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RELATOS

Mi primer trabajo: combo cajita mágica y precarización

La búsqueda de trabajo con 18 años, sin experiencia y con horarios acotados por la facultad no se hace fácil.

Lunes 24 de octubre de 2016 | 12:50

Me postulé y a la semana me llamaron para las entrevistas.
En ellas prometían un trabajo en blanco, respeto a los estudios y una buena remuneración quincenal, sumando a fin de mes una ayuda del Gobierno Nacional por el empleo joven y premios como el presentismo.

Quedé seleccionada y recibí el uniforme. El 1 de septiembre firmé contrato.
Entré para realizar una apertura de local en el corredor de Avenida Rivadavia. Durante tres semanas, mientras esperábamos con mis compañeros la entrega de nuestro local, fuimos entrenando en otros locales ya abiertos.

Tres semanas movidas, donde nos dimos cuenta que la flexibilidad horaria era sólo una promesa: siempre pedían que trabajes más horas de las que te correspondían por turno (pero no contaban como horas extras); pedir que te saquen a horario era utópico: si los gerentes no te sacan de tu puesto de trabajo no fichás. Y podés pasar horas así.

En mi puesto de cajera eso se sentía más: hasta no haber entregado todos los pedidos la caja no se cierra. Dato de color: los locales siempre tienen clientes.
Todos te mandan a hacer cosas distintas, todas al mismo tiempo, con malos modos, con una falsa cortesía. Nos quemabamos, nos resbalábamos, nos caíamos, pero había que seguir trabajando...

La última semana de septiembre me mandaron a limpiar el local en obras. En obras. Todavía los obreros seguían trabajando, nada quedaba limpio más de 20 minutos. La orden gerencial: limpien hasta que quede impecable.
A mi me tocaron los pisos. Dos días seguidos pedí secador, los dos días me dijeron que los proveedores no los habían llevado al local.
“- ¿Entonces no limpio los pisos? ¿Puedo limpiar las mesas?

  •   “No, no. Limpiá el piso. Baldeá, cepillá y junta el agua con el trapo a mano”

    Dos horas arrodillada. Para que al día siguiente quedara sucio de nuevo. Para que al día siguiente tuviera que volver a baldear. Ese día hice más horas que las que me correspondían. Pedí salir a horario porque estaba cansada. La contestación: “Hay cosas peores, si no te gusta el correo abre a las 10”. Absoluta impunidad.

    La primer semana de octubre abrió el local. Siempre me tocaron los mediodías de cajera. Muchísima gente, toda queriendo su comida en 2 minutos 30, el tiempo de eficacia que nos exigen a los equipos para atender, preparar y entregar los pedidos. Una tarea sumamente estresante (y casi imposible) si las colas superan las 20 personas por caja, de un público extremadamente variado. Toda esa semana sentí una gran molestia en la cintura. Me molestaba estar parada tanto tiempo quieta, me dolía sentarme…

    El viernes 7 terminé en la guardia de mi obra social (elegí seguir con la obra social sindical de mi papá y no la del Sindicato de Pasteleros porque ya tengo toda mi historia clínica y mis médicos, más por comodidad que otra cosa). Diagnóstico: lumbociatalgia. Tratamiento: inyección calmante, calor, medicación antiinflamatoria, y una orden para resonancia magnética.

    Avisé ese mismo viernes que no podía trabajar todo el fin de semana, pedí médico para justificar las faltas… Y con lo único que me encontré fue con oídos sordos y con un llamado el domingo preguntándome porque seguía faltando a mis turnos de trabajo.

    El martes 11 renuncié. Decepcionada por las promesas que ilusamente creí. Enojada porque todavía me deben 10 horas de mi trabajo. Triste e indignada porque fue un golpe muy grande descubrir que mi salud y mis derechos los defiendo yo sola ya que del sindicato nunca vinieron a hablarnos, nunca nos explicaron nada; triste e indignada porque ahora debo salir nuevamente a buscar un empleo.
    Pero también estoy feliz. Sí. Feliz.

    Porque descubrí lo que es la solidaridad entre compañeros y el reclamo en grupo para hacer valer nuestros derechos cuando no los estaban respetando, descubrí lo que es el alzar la voz contra la precarización laboral con la que uno se encuentra en estos lugares.

    Acá estoy. Para que no quede en el silencio lo que pasan miles como yo que no tienen la suerte de poder irse: compañeros inmigrantes que buscan la manera de ayudar a sus familias desde acá, madres adolescentes, pibes que dejan el secundario... Acá estoy para que dejen de jugar con la necesidad mientras se llevan millones por día y nosotros trabajamos por las migajas.







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