Cultura

LITERATURA

Más allá de los tejados

Sobre La Rosa Roja, de Kate Evans, biografía gráfica sobre la vida de Rosa Luxemburg. "Yo la vi entre las obreras, con una campera azul, pintando una bandera, despeinado su rodete, agachada, “que no tengan paz los empresarios”.

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Viernes 7 de julio | Edición del día

Ella, en mi mesa de luz, cada noche, tras la larga jornada, algunos días trabajando y militando, otros, trabajando y visitando a las obreras de Pepsico, en lucha por la reapertura de la fábrica.

Ella, Rosa. Y los aviones creando aeropuertos de muerte entre las raíces de su pelo. La Rosa Roja. Me pongo los lentes, la vista cansada, porque el aluminio del papel que envuelve los bombones, después de tantos años, te desgasta.

La leo, cada recuadro de la historieta socialista, revolucionaria. Cada dibujo hace saltar por los aires todo lo que ya fue escrito, todo lo que ya fue convenido. La cabeza apoyada en la almohada, un cosquilleo en los brazos, producto del cansancio, se adormecen los músculos, la espalda tensa. La plusvalía y el capital, en un juego de cucharas. Rosa didáctica, enternecedora, clara, enorme. “Pobres cucharas trabajadoras. Sus trabajos son tan aburridos. En lugar de trabajo cualificado y por oficio, trabajan por turnos, de noche, a destajo, morirán jóvenes, por exceso de trabajo y morirán pobres.” –dice, y pienso en mis compañeras, en sus tendinitis, en el hacinamiento de los vestuarios, en los bancos de madera en los sectores, que dañan nuestra columna vertebral. Pienso en las obreras de Pepsico, que le están dando al conjunto de la clase trabajadora, ejemplo de lucha, tradición y escuela de obreros revolucionarios. Por eso Rosa sigue: “¡Pero miren! ¡Ustedes son muchos! ¡Pueden unirse; darse cuenta de su fuerza! ¡Y tirar abajo a sus opresores! ¡Y así es como se derrumba al capitalismo!

Esa pequeña mujer se vuelve gigante, la historieta la muestra luchando, amando, soñando, despertando, asomada a la ventana de un patio gris, rodeada de altos tejados y aún así, escribe: “Creía firmemente que la ‘vida’, es decir, la ‘verdadera vida’ estaba en algún lugar muy apartado, lejos, del otro lado de los tejados.”

Y así a dormir cada noche: imaginando a esa pequeña mujer torbellino, caminando con su rodete un poco despeinado, contra el viento, por la Av. San Martín, doblando en Posadas, deteniéndose antes para comprar tortilla caliente para las obreras que están peleando, contra el cierre de su fábrica. Esa mujer pequeña, torbellino, a la que por la columna cervical le suben ejércitos a la cabeza, le estallan cañones en las sienes, y ella, anteponiendo la lucha de clases a una guerra cruel, desigual y brutalmente imperialista, se sacude las divisiones políticas que caen de sus pestañas, de sus párpados apretados de dolor y entra a la carpa de esas otras mujeres, donde la reciben con un mate, para escucharla hablar de liberación de la clase obrera, de las multinacionales explotadoras, de pájaros y gatos, porque ella es así.

Podrán estallarle cadáveres, que antes han sido soldados, que antes han sido obreros y campesinos, en su cabeza, pero ella no dejará de gritar, de escribir ardientemente que el único remedio ante el flagelo del hambre, de la guerra, es la revolución.

Me llevó unos días culminar su lectura. Mientras yo cerraba el libro cada noche, ella iba recortando su cabello, enamorándose, aprendiendo a no poseer, a liberar. Rosa despertaba conmigo y caminábamos hasta la fábrica. Ella no dejaba de observar el rocío de la madrugada, las luces de los autos, las bicicletas llevando a la gente a trabajar. Con su largo vestido y de sombrero iba Rosa. Llegábamos a la fábrica, me despedía en la puerta. Decía: “hoy no, hoy no te vas rendir, no te vas a entregar”. “Vos tampoco”, le decía yo.

No era esa su intención. Pero los pájaros y los gatos que la esperaban, la extrañaban mirando ventanas infinitas.

“¿Debemos aceptar la guerra impunemente? Si ellos esperan que asesinemos a nuestros hermanos extranjeros, digámosles ¡NO! ¡BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA!”

Tan clara su proclama, tan justa, que no se hizo esperar el castigo a su osadía, desafiar de esa manera a un régimen opresor, asesino, déspota. En Alemania, más tanques de guerra treparon por su columna, cruzaron las fronteras, mataron. A Rosa le estalló el cuerpo, con lágrimas de horror, tristeza e impotencia.

Ella, la mujer pequeña, recibió un estruendoso ruido en su interior, la llevaron bajo la luna, a la intemperie su cuerpo, rumbo al río.

Mientras, yo la vi entre las obreras, con una campera azul, “Pepsico” dice el bordado blanco en la tela. La vi pintando una bandera, despeinado su rodete, agachada, pintaba: “que no tengan paz los empresarios”.

Ella, La Rosa Roja, desde las aguas profundas, no se ahoga, renace por el pan y por las rosas: “… Y en la oscuridad, le sonrío a la vida, como si supiera algún secreto mágico que pudiera desmentir todo lo malo y lo triste, y lo convirtiera en mucha luz y felicidad. Y busco la razón para tener tanta alegría. No encuentro nada y tengo que reírme otra vez de mí misma. Yo creo que el secreto no es otra cosa más que la vida misma”

Cierro el libro, mi gato duerme sobre mis piernas, todo está bien. En cuatro horas suena la alarma para ir a trabajar.

Ella, la mujer pequeña, torbellino, dice que mi lucha y la de ellas, las mujeres de Florida, hay que ganarla, porque más allá de los tejados, está la vida.

“¡El orden reina en Berlín!” ¡Esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana, se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y proclamará para terror vuestro entre sonido de trompetas: ¡FUI, SOY Y SERÉ! Rosa Luxemburg








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