte en presentación en tiempos de crisis. Algunos optan por el sinsentido, otros por lo efímero, otros por lo conceptual inalcanzable, otros sólo muestran lo superficial, algunos se quedan callados, sin palabras, pero hay quienes muestran y nos participan del grotesco que se haya presente en la sala de teatro, que se hace carne y sangra, se construye y destruye como la realidad misma y nos desnuda en un grito. Allí siento el aporte inconmensurable de una obra como “Muñeca”. Nos acerca al grito.

Un grito que no se masifica, que se hace marginal, un grito que muchas veces no es constante, un grito que implosiona por dentro y nos saca la careta de la ficción para colocarnos en el escenario de la vida, donde no nos queda otra que afrontar el espejo y la presencia, el reflejo y el ser, entendiendo que una parte de nuestra cáscara podemos comer, pero que otra seguirá unida a las entrañas, para que la pulpa esté cubierta, que no sólo cambiando el envoltorio podemos saborearnos.

Otro mundo nuevo nos espera más allá de la superficie y apariencia de las personas y las relaciones humanas. Un mundo sin miseria en el amplio sentido de la palabra. Con relaciones profundas y verdaderas. En el reino de la libertad ya no habrá clases decadentes y el concepto de lo bello hará un giro revolucionario.






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