Cultura

TRIBUNA ABIERTA // LITERATURA

Memorias del tiempo

El escritor cubano Alejo Carpentier tiene un pequeño relato dentro del libro “Guerra de tiempo” que se titula “Viaje a la semilla” allí propone contarnos la historia de una casa pero al revés desde su destrucción total hasta su construcción.

Viernes 16 de enero de 2015 | Edición del día

“Presenciando la demolición –relata -, una Ceres con la nariz rota y el pelo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía sobre su fuente de mascarones borrosos … por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros”.

A partir de la ruina, el tiempo retrocede: “en los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo”, continúa Carpentier.

Pasado y futuro se conjugan en este presente que permanece; “lo que fue” cobra vida pero no perece, “lo que será” se vuelve vigente; un ahora se eterniza frente a un antes y a un después que fluctúan.
Entonces, el personaje ingresa en la casa: “el viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir las ventanas. Sus tacones sonaban a hueco … un olor a pintura fresca inundaba la mansión”, explica el escritor.

Cortázar reflexiona sobre el tiempo: “piensa esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire … te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”.
El reloj también tiene su latir, allí el tiempo se amontona, se mide, se precisa, hace consciente su eterno fluir; creemos engañar al destino al mover sus agujas y, si detiene su marcha, él es el que nos engaña.

Carpentier pretende burlarse del tiempo tras intentar superar sus barreras en la confección de un tiempo actual pleno, que no necesita de lo que pasó ni de lo que pasará porque condensa en sí la inmovilidad del presente.
Walter Benjamín hablaba de la huelga como del “detenimiento del tiempo burgués”, como la fatalidad del dueño del capital de que se detenga la fábrica, que se deje de producir mercancía para cobrar en su lugar trascendencia la voz del obrero, que logra protagonismo a través de la “manifestación”, en el hacerse presente.

En Cortázar el tiempo es amenaza, obsesión, peligro, hay plena conciencia de su paso, de la fragilidad del hoy que se le escapa de las manos, “allá en el fondo está la muerte”, reflexiona el autor.

La inexorabilidad de la muerte se hace presente en un pasaje de Pizarnik sobre “Ejercicios sobre temas de infancia y muerte” donde manifiesta: ”me dicen que tengo una larga y brillantísima vida por vivir. Pero yo sé que sólo tengo mis propias palabras que me vuelven”.

Aquí la palabra aparece como el refugio del devenir, como lo permanente en medio del cambio, como aquello que no sucumbe al fragor del movimiento, como aquello siempre pronunciable.

La palabra se repite en el espacio, es eco que se duplica para volver a ser uno, aunque una y mil veces reiterada conserva la constancia de permanecer aquí y ahora; se sumerge para renacer inalterable.

La voz que pronuncia se alza al silencio, precisa el momento sin antes ni después, conmueve el instante, se eleva al porvenir, remonta lo pretérito, se sabe “hoy”, resiste al cambio, lo excede.

La literatura conspira contra el paso del tiempo, el artista prefigura su obra en un momento, en una época pero su fin es el suceder; lo que se manifiesta es expresión acabada de una existencia efímera enmarcada en una imagen subvertida que relampaguea.







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