Política Venezuela

DOSSIER – 29 AÑOS DEL CARACAZO

Mi crónica del 27 F, y no han cambiado las razones del alzamiento de los descalzos

Una crónica desde dentro de los hechos. La pérdida de una amiga y camarada entre las primeras bajas de la represión, el rol de militante y el de madre, reflexiones para hoy, se combinan en esta nota.

Ana T. Gómez F. (La guara)

itza97@yahoo.com

Martes 27 de febrero | 11:28

En este aniversario número 29 de la rebelión popular del 27 y 28 de febrero del ’89, desde La Izquierda Diario invitamos a algunas personas a colaborar con crónicas, recuerdos, ilustraciones y reflexiones sobre este importante hecho de nuestra historia. Publicamos como Tribuna Abierta este breve texto de Ana Gómez, mejor conocida como La Guara, quien por las fechas militaba en la “Desobediencia Popular”, corriente con participación activa en las luchas de entonces. La Guara es socióloga y empleada jubilada de la Universidad Central de Venezuela.

* * *

A Yulimar Reyes, la Yoko.

Quien acá escribe no les va a contar una crónica heroica (creo que nadie, tratándose del 27 de Febrero de 1989, lo debe hacer) que recoja las hazañas de una mujer acostumbrada a “piedra, plomo y candela” de las luchas de aquellos años.

No, que va. El 27 de febrero me sorprendió a mí, como a casi todos los que militábamos en partidos de izquierda o ultra-izquierda (nos llamaban así porque nos participábamos en el festín electoral y creíamos en la lucha armada “como único camino para la toma del poder”), trabajando en la UCV, dándole coñazos a una máquina de escribir en un trabajo que no era mi fuerte pero que me daba para comer y alimentar a una hija que en ese entonces tenía 3 años.

Como a las 10:00 de la mañana me llamó Yulimar, Yoko, emocionada porque iba a salir en TV diciéndole a Carlos Andrés Pérez lo que opinaba de su paquete de medidas. Hablamos un rato, nos pusimos de acuerdo para ir en la tarde a ver “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (gratis porque ella trabajaba en el cine del Ateneo) y colgué sin sospechar que ya desde las 6:00 a.m. había comenzado a desatarse en Guarenas, como fuerza telúrica, lo que después se conocería como el sacudón y que cagó a más de uno, porque los cerros arrechos, en una venganza ancestral contra todo lo que les había y sigue siendo negado, decidieron hacer mercado gratis y manifestar su descomunal fuerza.

Fue como a las 11:00 que los rumores (la UCV es una fábrica de ellos) se hicieron más fuertes: que si San Agustín bajó y están en la autopista; que si tomaron la PM (Policía Metropolitana, n.d.e.) de Cotiza; que son cientos de miles de personas tomando el centro. Bueno, pues, “la canalla” se cogió las calles, no se cala jefes; no reconoce dirigentes y está haciendo de las suyas. La toma del cielo por asalto de los descamisados. Los “protagonistas” de Las Tres Gracias y Plaza Venezuela decidimos salir a ver qué pasaba (imagínense ustedes, toda la vida llamando al pueblo a arrecharse y los muy grandes carajos no nos esperaron). Unos cuántos tombos en las puertas debieron habernos alertado que otros eran los muchachos de la película, porque la represión a que nos acostumbraron brillaba por su ausencia. Una carrerita acá, otra allá. Ellos corrían, nosotros corríamos. A veces se invertían los papeles y así jugando un buen rato.

Cuando estábamos en esa joda pasa una ambulancia por la puerta Tamanaco de la UCV (Plaza Venezuela) y dicen que mataron a la amiga de la Negra. Algunos compas decían “no vale, la Guara está allá afuera, yo la acabo de ver”. La amiga de la Negra no era otra que la Yoko, primer asesinato del 27F que cayó en Parque Central (después diría el Policía Metropolitano, al que logramos encanar por algún tiempo, que ella estaba cerca de unos tipos que “parecía” que iban a robar no sé qué banco).

Tarde, muy tarde me dicen que tenemos que ir al (Hospital) Clínico. Ya la vaina ardía por los cuatro costados. La televisión, gran protagonista de estos sucesos, no paraba de transmitir imágenes que ayudaron a que la mecha prendiera en otros estados. Al llegar a la morgue me encuentro con el Negro Villa, Roland, Roger muela y tal vez otros que no recuerdo. Roland estaba cayéndole a coñazos a la pared cuando yo entré, destapé a Yulimar y le armé un peo por dejarse joder.

Ellos, los compañeros, más rápidos que yo en eso de militar, planificaban qué hacer para que la muerte de Yoko no quedara impune. Yo me atrincheré en la morgue a cuidar que a mi pana del alma no la lanzaran al suelo en el cerro de cadáveres que comenzaba a formarse. Imagine usted, en lugar de acompañar a los vivos como siempre había vociferado en mis consignas, me quedé cuidando que a la muerta no le quitaran la camilla. Así estuve hasta que me trajeron a Albania, de 3 años, a la propia Morgue. El espectáculo no podía ser peor para una niña y eso como que me hizo reaccionar y salir. Llegó el 28, velamos a Yulimar con una corona de trinitarias y cayenas que construimos con flores de la UCV y la fuimos a sembrar en autobuses de la misma casa de estudios en la que ella estudiada Letras. Cantamos canciones, gritamos consignas, descargamos la rabia, mientras muy cerca una pocas personas sepultaban a alguien que a juzgar por el “porte” de los acompañantes, debió ser más o menos “importante”.

Pasaron los días, hicimos algunas vainitas para acompañar a la gente, nunca para dirigir porque el 27F nos mostró, con brutal realidad, que nadie dirige a nadie y que pueblo arrecho es protagonista y no masa amorfa a la que puedes llevar a donde quieras.

Poco tiempo después me doy cuenta de que Albania, que hablaba perfectamente, se me había convertido por arte de magia en tartamuda. Los tiros que no cesaban en El Valle, la imagen de la morgue; muchas cosas quizás conspiraron para que la carajita comenzara a imitar una ametralladora al hablar. Descubrimos después que no sólo se le había afectado el habla, sino que al ver un uniforme cualquiera entraba en pánico, lloraba, se escondía y hasta llegó a orinarse un día, estando en Quíbor, cuando mi mamá la cargaba en la procesión de la Virgen de Altagracia y pasaron cerca de unos policías. Mamá entendió inmediatamente qué pasaba y me llamó a capítulo… mira lo que le has hecho a la muchachita por andar metida en peos, irresponsable del carajo.

Hoy, muchas lunas después, Albania es capaz de recordar detalles de esa inacabable noche en que su mamá se quedó metida en una morgue en lugar de salir a acompañar a los que siempre había convocado, en discursos y proclamas, a tomar las calles y hacerlas suyas. Su mamá, como Luis Buñuel, tuvo la oportunidad de ver a las tan mentadas “masas” ser dueñas de su propio destino por tres o cuatro días, y la perdió. Otros que tenían el mismo discurso, también descubrieron que el pueblo movilizado es una vaina que da mucho miedo y se quedaron en sus casitas siendo protagonistas desde la pantalla del televisor.

Hoy, muchísimas lunas después, las razones por las que el pueblo arrecho insurgió siguen presentes y, nos atreveríamos a decir, repotenciadas. El sueño de conquistar una vida digna se desvaneció en manos de quienes vendiendo sueños de justicia e igualdad no solo arruinaron el país, sino que nos han llevado a situaciones extremas de pobreza y desesperanza. Muchos fueron los partidos y movimientos de izquierda que se mimetizaron en ese monstruo conocido hoy como PSUV. Muchxs fueron lxs militantes que apostaron sus pertrechos a esta vana ilusión. Muchxs olvidaron que fueron militares los que dispararon contra un pueblo desarmado aquel 27 de febrero y que fueron protagonistas en masacres como la de Cantaura, Yumare, El Amparo, Las Garcitas y Caño Colorado. El protagonismo no lo han perdido, ciertamente. Los militares (y sus cómplices civiles) no solo siguen masacrando, sino que ahora tienen la mayoría de los cargos en el alto gobierno.

Mientras, en ese espectro llamado izquierda –la que no sucumbió a los cantos de sirena– pareciera no haber forma de recomponerse. Si algún mérito tuvo el chavismo fue cooptar a la mayoría de sectores organizados del movimiento popular y atomizar al resto. No solo inventaron una épica cabalgando sobre las experiencias de esta izquierda. No solo nos quitaron las consignas, las banderas de lucha. La desesperanza pareciera haber llegado para quedarse por mucho tiempo, porque cada vez que alguna expresión del pueblo protesta, el discurso del soberbio y prepotente poder les acusa de contrarrevolucionarios, agentes de la CIA, infiltrados. Los dirigentes campesinos, indígenas y sindicales presos son una muestra de lo que significa el “poder obrero” del que se jacta cada día, al son de la salsa, Nicolás Maduro.

Hoy tenemos un gran compromiso. No seremos, nunca hemos sido los “salvadores” de este pueblo. Con humildad nos toca recoger los pedazos rotos, reconstruir las banderas de lucha, acompañar a los trabajadores que luchan por sus derechos, a los enfermos que se niegan a morir por falta de medicamentos, a los abuelos que mueren en las colas esperando el pago de las pensiones de miseria, a los estudiantes que ven vaciarse sus centros de estudio porque los docentes están buscando mejores condiciones de vida en otras tierras, a los indígenas que luchan contra los terrófagos y contra quienes pretenden, en aras de seguir expoliando la tierra, poner por encima de la vida, la explotación de oro, coltán, carbón y otros minerales. Con mucha humildad nos toca reencontrarnos con el otro, con lxs otrxs y comenzar de nuevo a levantar viejas pero vigentes consignas.






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