Géneros y Sexualidades

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Mujeres en el poder: ¿llegaste, nena?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Sábado 30 de mayo de 2015 | Edición del día

Imagen: EFE.

La revista Forbes publicó la lista de las cien mujeres más poderosas e influyentes del mundo. En esa lista, donde solo hay cinco latinoamericanas, la presidenta Fernández pasó del puesto 19 al 16. El ranking se elabora en base a ocho categorías: multimillonarias (sic), política, negocios, finanzas, medios, tecnología y entretenimiento. La elección de las categorías es una pista de que no se trata de una lista de las mujeres en general o de TODAS las mujeres.

La canciller alemana Ángela Merkel es quien encabeza. La sigue en influencia, la precandidata presidencial demócrata de EE. UU., Hillary Clinton, y otras mujeres: millonarias como Melinda Gates (Fundación Bill y Melinda Gates), empresarias como la presidenta de General Motors, o funcionarias como la directora gerente del Fondo Monetario Internacional. Cristina Fernández comparte el podio latinoamericano con la presidenta de Brasil Dilma Rousseff y Michelle Bachelet, presidenta de Chile.

¿El siglo de las mujeres?

La llegada al poder de Cristina Fernández y otras presidentas en la primera década del siglo XXI fue señalada por muchos como un “cambio” alentador sobre los derechos femeninos. Las mujeres, que habían conquistado el derecho al voto hacía menos de 100 años, llegaban a los puestos más altos de las democracias capitalistas en América latina y el mundo. Pero la ilusión del “siglo de las mujeres” es constantemente opacada por la realidad que enfrenta la población femenina de un continente signado por el “femicidio” del aborto clandestino, la pobreza y la precarización.

Contrariamente al “sentido común” que dice que las mujeres estamos mejor porque hay mujeres en el poder, la presencia en puestos de alto rango solo indica que la clase dominante ha cedido una porción minoritaria, casi marginal, para sus mujeres, siempre y cuando esto sea funcional a su supervivencia. Sumado a esto, la presencia de mujeres en puestos altos de empresas y gobiernos es utilizada –irónicamente– para reforzar los mitos sobre las cualidades femeninas: inclinadas al diálogo, a lo emocional, administradoras natas y un sinfín de prejuicios machistas.

Y aunque es cierto que todas las mujeres de todas las clases sociales son discriminadas por su género, es imposible negar que la desigualdad golpea más duro a las mujeres trabajadoras, las jóvenes y las pobres. ¿O acaso alguien duda de que Cristina Fernández comparte más cosas con el gerente varón de una fábrica como Lear (por mencionar un ejemplo conocido) que con las obreras mujeres de esa planta de Pacheco o las esposas y compañeras de los obreros que trabajan allí?

Las clases dominantes se han beneficiado siempre, incluso antes de la existencia del capitalismo, del sometimiento de las mujeres, de la esclavitud doméstica y el “lugar natural” de la maternidad y el hogar. Todo eso ya existía antes del capitalismo, pero si hay una clase que se ha beneficiado de ese sometimiento es la clase capitalista, por eso se ha esmerado y se esmera en sostener, reproducir y aggiornar los prejuicios patriarcales.

El techo y el cielo

Pero las cosas no son iguales que hace cien años, las mujeres cambiaron mucho, salieron del hogar, entraron al mundo del trabajo, conquistaron derechos civiles, políticos y económicos. E incluso llegaron a los puestos más altos de las democracias capitalistas. Rompieron lo que el feminismo denomina el "techo de cristal"; de cristal porque es invisible, es decir, naturalizado.

¿Más mujeres en puestos de poder significan menos discriminación y machismo? Sí y no. Sí, porque muestra que las mujeres a lo largo de la historia con sus demandas y su lucha conquistaron lugares que antes les eran vedados. Y no, porque su presencia, minoritaria, en esos puestos solo colabora con el sostenimiento y la reproducción del orden social actual, el capitalismo, que sigue apoyándose en la desigualdad.

El ejemplo más claro y extremo de ese sostenimiento son las mujeres al frente de las guerras e invasiones de Estados Unidos. En 2011, fueron tres mujeres las que “convencieron” al presidente Barack Obama de bombardear Libia: Hillary Clinton (secretaria de Estado), Samantha Power (Consejo de Seguridad Nacional) y Susan Rice (embajadora de EEUU en la ONU). Paradójico, ¿no? Su llegada a los puestos más altos habla del avance de las mujeres, pero su rol es un sostén directo del imperialismo estadounidense, en su expresión más bárbara: la guerra.

En un contexto diferente, por casa se puede decir algo similar, aunque no tengamos guerras. La llegada de Cristina Fernández al poder expresó, de alguna forma, los avances de las luchas de las mujeres en Argentina y Latinoamérica. Sin embargo, no hubo un solo día de su gobierno que no estuviera al servicio de reproducir un orden social que no tiene nada para ofrecer a las mujeres, al menos a su mayoría. La precarización laboral, que afecta especialmente a las mujeres, el trabajo no registrado o las 3 mil muertas por abortos clandestinos durante la década kirchnerista son muestra de ello.

El mundo ha cambiado: las mujeres lideran países, se ampliaron muchos derechos (aunque están limitados a algunas mujeres en algunos lugares), y sin embargo, crece la violencia machista, se mantiene la imposibilidad de millones de mujeres de disponer libremente de su cuerpo, persiste la diferencia salarial, y las mujeres siguen estando sobrerrepresentadas entre los más pobres.

Esta dualidad explica el fracaso de la prédica de la inclusión e igualdad de oportunidades para acceder a los lugares de poder (feminismo de la igualdad), pero al mismo tiempo, la impotencia de quienes respondieron con salidas individuales, y redujeron el "campo de batalla" al propio cuerpo (feminismo de la diferencia). Ambas corrientes, a su modo, abandonaron la perspectiva radical de cuestionar el matrimonio por conveniencia de patriarcado y capitalismo.

Entonces, si romper el "techo de cristal" no ha garantizado el fin del sometimiento para la mayoría de las mujeres, ¿nos interesa romperlo? Sí, porque ese techo es lo que condena a la mayoría a la pobreza, la desigualdad y la violencia, y es lo que nos separa de nuestro verdadero objetivo: tomar el cielo por asalto y terminar con todas las opresiones.







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