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Mi Mundial Italia 90: lo que me enseñó, cómo me marcó

Compartimos la vivencia en primera persona de un futbolero nacido en Brasil que vivió en Buenos Aires el recordado partido Argentina-Brasil y el gol de Caniggia.

Viernes 26 de junio | 21:30

Hoy en las redes sociales descubrí que era el aniversario número treinta del golazo de Claudio Caniggia contra Brasil en el Mundial Italia ´90. Mis amigos argentinos lo disfrutan muchísimo, y está muy bien, es una de las pocas alegrías que tuvieron desde 1986 -chicana completamente gratuita-. Pero yo tengo un muy mal recuerdo de dicho Mundial; Mundial que me enseñó algunas cosas sobre la sociedad y me marcó de por vida.

Un niño de 6 años, solo, delante de la vieja tele familiar a la cual había que darle un golpe seco a la derecha de vez en cuando para que la imagen se ponga derecha. En mi casa nadie seguía el fútbol, pero ese día mis padres se habían ido a ver el partido no sé dónde. Vi con angustia ese gol agónico de Caniggia. Fue mi primera tristeza futbolera, fue una tristeza fundadora: de ahí en más me enamoré del fútbol. ¿Cómo la tristeza puede hacerle a uno aferrarse a algo que es al mismo tiempo el objeto de la tristeza? Porque el fútbol solo era el medio por el cual se expresaban tristeza, alegría, emociones, diversión, compañerismo, pero también competencia, revancha.

Solo tenía seis años, pero la historia comienza antes. Argentina había sido el último campeón del mundo en 1986. Yo ni lo sabía. Debutaba, y abría el Mundial de Italia 90’ contra Camerún. Yo ni vi el partido. Estaba seguramente jugando, probablemente al fútbol, con mis compañeritos del hogar de tránsito. El hogar tránsito era una especie de guardería en donde los niños como yo se quedaban después de la escuela hasta que los padres vinieran a recogerlos después del trabajo; los más desafortunados eran pupilos y sus padres (o sus abuelos) solo venían a verlos el fin de semana. Cuando volvimos al salón en donde estaba el comedor y la tele, una celadora, que me caía mal (o tal vez me empezó a caer mal a partir de ahí), dijo apuntándome: “Ah no vos acá no entrás, a nosotros no nos gustan los camerunenses”. Claro, me olvidé de decirlo, yo era el único negro. Pero no soy camerunés, y si lo fuera lo sería con orgullo. Bueno, es así que me enteré de que Argentina había perdido contra Camerún. Ni sé si en la época sabía que en Camerún la gente es mayoritariamente negra. No importa. A mí me dijeron que yo no era argentino. A mí me acababan de decir que Camerún era yo. ¡Viva Camerún!

Nadie en casa le daba bola al fútbol. Tal vez un poco mi mamá que apostaba al Prode, aunque sin saber nada de fútbol, era difícil ganar. Yo ni sabía que Brasil y Argentina eran rivales en el fútbol. Pero yo sabía que era brasilero; yo sabía que no era argentino; a mí me habían dicho que tenía algo que ver con Camerún (así descubrí en huesos y carne negra que ser negro significaba algo en la sociedad, y aparentemente no era bueno). Nadie me enseñó a amar el fútbol, nadie me enseñó a hinchar por un equipo. Mi equipo era Brasil (y tal vez Camerún). Y como los argentinos “no me querían” (no era verdad, pero así lo interpreté), empecé a detestar a la selección argentina. Yo tenía solo seis años y nadie me lo había enseñado; yo tenía seis años y sí que me lo habían enseñado.

Pasé todo ese Mundial a hinchar en silencio contra Argentina; viendo los partidos con todos los otros chicos y no compartiendo ni un poco de su alegría. Pero todo iba por dentro. Demasiado ya me burlaban y me provocaban. A nadie le dije ni le decía que quería que la selección argentina perdiese.

Y es así como llegó el día en que Brasil enfrentó a Argentina. Y así llegó el comienzo. Vi el partido solo como ya lo dije. Recuerdo ese momento. No me acuerdo de cómo fue el partido; solo recuerdo que Maradona le dio un pase a Caniggia y que fue gol. Y que para mí fue derrota. Y aún más alegría para los que de mí se burlaban y me decían Camerún, los que me decían Makanaky (muchos años más tarde, esporádicamente, mucha gente me decía “Makanaky”).

Argentina llegó a la final. Fuimos a ver el partido a casa de amigos de la familia. Mi mama hinchaba por Argentina. Nunca lo entendí. Me decía que como mi táctica era no decir nada, la de ella debería ser de hacer de cuenta. Gol de Alemania. ¡Lo grité! Mi mama dijo, casi disculpándose en medio de los anfitriones: “se equivocó”; yo respondí “no, yo hincho por Alemania”. Cambiemos de tema… Nadie entendía por qué y seguramente le echaron secretamente la culpa a mi mamá, que incluso tal vez sinceramente hinchaba por Argentina. Yo no. Pero una cosa es cierta: aprendí que eso no tenía que decirlo. Crecí haciendo de cuenta que hinchaba por Argentina, o evitando el tema. Y tantas veces hinché contra Argentina, callado, dentro de mí, como ese niño de seis años, silencioso y en busca de revancha por Camerún, por Makanaky, por Brasil, por las burlas, por los negros.

Hoy en día, ya adulto, superé esta cuestión. Entendí que lo que se expresaba a través de “Camerún” era un prejuicio racista y el peor nacionalismo imbécil. Y todo eso contra un niño de seis años que tuvo que aprender a tomar consciencia de lo que era, muy rápido. Hoy puedo admirar con más objetividad y ver que ese gol de Caniggia fue un golazo y que mis amigos argentinos merecen celebrarlo. El Mundial Italia 90’ sin embargo sigue siendo algo que activa malos recuerdos en mí. Lo que es seguro es que mi relación con el fútbol, la toma de consciencia de una parte de mi identidad comenzó a forjarse a partir de ahí.







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