Sociedad

#NoDamosVueltaLaPágina

Memorias de una infancia en dictadura

Nacer entre sirenas y silencios. Crecer entre bicicletas y cuarteles. La infancia que nos robó la dictadura.

Luis Bel

@tumbacarnero

Martes 24 de marzo | 09:27

El innombrable

La primera vez que escuché no nombrarlo era apenas yo un niño. Volvíamos de la casa de mi abuela en el Renault Gordini de mi viejo y en la radio ya se hablaba del retorno de la democracia. “Quizás ahora regrese” tiró mi vieja como si se le hubiera escapado un pensamiento. “¿Quién?”, pregunté curioso: “El hermano de tu papá que se fue a estudiar a los Estados Unidos”.

La segunda fue durante el Juicio a las Juntas, cuyas vicisitudes eran transmitidas en vivo por todos los noticieros del país. “Hijos de puta, pobrecito mi cuña”, murmuraba mi vieja entre lágrimas al escuchar los testimonios que narraban el horror al mundo.

Luego recuerdo que los escuché no nombrarlo infinidad de veces más: como cuando mis viejos, junto a mi abuela, recorrían brujas y videntes entregando fotos y objetos personales: “Me dijo que lo vio... Me lo describió tal cual es, con rulos y ojos azules. Estaba tocando la guitarra”, decía mi abuela al regresar al auto con un brillo esperanzador en los ojos.

Tampoco se lo podía nombrar durante algunos días de diciembre y otros de abril, en los que había que quedarse a dormir con la nona porque se “ponía sensible”. “Son fechas especiales” decía mi vieja.
Y ahí andaba mi abuela en esas fechas especiales, rosario en mano, orando bajito, llorando por los rincones.

Al que más escuché no nombrarlo fue a mi padre y nunca supe bien el porqué. Como si para él nunca hubiera existido.

Pero si tengo que decir un lugar en donde parecía estar prohibido hasta el pensarlo, ese era la casa del cuñado de mi abuela: un coronel retirado del ejército, adonde íbamos cada tanto para algún cumpleaños.

Y así fue pasando el tiempo y el silencio, que de tanto no nombrarlo, estaba más presente que ninguno.

Recuerdos que mienten poco

Dice la neurociencia que recordamos poco y nada de nuestros primeros años (”amnesia infantil”, le llaman), que retenemos cosas sueltas, piezas de un rompecabezas que quedaron bajo la cama juntando pelusa.

Pues yo recuerdo estar jugando entre los caños de la mesa redonda del living mientras se gritaban los goles de Kempes en el 78, recuerdo que mi viejo una vez trajo un televisor con VHS incorporado, una rareza para la época. Me acuerdo que venía con una cinta de Armstrong caminando en la luna de regalo. Recuerdo las largas caminatas con mi hermano mayor hasta la escuela Antártida Argentina que quedaba en el barrio militar al otro lado de la ruta. Los pastos blancos por la escarcha, los soldados con el FAL asomando por las capas verdes, buscando nuestros nombres en una lista. Los chocolates calientes que nos daban los conscriptos para las fechas patrias. Los Hércules escupiendo diminutos paracaidistas y los simulacros de evacuación durante la guerra de Malvinas. Recuerdo que la escuela nos llevó de excursión a La Perla cuando iba a segundo grado. Recuerdo mucho ladrillo visto y más chocolate.

También se me cruza por la cabeza toda la familia apretujada saliendo a bocinear en el Torino familiar tras el triunfo de Alfonsín en el 83.

Y por supuesto recuerdo cuando mi vieja lo nombró por mi primera vez y con lágrimas en los ojos me contó la historia del “tío Jorge”.

Postales verdes

Llegaba a la casa semana tras semana “El Diario del Juicio”. Cuando mi viejo se iba al taller, yo se lo leía a mi vieja. Me gustaba mucho leer, esperaba ansioso todos los meses un nuevo número de la colección Mis Libros. En esas páginas viajé con Verne y resolví crímenes y misterios con Leroux, o con el padre Brown de Chesterton.

A mi vieja se le humedecían los ojos al escuchar los testimonios, mientras lavaba los platos, amasaba la pizza o tendía los pañales a que se blanquearan al sol.
A veces me hacía una señal para que pare y se secaba los ojos con el delantal. "Seguí", me decía.

En esas páginas descubrí tempranamente el horror.

También el dolor.

Era un dolor extraño, omnipresente, que en los 80 era una especie de mácula, de marca de Caín, aunque se respirara en todos los ambientes de la casa, aunque te tropezaras con él en cada esquina. A veces transformado en una especie de culpa que nunca te dejaba ser feliz del todo. En ausencia que saturaba los espacios.

No damos vuelta la página

Después vinieron la sentencia, los levantamientos carapintadas, la obediencia debida, los indultos, los escraches, la Memoria, la Verdad y la Justicia como estandarte, como grito de guerra. Y el dolor se transformó en lucha, en militancia, en no bajar los brazos porque sabemos que ante cada paso cedido del otro lado se avanza.

En estos años difíciles, de reinstalación de la teoría de los dos demonios, de prisiones domiciliarias, de intento de reconciliación con los genocidas, de llamar “incoductas” al plan sistemático de exterminio realizado por el terrorismo de estado; en estos tiempos de extrañeza, de pandemia y cuarentena, de fuerzas represivas nuevamente en las calles, tenemos que gritar más fuerte que nunca, por Jorge, por los y las que ya no están, por Santiago Maldonado, por Rafael Nahuel y por aquellos y aquellas que quedamos.

¡Ni olvido, ni perdón! No hay reconciliación con aquellos que cada día renuevan su delito, y que hoy nos siguen ocultando el destino de las y los desaparecidos, de las y los bebés expropiados.

Por 44 años de lucha:

¡30 000 compañeras y compañeros desaparecidos, presentes! ¡Ahora y siempre!

Acá no se da vuelta ninguna página.







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