Política

DESIDIA PATRONAL

Muertes obreras: guerra patronal contra los cuerpos de los trabajadores

El lugar de trabajo constituye el campo de batalla, en una guerra asimétrica que libran los patrones contra los trabajadores.

Leonardo Carracedo

CeProDH | Zona Norte

Sábado 10 de diciembre de 2016 | Edición del día

Las muertes por accidentes y enfermedades laborales son la expresión más extrema y aguda de las consecuencias del proceso de producción capitalista en el cuerpo de los trabajadores asalariados, pero no son su única manifestación; del mismo modo, los femicidios son la expresión más brutal y descarnada de una sociedad patriarcal impregnada de machismo, pero no agotan las múltiples expresiones de la violencia de género.

En el mercado de trabajo el trabajador vende su fuerza de trabajo al poseedor de dinero, pero al ingresar a su lugar de trabajo, su situación y condición cambia drásticamente.

“El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor. El consumo de la fuerza de trabajo, al igual que el de cualquier otra mercancía, se efectúa fuera del mercado o de la esfera de circulación… Abandonamos, por tanto, esa ruidosa esfera instalada en la superficie y accesible a todos los ojos, para dirigirnos, junto al poseedor de dinero y al poseedor de fuerza de trabajo, siguiéndoles los pasos, hacia la oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: No admittance except on business (Prohibida la entrada salvo por negocios). Veremos aquí no sólo cómo el capital produce, sino también como se produce el capital.” (Capítulo IV, El Capital)

Una vez que se cierra el contrato de trabajo, “…el otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente, sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa: que se lo curtan.”.

Cuerpos obreros curtidos, dice Carlos Marx; “rotos” dicen los propios trabajadores; “siniestrados”, dice la ley, de modo impersonal, aséptico, eufemísticamente.

¿Por qué se rompen los obreros?

El objetivo directo del capitalista no es el de dañar la fuerza de trabajo, sino el de extraer plusvalía, succionar la mayor cantidad de trabajo impago.

El daño físico y psíquico del obrero es un daño colateral, una consecuencia no deseada directamente por el capitalista, pero que resulta inescindible del trabajo que éste requiere a aquél y de las condiciones de trabajo que le impone.

La previsibilidad de las lesiones y muertes obreras es evidente, para cualquiera con un mínimo de sentido común, y es sólo una razón cultural y principalmente política (a saber, la clase predestinada socialmente a sufrir el poder punitivo del estado) la que dificulta la tipificación de la conducta patronal dentro de las figuras de lesiones y homicidio culposas, cuando no lisa y llanamente dolosas.

En la edad media, las hambrunas generalizadas se podían explicar por el aislamiento de los pueblos o ciudades, por condiciones técnicas, por desastres naturales, en fin, por el bajo desarrollo de las fuerzas productivas; por el contrario, la persistencia del hambre y la inanición en la edad moderna se dan en el marco de la sobreproducción y como consecuencia directa del régimen capitalista que rige globalmente.

Lo mismo cabe afirmar respecto a las enfermedades y accidentes laborales: no son consustanciales al proceso social de producción (con el alto desarrollo de las fuerzas productivas existentes en la actualidad), sino con la forma capitalista que adopta dicho proceso.

¿Guerra o masacre?

El abogado laboralista Julián De Diego ha expresado con claridad la magnitud y entidad de la cuestión a la que nos referimos: “En este momento hay más de 1.000.000 de trabajadores con jubilación por invalidez, alrededor de setecientos mil u ochocientos mil fueron ingresados en los últimos años, y es un porcentaje de invalidez que es propio de un país que ha tenido una guerra….” (Julián D. Diego, El Cronista TV, 28/11/16).

La jubilación por invalidez sólo se les otorga a los trabajadores con un porcentaje de incapacidad igual o superior al 66%, por lo que si incluimos a aquéllos con una incapacidad menor, podemos tener una noción del ejército de inválidos que produce el capitalismo.

En la estadística y en la realidad, es exclusivamente una clase social la que padece las invalideces, la clase trabajadora; mientras que otra clase social es la que las produce, la de los capitalistas.

La asimetría de los bandos contendientes nos permite calificar más adecuadamente la situación, no como una guerra, sino como una masacre de clase.

El terreno de ese crimen es el lugar de trabajo, la “oculta sede de producción” (C. Marx), allí donde el capitalista controla y dirige al trabajador, normalmente de modo indirecto, a través de representantes suyos (el capataz, el supervisor, el líder, etc.), sin exponerse nunca a los riesgos del proceso productivo.

A un año de Gobierno de Cambiemos. Continuidades con el Kirchnerismo

La ley de riesgos del trabajo (24.557) y el funcionamiento de las ART es el marco legal e institucional bajo el que sucedió y sigue sucediendo esta masacre de clase. La creación del sistema data del año 95, en pleno apogeo del menemato, y su desarrollo se verificó durante el gobierno de la Alianza, atravesó el convulsivo período post. 2001, y se extendió durante todo el gobierno Kirchnerista.

Bien lejos de las intenciones del gobierno nacional y popular estuvo la de modificar un sistema que ya se hallaba seriamente impugnado incluso por la propia Corte Suprema de la Nación, sino que por el contrario, recauchutó, ratificó y consolidó el sistema mediante el dictado de la ley 26.773, denominada “ley de Mendiguren”, en honor a uno de sus más fervientes impulsores, el entonces titular de la UIA. ¿Cui prodest? (¿Quién se beneficia?).

Actualmente, se encuentra en ciernes una nueva “reforma” del régimen de la Ley de Riesgos del Trabajo, que no sólo ratifica el régimen de las ART, sino que empeora la situación de los trabajadores y dificulta su acceso a la justicia, bajo pretexto de que el aumento de la litigiosidad (o sea, la mayor cantidad de juicios por enfermedades y accidentes) no se corresponde con la supuesta reducción de la siniestralidad verificada.

De la prevención, ni hablar. Rara argumentación la de la patronal y sus secuaces: afirman que los trabajadores quieren poner alto precio a su sangre, cuando por el contrario, el interés profundo de los obreros radica en la necesidad urgente e imperiosa de poner fin al derramamiento de sangre, alquímicamente transformado en oro burgués.

Quién cuida la salud de los trabajadores

Las patronales no son parte de la solución al problema obrero, sino por el contrario, parte del problema, por no decir “el problema mismo”. Ellas dominan al interior de los lugares de trabajo, y cuentan para ello con el inestimable apoyo de la burocracia sindical. Dominan el aparato del estado, cuentan con sus partidos políticos (Cambiemos, el Peronismo en sus diversas variantes) que les garantizan en la Legislatura la adecuación de las leyes a su conveniencia. La “nueva” reforma de la Ley de Riesgos del Trabajo, en efecto, es un proyecto enviado por el Poder Ejecutivo de Cambiemos, y fue aprobada en el Senado con el apoyo del Frente Para la Victoria y de la CGT unificada. No es de descartar en absoluto que la reforma ya cuente con el visto bueno de la “nueva” Corte de Justicia, con dos de sus cinco miembros ingresados por la suprema puerta (tras haber fracasado su intento de ingresar por la ventana).

El poder de las clases poseedoras se halla en razón inversa a su cantidad y en razón directa a la magnitud de sus capitales (cada vez menos individuos poseen mayor riqueza).

Según las estadísticas de la SRT, las filas del proletariado bajo el régimen de las ART ascienden casi a los 10 millones, pero no podemos hablar hoy, en términos de combate, de un ejército obrero de igual magnitud: la pasividad que impone la burocracia sindical, el veneno de la conciliación de clases propagado en la argentina históricamente por el peronismo aunque también por otras variantes reformistas, ha inoculado entre los trabajadores la falsa idea de la justicia social, de la posibilidad utópica de alcanzar condiciones de trabajo dignas en el marco de un acuerdo equitativo con los patrones dentro del régimen del capital, bajo la tutela del estado, sin la necesidad de eliminar el régimen de trabajo asalariado.

La falta de consciencia de clase hace que esa inmensa masa de trabajadores sea carne de cañón del capital, mera mercancía, “mano de obra”; le impide a la clase trabajadora auto-percibirse como sujeto y asumir la lucha en la que está inmersa.

Pero la potencia de la clase trabajadora es inmensa, y es ella quien tiene la responsabilidad de romper sus cadenas. El movimiento profundo que expresaron los 20 mil obreros, jóvenes y mujeres que llenaron la cancha de Atlanta, hicieron sonar las cadenas, evidenciaron tener conciencia de sus ataduras, y una mayor ansia aún por romperlas. La formación del partido de los trabajadores es la herramienta necesaria, estratégica, y la perspectiva socialista, la única real.






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