Política

OPINIÓN

Maldita década ganada

La ingenuidad política y las ventajas del desaparecedor. La patria podía ser “el otro”, pero a López lo borraron del mapa. Y aunque Jorge Julio nunca estará solo, los criminales siguen tranquilos.

Daniel Satur

@saturnetroc

Martes 20 de septiembre de 2016 | Edición del día

Foto: el Servicio Penitenciario acompaña a Miguel Etchecolatz, que lleva un papel en el que se escribió "Jorge Julio López"

“Apenas asumió la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner dijo por cadena nacional que se encuentra ’realmente muy preocupada por el compañero Jorge Julio López’. Y anunció que dará la orden inmediata a todos los estamentos del Estado, fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia para que entreguen a una comisión conformada por organismos de derechos humanos todos los archivos en su poder que refieran a la investigación o derivados del caso de la desaparición del testigo del juicio al genocida Miguel Etchecolatz. ’En este país nadie puede desaparecer forzadamente sin que el Estado lo encuentre de forma inmediata. Para eso tenemos la tecnología y la decisión suficientes. Por eso confío en que no tardaremos mucho en encontrar al compañero Jorge Julio López y en castigar con todo el peso de la ley a los responsables’”.

El 9 de diciembre de 2007, un día antes de que la Casa Rosada tuviera nueva ocupante, la periodista del diario de La Plata redactó ese borrador, pensando en adelantar trabajo. No podía explicar por qué imaginaba que Cristina Fernández podía llegar a decir esas palabras al momento de asumir la presidencia de la Nación. Pero lo imaginaba como posibilidad. Y además lo ansiaba.

Pero no. La presidente Cristina Fernández de Kirchner no mencionó el caso de Jorge Julio López ese día. Ni ningún otro. No al menos en público y ante cámaras. Es más, casi nunca lo hizo previamente, cuando era “primera dama” y el caso estaba en boca de todo el mundo.

Eso que había imaginado la periodista de La Plata, ese 9 de diciembre, era muy poco probable. Porque en diciembre de 2007 Julio López ya llevaba un año y tres meses desaparecido y desde el Estado que comandaba el esposo de la “primera dama” se había hecho todo lo posible para consumar la última desaparición de López, la del discurso público y de los medios. Cómo olvidar que por entonces Kirchner le regalaba a Clarín la fusión de Cablevisión y Multicanal. Así que si “la corpo” colaboraba con el operativo olvido, estaba todo encaminado.

Ahora, cuando se cumplen diez años de la desaparición de Julio López, con una causa en la que no hay un solo imputado, en la que no existe un indicio de su paradero y en la que ni siquiera se maneja una pista más o menos firme, es casi obligado cuestionar tamaña ingenuidad de la periodista del diario de La Plata.

Hubiera sido mejor no tener que denunciar a Aníbal Fernández por haber dicho que “Julio López capaz está en la casa de una tía”; ni tener que escribir que lamentablemente Hebe de Bonafini sembró sospechas sobre el propio López en lugar de exigirle al Gobierno que mueva cielo y tierra para encontralo. Pero fue así.

Haber contado la historia de Julio López en cada aniversario, sin poder dar cuenta de novedades en la causa, se hizo desgastante y perturbador. No poder dar la buena noticia de que “al viejo” lo encontraron vivo y en buen estado de salud; o al menos que se encontró a los responsables y serán juzgados con todo rigor; terminó siendo insultante.

A Julio López lo secuestraron en las cercanías de su barrio, Los Hornos. No se sabe si lo levantaron en la calle o él ingresó a algún lugar voluntariamente. Pero sí se sabe que él esa mañana quería ir al centro de La Plata, a presenciar el juicio contra Etchecolatz. Él no quería perderse los alegatos de sus abogadas Myriam Bregman y Guadalupe Godoy. Él quería verle la cara a la basura humana y ajusticiar a quien treinta años antes lo picaneaba mientras le decía “ahora acá vas a sentir, gringo guacho de mierda”.

A Julio López se lo llevaron. Lo escondieron. Lo desaparecieron. Como treinta años antes. Pero en septiembre de 2006 se suponía que no lo podían llevar, esconder, desaparecer. Incluso hubo quienes creían, en septiembre de 2006, que no había que preocuparse por posibles represalias genocidas. Por eso cuando desapareció lo primero que se les ocurrió fue decir “vamos a buscarlo que debe estar perdido”. Y eso se dijo desde el propio Estado, perdiendo aquellas primeras horas en discusiones mediocres sin dar ni medio paso en una búsqueda real. Y lo peor, hubo quienes pretendieron convencer al pueblo de que la desaparición de López era un golpe contra el gobierno.

“Tamaño cinismo no puede durar toda la vida”, reflexionaba la periodista del diario de La Plata el 18 de septiembre de 2011, cuando en el quinto aniversario de la desaparición seguía habiendo quienes se negaban a hablar de López y, ni hablar, a marchar a la Plaza de Mayo a exigir la aparición con vida del “compañero Tito” (como alguien le supo llamar alguna vez). Tamaña ingenuidad.

Ya escéptica, al cumplirse el noveno aniversario, el año pasado, la periodista de La Plata decidió escribir un poema, publicarlo en su Facebook y faltar ese día al trabajo para no tener que ir a cubrir la marcha. El poema está escrito con bronca y desde las venas.

Creí que lo devolvían
Creí que volvía al pueblo
Creí que respondían al reclamo
Hasta creí que todo podía ser bueno

Me dieron pocas razones
Me enrostraron injusticia
Me dieron ganas de matarlos
Hasta me dieron miedo y deriva

Me fui dando cuenta de a poco
Me fui poniendo mala y fría
Me fui convenciendo de canalladas
Hasta me fui, para no acabar vacía

“Él, personalmente, le digo a todos los que están presentes, él personalmente dirigió la matanza esa”, decía en los tramos finales de su declaración testimonial Jorge Julio López a mediados de 2006. “Él” era Etchecolatz, el que en sus últimas palabras antes de recibir la condena a reclusión perpetua les dijo desafiante a los jueces “no es este tribunal el que me condena, son ustedes los que se condenan”.

Durante mucho tiempo, cada vez que por cadena nacional se dijo “la patria es el otro” o “esta fue una década ganada” la imagen de Jorge Julio López se posó en muchas mentes, como una marca a fuego. Una imagen que aparece aún hoy. Una imagen, o una secuencia de imágenes, en la que el viejo albañil de Los Hornos se cruza con el maestro neuquino y con el pibe de gorrita de La Matanza y con los inmigrantes del Parque Indoamericano y con los qom formoseños y con el estudiante Mariano Ferreyra. Y con los 51 que se tragó el tren. Y con los 194 que se morfó Cromañón. Y con los más de 90 que consumió el agua en La Plata. Y con las más de 3 mil mujeres que dejaron su vida en una clandestina clínica por querer ejercer su derecho a decidir sobre su cuerpo.

¿De qué década ganada hablaban? ¿De la década ganada por los criminales que se “chuparon” a López? ¿De la década en la que pactaron con el aparato sanguinolento plagado de violadores, ladrones, secuestradores y mercenarios? ¿De la década en la que no movieron ni un pelo para buscar al viejo albañil de Los Hornos?

Posiblemente la periodista del diario de La Plata a esta altura no busque comprender la razón última por la cuál ningún gobierno hizo ni va a hacer nada por Julio López. El exquisito respeto a las instituciones hizo su aporte. La necesidad de reconstruir un régimen maltrecho en 2001 fue el motor del silencio. Y la obligación, en última instancia, de salvar al Estado capitalista de conjunto fue el combustible esencial para la consumación de la impunidad.

La década, tu década, Julio, la ganaron los criminales. Pero no estuvieron solos. No. Contaron con la inestimable ayuda de presidentes, gobernadores, secretarios de Derechos Humanos, empresas periodísticas y algún que otro intelectual.

Pero no creas que estás solo, Julio. Acá y allá hay miles y miles que siguen levantando la voz en tu nombre, que agitan bien alto tu bandera, que dan testimonio contra los mil y un Etchecolatz que hoy siguen gozando de buena salud.







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