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VIENTOS DE CAMBIO

Movilización popular, crisis política y capitalismo en Europa del Este (parte I)

La crisis política en curso en Macedonia, en donde miles de personas desfilaron en las calles exigiendo la renuncia del gobierno, podría sorprender por tratarse de un país que no nos tiene acostumbrados a grandes movilizaciones populares en los últimos años. Pero la realidad es que ésta se suma a una serie de crisis políticas y sociales que atraviesa la región desde por lo menos el comienzo de la crisis económica mundial. ¿Esta inestabilidad social y política que comienza a preocupar en las capitales occidentales estaría marcando el fin de un periodo de parálisis de las clases populares de la región?

Sábado 30 de mayo de 2015 | Edición del día

Foto: Hispan TV

En efecto, en los últimos años ya pudimos observar crisis y movilizaciones en distintos países como Eslovenia, Bulgaria, Rumania, Ucrania, Bosnia-Herzegovina y Moldavia. En Hungría, Croacia, Montenegro y Albania también se registraron movilizaciones populares pero de menor alcance.

Efectivamente, estos movimientos y crisis tuvieron distintos grados de profundidad e intensidad. En algunos casos lograron derribar gobiernos locales y/o nacionales; en otros casos no fueron suficientemente fuertes como para hacerlo. Al mismo tiempo, deberíamos señalar que la crisis en Ucrania, si bien hace parte de esta serie de conflictos en la región, representa un caso aparte por su gravedad, implicaciones y consecuencias geopolíticas.

En todos estos ejemplos vimos dinámicas similares reproducirse. Si bien el descontento popular podía desatarse a raíz de cuestiones puntuales (aumento de las tarifas de servicios públicos, fuerte represión, escándalos de corrupción, sospechas de fraudes electorales, etc.) muy rápidamente el cuestionamiento de la “élite” política se transformaba en uno de los principales ejes de lucha, o incluso el principal.

Más allá de los límites reales de estos movimientos, lo primero que habría que resaltar es que las masas de esta región están tomando poco a poco la “costumbre” de la acción directa, de la lucha en las calles contra gobiernos corruptos y represores. No se puede negar que esto sea en gran medida el resultado de cierto efecto de contagio de las movilizaciones populares contra los ataques de los capitalistas en crisis que se desataron tanto en los países del sur de Europa como en el norte de África.

Este elemento les da un carácter distinto a lo que fueron las llamadas “revoluciones de colores” que eran fomentadas por ONGs y fundaciones imperialistas con el fin de instalar gobiernos títeres favorables a las potencias Occidentales. Evidentemente, esto no significa que los imperialistas a través de sus instituciones internacionales, fundaciones y aliados políticos y de la “sociedad civil” locales no intenten canalizar y desviar el descontento popular hacia sus propios objetivos geopolíticos y económicos en la región (en este punto el ejemplo ucraniano es emblemático).

En todo caso, esta nueva tendencia a la movilización de las masas en Europa del Este parece expresar un comienzo de cambio en la predisposición de lucha de las masas, sobre todo si consideramos la gran desmoralización y pérdida de confianza en la fuerza colectiva de la clase obrera en movimiento que se expandió en la región a lo largo de los años 90 y principios de los años 2000. Está claro que el legado del periodo estalinista y del proceso de restauración capitalista, que significó un profundo retroceso social, cultural y económico para las clases populares, aún pesa. Es lo que los límites objetivos y subjetivos de las movilizaciones actuales sugieren. Pero también es importante tener en cuenta lo que el cambio que se está produciendo plantea en cuanto a posibilidades para la clase obrera y los oprimidos de la región.

Restauración capitalista y democracia burguesa en descomposición

Esta nueva situación de agitación social, a la que los dirigentes de las potencias occidentales deben adaptarse, contrasta con el periodo anterior de triunfalismo burgués, en el que el imperialismo utilizó la restauración capitalista en el ex “bloque soviético” como uno de los elementos centrales de su propaganda. La restauración capitalista en Europa del Este representó en efecto una de las mayores victorias del capitalismo en el siglo XX, cuyas consecuencias tienen todavía un peso considerable sobre las masas.

En los países del “ex bloque socialista”, o lo que podríamos llamar más correctamente ex Estados obreros burocratizados, la reintroducción del capitalismo implicó une profunda degradación de las condiciones de vida de las clases populares; privatizaciones (mafiosas o no) que produjeron como consecuencia cierres de empresas y despidos masivos. En países como la ex Yugoslavia este proceso desató además los conflictos armados más sangrientos en el continente europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Este proceso de restauración capitalista se dio paralelamente a la instauración de regímenes de democracia burguesa. Esto también fue un elemento importante de la propaganda política del imperialismo ya que se afirmaba una correspondencia entre capitalismo (neoliberal) y la “democracia”. Al mismo, tiempo el comunismo y cualquier otro régimen que no fuese la democracia burguesa era (y es aun) asimilado al totalitarismo, a la dictadura.

Pero estos regímenes de democracia burguesa que se extendieron en los ex Estados obreros burocratizados (así como a otras regiones del mundo) eran de una calidad pésima, incluso desde un punto de vista burgués. El carácter degradado y descompuesto de esta “democracia” se podía constatar no solo en la corrupción endémica y el clientelismo sino en la calidad misma de sus instituciones.

Lo que se suele llamar “Estado de derecho” es completamente débil en estos países. No solo los trabajadores sino las masas en general no pueden confiar en las instituciones del Estado (justicia, parlamento) que están completamente enfeudadas a gobiernos y a oligarcas.

La complicidad que existe entre por ejemplo la Justicia y las grandes fortunas locales y empresas multinacionales se presenta de forma completamente abierta, sin ningún escrúpulo. Así, frente a las repetidas violaciones a las ya débiles leyes laborales por parte de las patronales nacionales y extranjeras, los trabajadores saben que es prácticamente inútil recurrir a la justicia.

Otro ejemplo de este vínculo directo entre la burguesía y el Estado se refleja en los multiples casos en que magnates de tal o cual sector de la industria son al mismo tiempo diputados o ministros, a nivel local o nacional (para tomar otro ejemplo ucraniano, el presidente del país, Petro Poroshenko, dirige un gran grupo chocolatero). Es decir, la burguesía local, que proviene esencialmente del viejo aparato burocrático estalinista, ejerce en muchos casos ella misma el poder político.

A todo esto habría que sumarle el control total de los grandes medios de comunicación por grupos oligárquicos ligados directamente al gobierno y/o al imperialismo… sin mencionar los casos de represión directa a periodistas opositores o simplemente críticos de las autoridades.

Esta situación representa un problema incluso para la burguesía misma ya que la corrupción endémica y la ausencia de la más mínima independencia, aunque sea de forma, entre las instituciones del Estado, los gobiernos y las clases dominantes locales crea las bases para posibles crisis de legitimidad del Estado. Algo que puede desarrollarse no solo entre los trabajadores sino también entre las clases medias, incluso en sus capas más privilegiadas. No es casualidad que ONGs, fundaciones y dirigentes imperialistas insistan tanto sobre la importancia de reforzar el “Estado de derecho” y la lucha contra la corrupción en estos países.

Crisis económica mundial y crisis del discurso triunfalista burgués

La crisis económica que estalló en 2007-2008 es una crisis histórica del capitalismo. Ésta afecta a países imperialistas centrales como Estados Unidos y varias potencias de la Unión Europea, aunque son los imperialismos periféricos que más han sido golpeados como Grecia, el Estado Español, Portugal, Irlanda. Los países semi-coloniales de la periferia de la UE también han sido fuertemente golpeados por la crisis.

Ante los ataques de los capitalistas a través de sus planes de austeridad, la crisis económica se transformó rápidamente en crisis social y política en varios países. En algunos casos, como en Grecia y el Estado Español, la crisis económica se transformó en crisis del régimen político.

Esto es también el caso de varios países árabes del norte de África en donde el proceso revolucionario nacido en Túnez provocó la caída de dictadores que se encontraban en el poder desde hacía varias décadas: Ben Ali en Túnez, Gadafi en Libia, Mubarak en Egipto. Si bien estos retrocesos conocieron importantes retrocesos aún siguen abiertos.

Estas luchas y crisis son sin ninguna duda un golpe duro para el discurso triunfalista de la burguesía a nivel mundial. No olvidemos que en los años 90 el imperialismo llegó a hablar de “fin de la historia” y a plantear que “no había alternativa” a la democracia burguesa y al capitalismo.

La crisis en la UE y en las “viejas democracias” es un elemento suplementario de esta crisis. Los inmensos sufrimientos que los “socios europeos” le imponen a las masas de Grecia y otros países de la UE, sumado a un giro cada vez más bonapartista y liberticida del conjunto de los regímenes políticos del continente, le quita atractivo a la “perspectiva europea” para los pueblos de muchos de los países del patio trasero europeo.

Es en este marco que comenzaron a desarrollarse varias movilizaciones masivas y luchas populares en distintos países de Europa del Este en los últimos años. En ninguno de estas revueltas la demanda de “integración europea” fue un eje central. Incluso en Ucrania, en donde esta reivindicación fue central en un principio rápidamente fue relegada y la denuncia del gobierno corrupto y represivo de Viktor Yanukovich tomó su lugar (en todo caso antes de que un gobierno pro-imperialista se instalase en Kiev y que el conflicto tome más bien la forma de una guerra civil).

Si bien el rechazo de la casta política es algo que se repite cada vez más en distintas partes del planeta y que se acelera al calor de la crisis, en el caso de los países de Europa del Este una particularidad debería ser destacada. En efecto, dada la forma en que la mayoría de los regímenes políticos se constituyeron a lo largo de los últimos 25 años en estos países (es decir, como regímenes de “contrarrevolución democrática” y restauracionistas), el cuestionamiento de partidos políticos y gobiernos está íntimamente ligado a todo el proceso de restauración capitalista. Dicho de otra forma, en estos países difícilmente se puede cuestionar a la casta política en el poder desde el principio de los años 90 sin cuestionar a las privatizaciones, los cierres de empresas, los despidos, la destrucción de los servicios públicos, la perdida de conquistas sociales, la profunda degradación de las condiciones de vida de la población en general y en particular la de las clases populares.

Esto no significa evidentemente que las movilizaciones populares en los ex Estados obreros burocratizados de Europa del Este lleven mecánicamente a un cuestionamiento del capitalismo. Sin embargo, hay una tendencia a establecer muy rápidamente el vínculo entre las cuestiones del régimen político y las cuestiones de orden económico, casi como si se tratara de una misma cuestión.

Así, en las movilizaciones que se dieron estos años se pudo constatar que junto a la exigencia de la renuncia de tal o cual gobierno se hablaba también de revisión de las privatizaciones que se llevaron a cabo en las últimas décadas. En el caso de Bulgaria en 2013 por ejemplo, los manifestantes ante el aumento de las facturas de electricidad exigían la renacionalización de las empresas de electricidad e incluso del conjunto de las privatizaciones llevadas a cabo desde hace 25 años. Durante la explosión social en Bosnia-Herzegovina en febrero de 2014 se llegó a hablar de nacionalización bajo control obrero de ciertas fábricas junto con otras reivindicaciones obreras.







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