Política

ASAMBLEA LEGISLATIVA

Mauricio Macri: el discurso de las ausencias que ocultan la verdad

Un análisis del primer discurso de Mauricio Macri como presidente. Los eufemismos que se esconden detrás de las frases vacías.

Fernando Rosso

@RossoFer

Jueves 10 de diciembre de 2015 | Edición del día

Foto: Presidencia de la Nación

La ausencia de una gran parte del bloque del Frente para la Victoria no fue la única en el discurso de asunción de Mauricio Macri como presidente de la Nación.

El flamante mandatario continuó durante gran parte de su alocución frente a la Asamblea Legislativa, el “relato” que desplegó durante la campaña electoral caracterizada por el tono de charla motivacional, al estilo de las recomendaciones de su asesor político, Jaime Durán Barba. Habría que avisarle que ya pasó la etapa de “el arte de ganar” (mucho de ese arte se lo debe al kirchnerismo) y debería pasar a la fase de “el arte de gobernar”.

Algunas frases como "quiero decirles desde el fondo de mi corazón que estoy convencido de que si los argentinos nos animamos a unirnos, seremos imparables”, o “la confrontación nos ha llevado por caminos errados, somos pasionales pero a veces crean conflictos innecesarios (…); marcaron gran parte de su discurso.

Esquivó definiciones precisas sobre los temas más candentes que azotan a la realidad nacional, sobre todo los graves problemas que tiene una economía que llega exhausta al fin de ciclo kirchnerista.

Cuando se refirió de manera tangencial a estas cuestiones realizó definiciones algebraicas y abstractas tales como que el Estado “va a estar donde sea necesario”, que se va a “universalizar la protección social para que ningún chico quede desprotegido” o que hay que “multiplicar los puestos de trabajo”. Aunque, a renglón seguido aseveró que se necesita una inversión “inteligente y expansiva”.

No habló, o más precisamente ocultó el plan que vienen anunciando los miembros de su Gabinete: la devaluación, la baja de las retenciones a la “patria sojera”, las negociaciones con los “fondos buitre” que ya están en curso y el recorte de subsidios que llevará tarde o temprano a los tarifazos en los servicios públicos.

La “revolución educativa” tuvo el mismo nivel de abstracción que el plan de “hambre cero”, que pasó a convertirse en un “horizonte” en el país que produce alimentos para 400 millones de personas.

Las paritarias o el impuesto al salario tampoco estuvieron presentes en el discurso de Macri, que no reafirmó la promesa con respecto a este punto nodal que generó el malestar de una fracción minoritaria, pero significativa del movimiento obrero sindicalizado con el gobierno de Cristina Fernández. Los jubilados y el 82% también brillaron por su triste ausencia.

Tampoco se refirió a su intención de avanzar hacia un nuevo alineamiento internacional para volver a relaciones más íntimas con potencias imperiales como Estados Unidos o algunos países de Europa. Sobre este punto sólo sentenció que hay que apuntar a un “nacionalismo sano”.

En el tramo más “político” de su presentación, destacó que no habrá tolerancia con la corrupción, lo que puede leerse como un mensaje a los funcionarios del gobierno saliente.

El relato de la “guerra” contra el narcotráfico tuvo el mismo nivel de concreción y estuvo a la altura del otro objetivo que, junto a la “pobreza cero”, conformaba el tridente de sus principales promesas: “unir a los argentinos”.

El llamado a la unidad y al consenso se dio de frente con la amplia ausencia de la bancada del FpV (mayoritaría en el Senado y primera minoría en Diputados). El presidente que viene a “unir a los argentinos” asumió con una crisis política por la “batalla” que se desató entre la camarilla entrante y saliente y que terminó en el despacho de la jueza María Romilda Servini de Cubría. La jueza que tuvo la imprudencia de nombrar por 12 horas un presidente del PRO, Federico Pinedo. En ese marco, la afirmación del nuevo presidente de que “no habrá jueces macristas”, fue quizá el momento más divertido de su aburrido discurso.

Pero en la entrelínea del nuevo “relato” oficial que habrá que aprender a discernir en la nueva etapa de la Argentina, se dejaron ver algunas definiciones bajo el formato de eufemismos vacíos.

El llamado a la “vocación docente” significará en los hechos una afrenta contra el derecho a la lucha y a la huelga de los castigados trabajadores de la educación. Una embestida que la expresidenta había convertido en uno de sus hobby preferidos.

La “inversión inteligente y expansiva” (sin hablar de las paritarias y el salario) significará que la “multiplicación de los puestos de trabajo” se buscará canjeando el empeoramiento de las condiciones de trabajo y los salarios. Combinado con la devaluación, ésta será la “persuasión” para las inversiones que tengan garantizada rentabilidad, que es la única “inteligencia” que el capital reconoce como válida.

El llamado a un “nacionalismo más sano” implicará una nueva hipoteca nacional con un ciclo de endeudamiento y convertir al país en un territorio liberado para los buitres (un camino que había iniciado el kirchnerismo y que no le dejaron culminar).

En el futuro se verán las consecuencias de la intrepidez de no enviar ningún mensaje a la clase trabajadora (y ni siquiera un guiño a la burocracia sindical), en un país donde pelearse con el movimiento obrero es como pelearse con la historia (el kirchnerismo en general y el cristinismo en particular pueden dar cuenta de esta “contradicción”).

El gobierno saliente rompió con el movimiento obrero (y esto se expresó muy distorsionadamente en la pelea con los dirigentes) por su “frepasismo rabioso” y pequeñoburgués; el entrante lo ningunea con prepotencia de los dueños que a partir de hoy atienden el país. Beatriz Sarlo debería analizar si hubo cálculo en esa “audacia”.

La combinación de todo este paquete de eufemismos con la máxima mayor: “hacer todo dentro de la ley”, es un mensaje para la protesta social que el ajuste provocará inevitablemente.

Pasado el espectáculo del escandaloso traspaso, Macri deberá descender al desierto de la compleja realidad nacional.

Las mayorías obreras y populares deberán preparar la resistencia, porque detrás del fraseo acuoso y descafeinado del líder amarillo, el nuevo presidente se propone, efectivamente, unir a los argentinos.

Unir a los dueños de la patria en un plan de guerra para que la crisis la pague la Argentina profunda.







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