Géneros y Sexualidades

DIARIO DE VIAJE

“Me love you long time”

El turismo sexual es, actualmente, una de las industrias más rentables de la economía del sudeste asiático. Las tropas norteamericanas apostadas en la región durante la Guerra de Vietnam constituyeron la primera clientela de un negocio ilegal que se asienta en la pobreza y la explotación de las mujeres de los países oprimidos.

Viernes 16 de octubre de 2015 | Edición del día

Foto: Luna Payà

En la cosmopolita “aldea de la ciruela silvestre” no hay horas preestablecidas para el trabajo, el ocio y el descanso. La ciudad se agita constantemente en su sitio, se retuerce como una babosa quemada por la sal. Cuando los aviones aterrizan en el aeropuerto de Bangkok, los turistas no logran adivinar en qué hora del día o de la noche se encuentran: la ciudad siempre bulle, sumida en una neblina densa y pegajosa, apenas perforada por fantasmagóricas luces de neón. Veinte millones de habitantes parecen haber acordado en qué horarios circular con sus enjambres de motos y bicicletas, trenes aéreos, ómnibus y tuc-tuc, para que Bangkok siempre esté despierta y activa. Y mientras la marea humana se desplaza ágilmente bajo los tentáculos infinitos de una red ilegal de cables de electricidad y telefonía, los templos y palacios de porcelana y oro refulgen en su quietud y silencio sagrados.

El camino desde el aeropuerto hasta el hotel está sembrado de puestos callejeros que ofrecen teléfonos celulares, guirnaldas de caléndulas y jazmines frescos, pescados recién asados sobre el capot caliente de una camioneta, vestidos de seda, aromáticas especias, calculadoras, monos que chillan en sus jaulas precarias, sombreros de bambú, pringosas sopas de color oscuro, cangrejos que intentan huir del canasto que los retiene, budas de piedra, de madera, de jade, de plástico. Los olores, invasivos para el olfato europeo, incitan, desalientan, seducen y provocan arcadas. Las aguas del Chao Praya, que hacen de Bangkok la Venecia de Asia, embellecen los parques y embarcaderos de los hoteles de cinco estrellas y se estancan en los klongs, pudriéndose con los deshechos que arrojan las familias hacinadas, a su vera, en desvencijadas casillas.

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Donde hay hoteles y paseos para los turistas, hay locales que ofrecen masajes. Los signos del alfabeto tailandés, imposibles de descifrar para los occidentales, no permiten distinguir la oferta de masajes terapéuticos de la oferta enmascarada de prostitución. Los carteles en inglés no ayudan lo suficiente; los eufemismos, en ocasiones, pueden atraer a clientes equivocados. Pero hay algunos dibujos o fotos que nos indican si estamos ante lo que buscamos: masajistas y clientes vestidos con batas blancas cruzadas, como las que se usan en las artes marciales, dan la pauta de que allí no se paga por sexo. La diferenciación es necesaria, porque todo se vende y se compra en Bangkok, incluso 60 mil niñas menores de 13 años, cada una de las cuales puede ser adquirida por 2 mil bats, poco menos de 60 dólares.

Los ingresos generados por la prostitución representan el 3% del PBI de Tailandia. Al menos el 10% de los dólares que ingresan al país los turistas, se gastan en la ilegal industria sexual donde son explotadas entre 200 y 300 mil personas. Pero si se incluye a los proxenetas, los propietarios y empleados de los locales dedicados al sexo y los shows relacionados con la industria sexual, la cantidad de personas vinculadas directa o indirectamente a la economía de la prostitución, asciende a varios millones. La red de trata más grande que opera en el sudeste asiático radica en Tailandia. Las mujeres vietnamitas, malayas y laosianas secuestradas en sus países de origen son trasladadas al antiguo reino de Siam, donde junto a las mujeres y niñas nativas son obligadas a satisfacer la demanda de turistas provenientes de todos los puntos del planeta. Hombres que añoran satisfacer sus fantasías de dominación masculina, lejos de sus países de origen, donde las conquistas de los movimientos feministas ponen un límite a sus deseos de apropiación, humillación y consumo de los cuerpos de las mujeres.

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“Me so horney”, dice la prostituta a dos jóvenes soldados norteamericanos, en la famosa escena de la película Full Metal Jacket, sobre la guerra de Vietnam. “Me so horney. Me love you long time. Me sucky sucky.” En un inglés rudimentario, la mujer les sugiere su oferta de sexo. Centenares de miles de mujeres habrán repetido esas palabras durante los más de quince años en que las tropas norteamericanas se apostaron en la región. Tailandia aportó más de 11 mil soldados a las fuerzas imperialistas, además de permitirle a Estados Unidos operar bombarderos, cazas, aviones de reconocimiento y establecer un Centro de Vigilancia de la Infiltración en su propio territorio. Pero además, sus ciudades fueron el destino para el descanso y la recreación de miles de soldados norteamericanos durante más de una década. La masculinidad de las tropas se adiestraba a través de la prostitución y la pornografía que cosificaba a las mujeres, como al enemigo: se trataba de instruir en el dominio del “otro”. La virilidad de un soldado norteamericano, agresiva y dominante, se oponía por el vértice a la feminidad construida del enemigo a quien había que combatir, desarmar, destruir, poseer, aniquilar. Aún durante el descanso, las tropas seguían entrenando para la guerra, sobre los cuerpos de las mujeres asiáticas.

Cuando terminó la guerra, Tailandia contaba con una enorme y ociosa capacidad instalada para la industria sexual. La prostitución militar estadounidense fue la base para el desarrollo de la industria del turismo sexual que, a su vez, fue un motor para la economía del país en las décadas neoliberales que le sucedieron a las de la guerra. Hoy, las finas y entrenadas manos de las mujeres tailandesas que aprendieron las milenarias técnicas del masaje intentan diferenciarse, con una bata blanca, de las manos de las jóvenes obligadas a acariciar los cuerpos sudorosos del extranjero. Ellos siguen llegando hasta las exóticas ciudades del sudeste asiático donde, como un ejército de ocupación y con algunos pocos dólares, consiguen satisfacer las fantasías sexuales imperialistas, explotando los cuerpos femeninos de los países sometidos.







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