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Moción de censura a Rajoy y los desafíos de la izquierda y los trabajadores

Mientras las distintas "camarillas" del Régimen del 78 se pelean por su autopreservación, qué desafíos tienen planteados la izquierda y los trabajadores.

Santiago Lupe

Barcelona | @SantiagoLupeBCN

Miércoles 30 de mayo | Edición del día

Foto: EFE / Ballesteros

Decir que el Régimen del 78 está viviendo una profunda crisis orgánica no es ninguna novedad. Ahora bien, lo que viene sucediendo en la última semana, más allá de cual sea su resultado inmediato, saca a la luz cual de profunda es ésta: partidos y poderes del Estado que pelean como auténticas camarillas por diferentes salidas que nada tienen que ofrecer a la clase trabajadora y los pueblos del Estado español.

La crisis de representación y el “sálvese quien pueda”

La crisis de representación que abrió el 15M dejó un nuevo sistema de partidos. La emergencia electoral de las nuevas formaciones se ha produjo con fuerza pero a medias, incapaces de sustituir por sí solas a lo viejo y contribuyéndo así a una mayor fragmentación política.

Ciudadanos nació ya envejecido, un remiendo reaccionario a un régimen en crisis. Podemos se ha integrado a una velocidad de crucero en el régimen que antes impugnaba. El hundimiento del PP y el PSOE no ha tenido por lo tanto recambios ilusionantes capaces de generar la legitimidad y el “consenso” perdido con la irrupción de la crisis capitalista.

El nuevo marco a cuatro no ha supuesto la disminución de la distancia entre los representantes políticos y sus representados, más bien ésta sigue creciendo. Fruto de ello las diferentes salidas burguesas a la crisis del Régimen del 78 parten de una premisa tan básica como el “sálvese quien pueda”.

El revolucionario italiano Antonio Gramsci, de quienes tomamos la categoría de crisis orgánica, consideraba que este tipo de crisis devenía en “una crisis del Estado y de las formas de organización política ideológica y cultural de la clase dirigente. El aspecto más visible es la crisis de los partidos y las coaliciones gubernamentales”.

Las dificultades de la burguesía para poder “construir una orientación política permanente y de largo alcance” se evidenciaban, entre otros aspectos, en la multiplicación de partidos, las dificultades para formar una mayoría permanente entre tales partidos y en la pérdida de la capacidad de liderazgo de los partidos tradicionales.

Un análisis realizado desde las cárceles de Mussolini, pero que bien podría haberse escrito desde la Carrera de San Jerónimo en estos días. Los partidos del Régimen del 78, y otros poderes del Estado, vienen actuando cada vez más como camarillas que piensan ante todo en su propia autopreservación. Todos tienen la receta única e infalible, que parte en primer lugar de encontrase un sitio en los botes salvavidas.

La sentencia Gürtel, el Partido Judicial y la moción de censura para salvar al PSOE

El PP entró en barrena con la sentencia de la Gürtell. Su proyecto de una restauración por él encabezada y basada en una recuperación económica que no llega a las masas y la ofensiva españolista sobre Catalunya, ha fracasado. La mejor prueba es que muchas “ratas” están poniéndose los chalecos naranjas.

Este golpe al gobierno Rajoy evidenció la entrada en el juego de instituciones centrales del Estado. El Poder Judicial, o Partido Judicial para ser más precisos, apostó primero por su autopreservación como casta. Al desgaste sufrido por la ofensiva represiva o sentencias como la de la “manada”, no podían sumar una actitud indulgente con el principal caso de corrupción. Pero además, la sentencia incluía una apuesta política: favorecer el ascenso de una nueva derecha, con idéntica agenda neoliberal y de restauración autoritaria y centralizadora del régimen, que lograra una mayor legitimidad para, más temprano que tarde, poder seguir con la hoja de ruta que marcan desde Zarzuela y la Troika.

A Ciudadanos la sentencia les vino al dedo. El apoyo al gobierno de Rajoy ya no iba a ser tan necesario -habían aprobado junto con el PNV los Presupuestos un día antes- y podían esperar sentados a un desgaste acelerado del PP que conduciría a las siguientes elecciones -ordinarias o anticipadas- para lograr su particular sorpaso de la derecha y su llegada a la Moncloa.

Sin embargo, el PSOE tenía su propia receta: una restauración del régimen, de contenido igual que la apuesta del Partido Judicial o de Ciudadanos, pero con ellos en el centro y no disputándose el cargo de jefe de la oposición con Podemos. Un gobierno presidido por Sánchez, apoyado desde el Parlamente por un Unidos Podemos dispuesto a entregar un “cheque en blanco” al “mal menor” y una difícil combinación variable que iba desde Ciudadanos a los nacionalistas catalanes y vascos. Este es el contenido, abierto e incierto, de la moción de censura que empezará a discutirse mañana.

Si la cosa no le sale, la opción de ir a una inmediata convocatoria electoral, que también Unidos Podemos respaldaría, podría abrirse camino y con ella la alfombra roja para Ciudadanos. La mejor opción, por otro lado, para la banca y los grandes medios de comunicación, como El Pais, que la vienen agitando. Tampoco podemos descartar “jugadas” de última hora, como una dimisión de Rajoy a lo Cifuentes para dar paso a algún delfín por ahora desconocido.

En todo este mapeo falta una pieza clave, el Rey. Felipe VI hasta ahora ha encabezado el golpe del 155. Una operación que unía a todos los agentes ya mencionados. Hoy, aunque nadie duda de que sigue “trabajando” en las sombras, la Corona no se moja. Renuncia por el momento a intervenir públicamente. De hacerlo tal vez pondría “orden”, como hizo el 3 de octubre. Pero “casarse” con una de las apuestas es jugársela demasiado para un Rey. Felipe VI y la Zarzuela, como el resto de camarillas, piensa también en la autopreservación, en este caso de una dinastía de más de 300 años.

La derecha vasca y catalana a la “espera” de si alguien los suma a la ecuación de restauración

A los desacuerdos entre los grandes agentes del régimen se vienen a sumar los de los pequeños: la derecha nacionalista vasca y catalana. Sí, “los de toda la vida”, aunque con algunos lleven tiempo sin hablarse.

Por un lado el PNV, que acaba de apoyar los Presupuestos a pesar del mantenimiento del 155. Además de defender el paquete especial de inversiones prometidas para el País Vasco, no quiere “aventuras” que puedan acabar con una llegada de Rivera a la Moncloa y se cuestione el Pacto Fiscal vasco. Son por ahora los más “indecisos” y “decisivos” de todos.

Por el otro el PDeCAT, dividido en dos alas con posiciones aparentemente enfrentadas. La apuesta en ambos casos es, como ERC, la vuelta a la normalidad autonómica. Pero el camino para ello está lleno de dificultades que unos quieren encarar con más gestos y discursos, y otros en la más abierta claudicación. De Pedro Sánchez esperan que les abra algo la mano. Nada seguro, pues el aliento en la nuca de Ciudadanos ha convertido al PSOE en el gran defensor del 155. La decisión de Torra de renunciar a nombrar consellers encarcelados o exiliados es todo un guiño a Sánchez para que haga algún gesto que les facilite apoyarlo, pero la negociación sigue abierta.

Las negociaciones de Sánchez con vascos y catalanes tienen el mayor trasfondo de todos estos movimientos de palacio. No solo porque de ellos depende que la moción salga adelante o no, sino porque el debate es si se contará con ellos o no para una restauración del régimen -retorno del hijo pródigo en el caso catalán- o si va a primar una línea de mayor exclusión como la que han sostenido el PP y Ciudadanos hasta ahora.

Podemos se erige como el “campeón” de la gobernabilidad y la vuelta al orden

La mayor novedad de toda esta trama la está protagonizando la izquierda reformista. Desde el minuto cero Podemos e Izquierda Unida se alinearon incondicionalmente con la “hoja de ruta” del PSOE. Desde la lógica del “mal menor” lo mismo valía si el resultado era un “gobierno del cambio”, otro de un año que permitiera recuperar músculo al PSOE o un acuerdo con Ciudadanos de elecciones anticipadas.

Aún así, sus preferencias no han sido ocultadas: en caso de lograr aprobar la moción, el PSOE debería formar un gobierno integrador con ellos en el gabinete. ¿El programa? Ni una palabra. Si este gobierno mantiene la política de represión y persecución contra Catalunya debe ser algo secundario para Iglesias.
Pero ni si quiera esta propuesta se ha planteado como condición. Al extremo que si fracasa la moción de Sánchez, Iglesias ha anunciado que ellos presentarán otra con el objetivo de convocar elecciones. Es decir, le tomarán el guante a Ciudadanos en caso de que el PSOE no llegue finalmente a este acuerdo.

La bancarrota de la nueva izquierda reformista no puede ser mayor. De la impugnación del Régimen del 78 pasaron a su integración desde la gestión “noposible” (del “sí” al “no” se puede) de los ayuntamientos y su “dejar hacer” ante la represión en Catalunya. Ahora dan un paso más y quieren aparecer en el centro de una restauración con rostro progre del régimen heredero de la Dictadura.

Pareciera que quisieran emular a su admirado Santiago Carrillo, quien después de haber aceptado la Corona, la impunidad del Franquismo y la Constitución del 78, se desgañitaba en el Parlamento exigiendo un gobierno de concentración, con el PCE incluido, ante la crisis del gobierno Suárez que hacía peligrar la Transición.

Hace falta una izquierda de los trabajadores para acabar con el Régimen del 78

Volviendo de nuevo a la categoría de crisis orgánica de Gramsci, en el Estado español podemos tomarla como una situación abierta por las consecuencias sociales y políticas de la crisis capitalista que ha golpeado brutalmente a las masas en la última década. El principal elemento que se ha desarrollado ha sido la crisis de representación, combinado con diferentes fisuras interburguesas -entre las que destacan el divorcio con los representantes históricos de la burguesía catalana o la creciente autonomización del Partido Judicial- y grandes movimientos democráticos como el catalán.

Sin embargo el principal límite sigue siendo que su desarrollo se mantiene muy encorsetado por arriba. El rol de las direcciones sindicales y el nuevo reformismo ha contribuido decisivamente a que no prime la lucha de clases y la radicalización política. Cuando estos elementos han hecho acto de presencia, como en el ciclo de luchas 2011-2014 o recientemente en el otoño catalán, diferentes direcciones operan de manera activa para desactivar una posible salida a dicha crisis desde la clase trabajadora y los sectores populares.

La apuesta hoy de estos agentes, desde Podemos a la dirección procesista catalana, por favorecer alguna restauración del régimen por arriba, busca la consumación de este rol. Contra esta criminal política, que nos conduce a un nuevo “consenso” que solo servirá para seguir pasando los planes de ajuste y reafirmar los rasgos más reaccionarios del Régimen del 78, es imprescindible construir una izquierda de los trabajadores.

La clase obrera y los sectores populares no estamos invitados a las negociaciones y componendas de palacio, el “no nos representan” está más vigente que nunca. Todas las salidas encima de la mesa son contrarias a poder ofrecer una solución a la grave crisis social, la precariedad o las demandas democráticas aplastadas como el derecho de autodeterminación. Ante todas ellas es hora de poner en pie una izquierda que quiera pelear por que la clase obrera tenga su propia voz, entre en escena e impugne este Régimen.

Es hora de retomar la lucha por imponer, por medio de una gran movilización social desde los centros de trabajo y estudio, procesos constituyentes donde poder realmente discutir un programa para hacer pagar la crisis a los capitalistas, acabar con la Corona, la casta política y judicial, la represión y conquistar los derechos democráticos de todas las naciones del Estado español. Frente a la izquierda de lo “posible”, hace falta otra izquierda que se proponga acabar con los gobiernos de los capitalistas y la Monarquía, y pelee por repúblicas de las y los trabajadores libremente federadas.







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