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Mitos sobre la juventud trabajadora

¿Cómo es el proceso de inserción laboral de los jóvenes en la Argentina actual? En este artículo sometemos a discusión una serie de “mitos” que rodean a los jóvenes y su entrada al mundo del trabajo. ¿Es el “origen social” de los jóvenes lo que condiciona las diferentes trayectorias laborales?

Martes 16 de enero | Edición del día

Tal como lo indican numerosos estudios en los últimos tiempos, los jóvenes se sitúan entre los sectores más castigados por la inestabilidad de sus trayectorias laborales o por los recurrentes períodos de desempleo a los que se encuentran sometidos. Según un estudio realizado por Adecco (consultora privada), en Argentina se registró un 24,6% de desempleo entre los jóvenes menores de 25 años (incluso ese porcentaje llega al 30,3% entre las mujeres), cifra que supera al 16% que promedian los países de nuestra región.

Frente a estos datos, diversos analistas han formulado algunas posibles líneas interpretativas, según las cuales los procesos de inserción laboral de los jóvenes pueden ser explicados a través de tres factores principales: en primer lugar, las competencias educativas que poseen a la hora de buscar empleo; en segundo lugar, las experiencias laborales previas; y en tercer lugar, el género. Sin embargo, gran parte de estos estudios relativizan uno de los elementos fundamentales para comprender profundamente la raíz sobre la que se cimenta la relación entre los jóvenes y el mundo del trabajo: el origen social de los mismos.

Afirmaciones del estilo “los jóvenes de hoy prefieren pasar por varios trabajos para ganar experiencia” o “los jóvenes prefieren retrasar su entrada al mercado laboral para luego obtener un mejor empleo” no hace más que invisibilizar las desigualdades con la que jóvenes de diferentes estratos sociales se enfrentan en el mercado laboral. Más bien estas afirmaciones actúan como sentidos comunes que generan una convencionalidad colectiva, verdades naturalizadas, que incluso los mismos jóvenes asumen como dadas e imposibles de ser transformadas.

A continuación analizaremos una serie de “mitos” que giran en torno a problemáticas centrales de los estudios laborales sobre jóvenes: los empleos a los que acceden, los recurrentes períodos de desocupación que atraviesan y la configuración de sus trayectorias laborales. Para ello, nos apoyaremos en los estudios realizados por especialistas del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL) dependiente del CONICET, publicados en 2013 (1) y 2015 (2). Ambos estudios se acotan a un universo muestral de jóvenes de entre 18 y 24 años de edad, de Gran Buenos Aires, en el período 2003-2010.

Mito 1: La alta rotación laboral de los jóvenes responde a una elección voluntaria

Desde ciertas perspectivas se piensa que la precariedad o inestabilidad de las condiciones de empleo de los jóvenes se debe al hecho de que priorizan experimentar, voluntariamente, diversos puestos de trabajo en la búsqueda de aquel que más se acerque a sus gustos o a su formación. De esa forma, los jóvenes son más propensos a cambiar “libremente” de empleo en comparación con los trabajadores adultos. Esto se debe, también, a que al ser sus primeras experiencias laborales no conocen la naturaleza de los puestos de trabajo ni tampoco la afinidad que puedan tener con ellos, con lo cual estarían dispuestos a circular por varios trabajos hasta “encontrar su lugar”.

Este mito es falso. Sólo los jóvenes de sectores medios y altos tendrían posibilidades de experimentar y postergar las responsabilidades vinculadas a la vida adulta, esto es, disfrutar de cierta “moratoria social” (etapa en la cual demoran –mientras estudian, se forman y experimentan– su entrada al mundo adulto). Por supuesto, esta moratoria no está al alcance de todos y son justamente los jóvenes de los sectores populares quienes con mayor regularidad suelen ingresar precozmente al mundo del trabajo y contraer obligaciones familiares a menor edad.

En realidad podría pensarse que la mayor rotación laboral de los jóvenes no responde a decisiones voluntarias sino más bien a estrategias de gestión de recursos humanos de las empresas y en menor medida, a diferencias con los trabajadores adultos. Los costos de rotación de trabajadores adultos es mucho más alto para las empresas (quienes ya tienen experiencia y en los cuales la empresa “ha invertido” en su formación). En cambio, un trabajador recién ingresado, con escasa experiencia y baja calificación, es más propenso a ser despedido, ya que los costos de contratación (que incluyen la búsqueda, selección y entrenamiento de los nuevos trabajadores) y los costos de despido (indemnizaciones), son mucho más bajos.

Pero en este mito, subyace otro sentido común: que los jóvenes de clases medias y altas, por su posición más privilegiada, podrían tener una mayor rotación laboral, dadas sus ventajas comparativas. Al no tener hijos o tener una familia que puede sostenerlos económicamente, pueden entrar y salir del mercado de trabajo o saltar de un trabajo a otro con mayor frecuencia. Sin embargo, esto tampoco es así. En los segmentos más altos de la estructura social hay una menor rotación (o mayor estabilidad en el empleo) respecto de los jóvenes de sectores medios y bajos. En realidad quienes más rotan son aquellos que provienen de familias con menores ingresos económicos.

En definitiva, efectivamente la rotación laboral de los jóvenes es significativamente superior a la de otros segmentos etarios, sin embargo, ello no se debe taxativamente a un proceso voluntario.

Mito 2: La combinación de trabajo y estudio se relaciona con la escasez de ingresos familiares

Muchas veces sucede que el deterioro de los ingresos en el hogar, ya sea producto de los bajos salarios o del desempleo de uno o más miembros de la familia, obliga a adelantar la salida del joven al mercado de trabajo, abandonando su formación o bien llevando adelante las tareas de trabajar y estudiar. El hecho de que los jóvenes trabajen y estudien simultáneamente no se debe únicamente a dificultades económicas: también puede ser una forma de enriquecer la formación educativa con la experiencia laboral. Esto varía según el nivel educativo y las diferencias son muy palpables cuando se accede al nivel universitario (teniendo en cuenta las desigualdades previas sobre qué sectores son los que pueden aspirar a una educación superior).

Aunque los porcentajes de jóvenes que combinan estudio y trabajo es pequeño para los tres estratos, es mucho más relevante para los jóvenes de estratos altos (54,8%) y medios (47,1%), siempre considerando a aquellos jóvenes insertos en el sistema educativo superior. Esto puede deberse a la dificultad de los estratos más bajos para encontrar un trabajo que le permita compatibilizar los tiempos de estudio con los tiempos de trabajo, ya sea, por la carga o la flexibilidad horaria o bien por el tipo de tareas realizadas: la cantidad de horas trabajadas y el sobre-empleo es más alto en los jóvenes de estratos bajos, lo cual impide avanzar en la formación profesional.

Entonces, contra lo que indica el sentido común, las posibilidades de articular estudio y trabajo son más frecuentes en jóvenes de estrato medio y alto y no en aquellos sectores más desfavorecidos, por lo cual no se debe fundamentalmente a la escasez de recursos, sino que también responde a otros factores. Lo que esconde este mito es que además de las dificultades para mantenerse en la educación superior, los jóvenes de bajos ingresos es probable que ni siquiera puedan proyectarse en comenzar una carrera universitaria y finalizarla.

Mito 3: El nivel educativo es el único determinante para conseguir un empleo estable

Es conocido que el nivel educativo condiciona las posibilidades de acceso al mercado de trabajo. Sin embargo, ¿elige cada joven hasta que momento permanecer en el sistema educativo? ¿O su situación frente a la educación está condicionada por su origen social, por la posición que ocupa su hogar en la estructura social? A igualdad de nivel educativo de los jóvenes ¿se corresponden con situaciones similares en el mercado de trabajo?.

Uno de los leitmotivs que rodean las dificultades en la empleabilidad juvenil es su escasa formación o especialización para las demandas del mercado laboral. Desde esta óptica, existen empleos precarios porque existen jóvenes con trayectorias educativas precarias. Con lo cual la solución para superar el umbral de la precariedad laboral debe enfocarse en lograr mayores niveles de finalidad educativa, más y mejores capacitaciones para el trabajo y por supuesto, mayores especializaciones en cuanto a los puestos y áreas de trabajo disponibles en el mercado de trabajo.

Contra fácticamente, podríamos decir que si todos acceden a buenos niveles de educación, formación y especialización, deberían conseguir, independientemente de su extracción social, trabajos con igual remuneración y estabilidad. Sin embargo, esto dista de ser así. A igual nivel de formación, no todos los jóvenes acceden a iguales posiciones en el mundo del trabajo, dado que las posibilidades de los de origen social humilde de valorizar su formación son menores que la de los jóvenes que provienen de sectores más acaudalados. El origen social tiene efectos indirectos y directos en las posibilidades de inserción laboral. Los indirectos se manifiestan en el restringido acceso a la educación para unos y privilegiados para otros. Y directos, porque a igual nivel educativo, jóvenes de distinto origen social no tienen las mismas posibilidades en el mercado laboral.

Mito 4: Los jóvenes no tienen problemas para acceder a un empleo, en realidad, su desempleo relativo se debe a que experimentan una mayor entrada al desempleo (en la mayoría voluntaria) respecto de los adultos

De acuerdo a este mito, los jóvenes son vulnerables al desempleo pero a la vez les resulta más fácil volver a conseguir empleo: por ejemplo, a un joven de unos 22 años, estar desempleado le puede durar unos 7 meses hasta volver a conseguir empleo en cambio a un adulto de 38 años el desempleo puede durarle unos 10 meses. O sea, los jóvenes entran y salen del mercado de trabajo con mayor regularidad, entran y salen a trabajos mal pagos o en malas condiciones, pero al menos tienen una menor duración en el desempleo con respecto a los trabajadores adultos.

No obstante, una menor duración en el desempleo ¿implica mayores facilidades para conseguir un empleo? ¿Los jóvenes están en ventaja con respecto a los adultos a la hora de conseguir empleo?.

Lamentablemente, ambas preguntas deben ser respondidas negativamente. Una primera explicación a esta menor duración en el desempleo se encuentra en que un gran porcentaje de jóvenes transitan desde el desempleo no hacia el empleo sino más bien hacia afuera del mercado de trabajo, esto es, a la inactividad. Es decir, que la duración media del desempleo sea menor para los jóvenes no significa que hayan encontrado un empleo sino que pueden haber pasado a la “inactividad”, probablemente por el efecto “desaliento” (de buscar trabajo y no encontrarlo) sobre todo en períodos recesivos, o bien, por causa de decisiones relacionadas a estrategias de mejora laboral, como podría ser, volver a estudiar para mejorar sus perspectivas laborales.

Entonces, esto nos permite afirmar que, ya sea que provengan del desempleo o de la inactividad, los jóvenes presentan mayores dificultades que los adultos para conseguir un empleo.

Mito 5: Las trayectorias laborales de los jóvenes se han complejizado volviéndose imprevisibles

La prueba y re-prueba de los jóvenes en distintos trabajos, la movilidad constante en empleos de diversa índole, pareciera ser una práctica recurrente, en la cual la “imprevisibilidad”, aleatoriedad y contingencia, inundan el océano de opciones en las que están sumergidos. Algunos autores incluso se animan a hablar de la potencialidad de volverse más creativos para rastrear oportunidades de trabajo. Ser emprendedor de uno mismo, cada uno es su propia empresa.

Es verdad que la elevada rotación laboral lleva a los jóvenes a hacerse una idea contingente de los acontecimientos de sus trayectorias. A su vez, valorizan su capacidad de adaptarse a las reglas del mercado y tienen una imagen positiva de lo que sería “reinventarse en el trabajo”. Para otros, la visualización de los desequilibrios sociales se presenta de manera natural y contribuye a crear una sensación de que es inevitable salir de esta lógica y que no hay muchas más posibilidades que seguir adelante con las cosas como están. Sin embargo, la imprevisibilidad laboral es más imprevisible para unos que para otros.

Los jóvenes de clase alta y media, gozan de una menor rotación y una mayor estabilidad laboral, particularmente en empleos no precarios. Como contrapartida, los jóvenes de menos recursos tienen mayores niveles de rotación y menores posibilidades de pasar de un empleo precario hacia uno no precario, e incluso, mayores probabilidades de tener que abandonar un empleo no precario a cambio de un puesto precario.

Una vez más, esto indica que los factores estructurales son relevantes para comprender ciertas tendencias y echar por tierra la idea de que a todos los jóvenes se les presenta un futuro laboral imprevisible.

A estas diferencias objetivas se suman los distintos modos en que los jóvenes buscan y acceden a los empleos. Los jóvenes de los sectores populares despliegan las redes personales y cercanas para acceder a un empleo durante el transcurso de sus trayectorias. Muchas veces sucede que los primeros empleos son referenciados por algún familiar o alguien del barrio. El origen social también condiciona los motores de búsqueda de trabajo así como el empleo que consiguen. En general, estos son empleos cercanos a sus hogares y, en muchos casos, precarios.

Un segundo modo de búsqueda es el que combina el uso de las relaciones personales con el uso de medios formales, como las bolsas de trabajo, agencias de empleo, presentación de CV, etcétera. Quienes acceden a mayores niveles educativos adquieren mayores conocimientos de las instituciones y por tanto, pueden diversificar su búsqueda. Para los jóvenes de las clases medias y altas, las redes familiares y personales también son importantes ya que les permite ingresar a trabajos de mejor calidad y remuneración.

Mito 6: La estabilidad laboral constituye una norma social, también para los jóvenes

Esta idea de “norma social” refiere específicamente al imaginario colectivo de las sociedades salariales del pleno empleo. La Argentina no fue la excepción y el anhelo por ingresar a un empleo estable y “para toda la vida”, que no siempre fue satisfecho en términos reales, sí se constituyó como un horizonte alcanzable o esperable.

Sin embargo, esta idea reguladora, esta expectativa que subyacería aún en los jóvenes de hoy en día, omite las traumáticas transiciones cíclicas del mundo laboral en nuestro país. El acontecimiento vital de esta generación de jóvenes trabajadores es la crisis del 2001. Tal crisis produjo una ruptura en tres tiempos. En primer lugar, implicó la corrosión del carácter de trabajador que significaron los años noventa. En segundo lugar, la crisis de 2001 con su combinación de deslegitimación de las instituciones del Estado y la legitimación de la acción directa como “política desde abajo”, dirigió muchas de sus críticas a las organizaciones gremiales y sindicales y, por supuesto, a sus cúpulas, atomizando las luchas. En tercer lugar, los jóvenes vivieron el fracaso de las expectativas generadas a partir de un modelo definido por el kirchnerismo como “desarrollista con inclusión social” (en donde el Estado generaba las condiciones para acceder al mercado de trabajo a través de políticas sociales inclusivas) y las dificultades para el otorgamiento de esa ciudadanía.

La condición general de la juventud oscila entre la marginación frente al mercado de trabajo o el acceso pero a costas de un empleo precarizado. Entonces, la generación de jóvenes que ingresa al mercado de trabajo post década del noventa hereda la derrota que resquebraja y lacera el “mundo de los trabajadores”, pero no la experimenta en carne propia. Son herederos de la derrota, pero no derrotados.

De aquí, que la norma social de los jóvenes en la actualidad es que viven y experimentan la desocupación y la precarización no como un paraíso perdido sino como “lo único que hay”. Para ellos no existe la vieja condición obrera con todas las mediaciones materiales, simbólicas y éticas que les proveía dicha condición: la dignidad que otorga el reconocimiento de ser un trabajador. Para ellos eso es un relato nostálgico de sus padres o, en muchos casos, algo inexistente.

Podemos concluir, que esta serie de mitos relativos a las trayectorias laborales de los jóvenes en la Argentina que hemos sometido a discusión, no pueden estar por fuera de un análisis que contemple como variable trascendental el origen social y las condiciones materiales de existencia a partir de las cuales jóvenes de distintos estratos sociales se incorporan al universo laboral. Las profundas desigualdades sociales de unos jóvenes con respecto a otros no hacen más que profundizar las brechas de accesibilidad a un empleo digno, bien remunerado y con todos los derechos que han conquistado los trabajadores a lo largo de la historia.

Los trabajos utilizados para dicho artículo son:
(1) Pérez, Pablo Ernesto; Deleo, Camila y Fernández Massi, Mariana (2013). “Desigualdades sociales en trayectorias laborales de jóvenes en la Argentina”, Revista Latinoamericana de Población, pp. 61-89.
(2) Pérez, Pablo y Busso, Mariana (2015). “Los jóvenes argentinos y sus trayectorias laborales inestables: Mitos y realidades”, Revista Trabajo y Sociedad, Nº 24, pp. 147-160.







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