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Millennium: ninguna centuria que termina puede sacudirse la locura

Reseña sobre la serie Millennium de Chris Carter, el creador de The X files.

Viernes 11 de mayo | Edición del día

La emblemática serie del creador de The X files, Chris Carter, considerada como su mejor aporte a las ficciones televisivas, cooperó con los ‘90s en la comprensión de la verdadera y profunda demencia de los asesinos más salvajes de Norteamérica. Sus tres temporadas, aunque huérfanas de un final, aún siguen deleitando a los amantes del policial de horror.

En el apogeo de su bien merecida fama, Chris Carter concibió una ficción que el nuevo milenio se ocuparía, prontamente, de plagiar. Como suele suceder con las fábulas anticipatorias, Millennium tuvo que abrirse camino a los codazos hasta lograr un espacio propio, aunque eso significase, en los escasos tres años de su existencia, estar confinada a un reducido y muy especial grupo de espectadores. ¿Y esto fue porque su temática era, desde todo punto de vista, original? Por supuesto que no. No sabemos si alguna vez hubo temas con tales jalones. Pero aún así, lo que resultaba indiscutible era su muy personal y abrumadora actitud narrativa.

Carter ya venía de una postura similar al haber impuesto, en la agenda de los noventa, el gusto por el género fantástico y por la ciencia ficción con su icónica serie The X files (recientemente extendida). Su magnífica concatenación de argumentos estaba sustentada en miles y miles de informes, expedientes y mitología. Además de contar con, nobleza obliga reconocerlo, el genio de Vince Gilligan (productor también de la no menos genial Breaking Bad). Millennium también hundió sus bases en reseñas y ponencias, en la particularmente extensa lista de asesinos sanguinarios con que cuenta Estados Unidos y en los informes y estudios que tratan de entender su naturaleza. Y en la insania que su individualismo cultural hace florecer tan exuberantemente.

De aquí, entonces, surge Frank Black (Lance Henriksen), ex analista del FBI devenido en consultor policial, quien guía a los investigadores de crímenes violentos por el intrincado sendero de la comprensión de los indicios y las pruebas. Sólo que no lo hace de la manera ortodoxa. En absoluto. Frank posee un don especial, distintivo, que es tanto una ventaja para los detectives como una maldición para quien la lleve: él es portador de una empatía que le permite enterrarse en la mente de los asesinos, ver lo que ellos han visto y saborear el crimen como si aún lo cometieran, una y otra vez. Esas visiones son, como las estrellas fugaces, imágenes que atraviesan rápido la negrura del inconciente. Vienen y se van, tal vez con la misma frecuencia con la que se encienden y se apagan en la mente de los asesinos. Pero esa virtud lo atormenta. Aunque su carácter taciturno y sosegado le permite mantener un delicado equilibrio en la armonía de su familia, esas imágenes ajenas lo corroen.

Frank Black no persigue a los criminales. Los encuentra. Casi se podría decir que son ellos mismos quienes lo guían. Como si de un monje confesor se tratara, él los escucha y luego los expone. La recompensa es dulce: salvar a la próxima víctima de su matador inminente. Pero el camino es lacerante. Ese retrato amorfo, vago, que sus perseguidos le han contagiado, ahora se queda para siempre en él como una mal curada enfermedad. Son pecados ajenos: miserias hediondas de seres que se camuflan entre ciudadanos que no ven porque no quieren ver, que no oyen porque no quieren ayudar; citadinos y pueblerinos empapados de un desinterés que humedece sus vidas.

Su don tal vez sea infeccioso. Su pequeña hija ha estado expuesta. Y toda la crueldad que Frank cree haber eludido, recién empieza a llegar.

Millennium nunca dejó de ofender ciertos pudores (aunque eso no resulte particularmente difícil en una sociedad como la norteamericana, donde el prejuicio social es casi una religión) cuando se decidió a mostrar la depravación mental sin ningún tipo de filtro. Comprender la pulsión sexual subyacente en cada crimen sangriento implicaba, por un lado, mostrar la atrocidad y la sangre de forma muy explícita; por el otro, hablar de ella sin la diplomacia hipócrita que degrada el debate. Pero su incorrección más extrema, el gesto más imperdonable, tal vez sea ese impulso por comprender y situar a los criminales antes que condenarlos sin discernimiento.

Sin embargo, no fue el diagnóstico su único acierto. Millennium inició unos segundos antes que acabase el siglo, un momento de gran ebullición de miedos, mitos, próximas calamidades e inminentes extinciones. Al parecer, todas las culturas hablaban de las plagas e infortunios venideros (y no se referían a los liberales) y la inquietud se transformaba en noticia. De ese éter se alimentó la serie. ¿A qué recurso acudió? Pues bien. A uno tan simple como efectivo: al del fervor religioso, al de la superstición mística. A poco de andar, Frank Black fue contactado por un misterioso grupo (el grupo Millennium). Formado por ex agentes federales y, a la vez, fervorosos creyentes, este grupo secreto se aproxima a él interesado en su don y en sus capacidades analíticas. ¿El fin? Proponerle que dilucide si las bestias con las que se cruza y las atrocidades que cometen tienen que ver con el fin de los días y la inminente llegada de los tiempos oscuros y el reinado del demonio. Desde entonces y con no pocas reservas por parte de Frank, será una actividad ad oc, silenciosa, secreta. Aún para la policía con la que colabora. Aún para su esposa, su remanso. Esta nueva faceta suya lo aislará aún más: a los horrores de sus visiones incontrolables le sumará, ahora, una crisis matrimonial inevitable y una soledad más desenfrenada.

La serie potenció esta postura con un epígrafe bíblico al inicio de cada capítulo. Esta postura ideológica se sumó, entonces, al fastidio místico que, como restos después de un naufragio o como basura acarreada después de una inundación, nos dejaba el fin del siglo.

Seattle fue la ciudad elegida para ubicar la trama (aunque la mayoría de la serie se filmó en Vancouver). De hecho, es la locación reiterada cuando se trata de construir una imagen melancólica u opresiva o deprimente o monocromática. Su lluvia recurrente parece otorgarle ese don, y esa paleta de gran variedad de grises y claroscuros, con pocos colores excepto, claro, el rojo de la sangre. Es precisamente por esto que un gran número de ficciones la eligen. Sin ir más lejos, The Killing (la versión norteamericana de Forbrydelsen, de la que ya hemos hablado) también se ubicó aquí.

Carter siempre ilusionó a los actores y al público con la intención de continuar tal o cual saga con una película venidera. El mismo gesto surgió cuando The X files presentía su fin (sólo que en este caso, la serie contaba ya con un film en su haber y una popularidad mucho más grande). En el caso de Millennium, si bien fue levantada luego de su tercera temporada (básicamente por su incorrección política) y tuvo un epitafio apresurado, recibió una más que digna despedida en la séptima temporada de The X files, en un capítulo donde el nuevo milenio llegaba por fin, sin exterminios ni apocalipsis. Si bien la promesa de un film que la rescatara del olvido nunca se concretó, ahora que The X files han vuelto, la esperanza de una cuarta temporada se renovó.

Pero más allá de sentarnos a esperar su regreso, como el anciano que aguarda al hijo que de joven partió, tenemos el consuelo de poder verla aún. Si lo hacemos, nos sorprenderemos. Al igual que los rostros en los recuerdos, los personajes no han envejecido. Tampoco la temática de sus capítulos o su cuidada estética. Pese a tener, ya, casi dos décadas, Millennium nos volverá a mostrar una serie en la que no se humilla a los dementes ni se enjuicia a los depravados ni se denigra a los desesperados. Muy por el contrario, renueva el entendimiento de que la demencia de los hombres es el hijo herido de una sociedad desaprensiva e indolente. Y notaremos con más nitidez, quizá, que la hebra delgada que nos separa de la locura siempre ha estado a punto de cortarse.







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