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PANORAMA POLÍTICO

México en la era Trump

Si el epicentro del terremoto político que sacudió al mundo el 8 de noviembre estuvo en Estados Unidos, en México fue donde sus olas sísmicas impactaron con la fuerza de un tsunami. El riesgo de que Trump lleve a cabo sus promesas de campaña tiene al país en vilo. Pero ¿podrá el nuevo presidente de los Estados Unidos romper las arterias que constituyen el sistema circulatorio de la relación México-Estados Unidos?

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Viernes 11 de noviembre | Edición del día

La llamada “clase política” y las grandes cúpulas empresariales apostaban fuerte al triunfo de Hillay Clinton. Mientras para millones de mexicanos el triunfo del magnate xenófobo y racista representaba el ominoso escenario de un muro aún más alto que el que hoy existe y la deportación masiva, para la clase dominante nativa el triunfo de Trump era, ni más ni menos, que la suma de todos los miedos.

Esto es, las amenazas de la renegociación del Tratado de Libre Comercio (bajo la posibilidad de abandonarlo en caso de que no sea “conveniente para Estados Unidos”) y la posible no aprobación del Acuerdo Transpacífico. De llevarse a cabo, podrían dinamitar el modelo bajo el que se consumó la llamada integración económica en Norteamérica, que benefició tanto a las trasnacionales estadounidenses como a sus socios de este lado de la frontera, y que impulsó el avance de la inversión extranjera en la frontera norte y otras zonas industrializadas del país, como el bajío.

La sola posibilidad de estos bruscos cambios en la política comercial de Estados Unidos hizo que las turbulencias no se hicieran esperar. A medida que con los primeros resultados electorales el republicano Trump se acercaba cada vez más a la Casa Blanca, el valor del peso mexicano se depreciaba hasta un 10% y el dólar se estacionaba arriba de los 20 pesos. Por la mañana del miércoles, siguiendo a las bolsas de Asia y de Estados Unidos, la Bolsa Mexicana de Valores caía en casi todos sus indicadores. Mientras corrían las horas de ese primer día poselectoral, los grandes bancos como Citibank, Banorte y JP Morgan reducían bruscamente los ya de por sí magros pronósticos de crecimiento de la economía nacional: de un 2.3% a un 1.8% y hasta un mísero 1.1%.

Las cúpulas empresariales lanzaron llamados de atención y las primeras recetas se hicieron oír: “fortalecimiento del mercado interno”, “búsqueda de otros socios comerciales”, “replicar el modelo del bajío”, dejando de lado que la economía nacional está profundamente integrada, en términos de subordinación, a la economía estadounidense, con un 80% de sus exportaciones orientadas hacia allí.

La Comisión de Cambios (compuesta por la directiva de la Secretaría de Hacienda y el Banco de México) se declaró en alerta a través de su titular, José Antonio Meade, quien dijo que México cuenta con un alto blindaje financiero, fundado en reservas internacionales de más de 175 mil millones de dólares y una línea de crédito del Fondo Monetario Internacional de 88 mil millones de dólares. En ese contexto, el gobierno de Peña Nieto lanzó un mensaje contemporizador hacia la próxima administración estadounidense, y anunció “próximas reuniones de trabajo” previas a la asunción de Trump.

Tanto la incertidumbre actual como la posible concreción de algunas de las promesas de campaña del republicano generan un escenario de pesadilla para México. La inestabilidad financiera que caracterizó los últimos dos años –y que expresa con todas sus distorsiones la debilidad de la economía nacional ante los vaivenes de la economía mundial y de la estadounidense en particular– tiende a recrudecerse. Puede convertirse en el eslabón más débil desde el cual se transmitan las tensiones que provoquen los posibles cambios de la política económica en la era Trump, y que aunado a otros factores de riesgo que son convenientemente soslayados por el gobierno –como el incremento de la deuda pública a un 50% del PIB– abran un escenario plagado de tormentas.

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Amenazas de campaña y realidad

Las “promesas” de campaña de Donald Trump –que le valieron el apoyo de muchos trabajadores estadounidenses afectados por la relocalización industrial ocurrida en las últimas décadas– representarían un brusco giro aislacionista de la política exterior estadounidense.

Y pondrían en cuestión lo conquistado por la clase dominante de EE.UU., que benefició ampliamente a las trasnacionales de distintas ramas industriales. Como planteamos aquí, el flujo comercial entre ambos países y la imbricación productiva ha crecido exponencialmente bajo el Tratado de Libre Comercio, sólo desde 1995, un 70%. Las empresas automotrices radicadas en México exportan a los Estados Unidos más de 40 mil millones de dólares al año. Las firmas en el área de las telecomunicaciones –una de las ramas dinámicas del capitalismo actual– también son parte de esta imbricación a ambos lados de la frontera, y desde las mismas salen llamados a que se “mantenga la relación bilateral”.

Las consecuencias de esta imbricación económica se expresan por múltiples poros a ambos lados de la frontera y de la valla metálica que divide ambos países: como dice el artículo antes citado, “sólo en Texas, 463,000 puestos de trabajo están vinculados directamente con el comercio fronterizo con México. En el caso de California esa cifra asciende a 692,000 empleos.”

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Por detrás de la propuesta de abandonar o renegociar “in extremis” el Tratado de Libre Comercio, hay más que la retórica ultraderechista del nuevo presidente de los Estados Unidos. Como se plantea en este artículo de Paula Bach, “un escenario de disminución del crecimiento del comercio mundial está impulsando un cierto repliegue de la globalización, un suave incremento de medidas proteccionistas y una desaceleración del ritmo de liberalización del comercio”.

A esto debe añadirse el plano político, escenario dinámico donde la caída de la confianza en los gobernantes y en las formaciones políticas tradicionales, y la falta de alternativas revolucionarias que expresen los intereses históricos de la clase obrera y los sectores populares, dio lugar a la emergencia de nuevos fenómenos políticos con una retórica demagógica y proteccionista, de lo cual Trump es hoy el más claro ejemplo.

Eso es lo que hace posible que su discurso empalme con tendencias de la realidad. De llevarlo adelante, generará contradicciones aún más explosivas de las que hoy existen, no sólo para los trabajadores, sino respecto a la clase dominante en Estados Unidos. Las consecuencias de una salida del Tratado de Libre Comercio (o una renegociación “extrema”) afectarán en primer lugar a las grandes trasnacionales que se beneficiaron del mismo, aprovechándose en particular del nivel salarial comparativamente bajo en México y de las libertades fiscales y arancelarias propiciadas por el TLC. Implicará una caída drástica de los ingresos de millones de personas que, al norte del Río Bravo, realizan actividades económicas vinculadas al comercio con su vecino del sur. Además, Trump deberá enfrentar el posicionamiento que adopte su propio partido, el cual no comparte varias de las medidas económicas propuestas.

El Tratado de Libre Comercio fue la llave fundamental bajo la cual se impuso el neoliberalismo en Norteamérica, transformando la estructura económica de la región. Un proyecto capitalista conducido desde la Casa Blanca que trastoque radicalmente esa realidad tendrá el impacto de un terremoto aún mayor que el que vimos el martes 8 de noviembre.

No puede descartarse que la nueva administración termine buscando un “punto medio” (y habrá que ver qué renegociación del TLC propone) que satisfaga a las distintas alas del establishment político y de la clase dominante, y que a la vez no defraude demasiado a una base que lo apoyó por su discurso populista y proteccionista.

Ante el ascenso de Trump, así como ante las alas proteccionistas o “globalizadoras”, resulta más urgente que nunca adoptar una postura independiente y antiimperialista en pos de los intereses de los trabajadores y pueblos a ambos lados de la frontera.

Es necesario enfrentar la dominación imperialista bajo la cual se gestaron los tratados y acuerdos que sólo benefician a las trasnacionales y sus socios locales.

Frente a la “integración” de los capitalistas y su secuela de desempleo y salarios de miseria en Estados Unidos y México, es necesario soldar la unidad internacionalista de la clase obrera mexicana y estadounidense, lo cual es radicalmente opuesto a cualquier “unidad nacional” como la que proponen distintos políticos y empresarios en México.

Ante la división reaccionaria que fomentan los distintos gobiernos entre los trabajadores mexicanos y estadounidenses (así como al interior de la clase obrera de aquel país) hay que bregar para que la crisis la paguen los capitalistas. Y construir organizaciones socialistas y revolucionarias que levanten una perspectiva estratégica cuyo fin sea expropiar a las trasnacionales y los grandes capitalistas que dominan Norteamérica y poner fin a este orden social basado en la explotación y la opresión de las grandes mayorías.

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