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Macrofísica del poder

Relaciones carnales, primeras damas, trabajo esclavo. ¿Es verdad que el poder calienta?

Sábado 2 de abril de 2016 | Edición del día

Fotografía: EFE

Pero entonces es verdad aquello que tantas veces se dice: aquello de que el poder calienta. Yo lo había oído decir, por supuesto, pero hasta ahora lo había interpretado de manera más bien desvaída, igual que cuando se habla, por ejemplo, de la “seducción” del poder. Y no es eso, es más que eso: es calentarse. Ni siquiera cuando, hace unos años, se habló de “relaciones carnales” respecto de los Estados Unidos, acabé de entenderlo del todo, porque di en tomar esa expresión con carácter más bien metafórico, una analogía inmaterial solamente, carnalidad sin carnadura.

No es sino ahora que advierto mi error. No es sino ahora, al ver la foto de Juliana Awada caliente con Barack Obama, cachonda con Barack Obama, libidinosa con él. Sin ninguna metaforicidad y sin ningún desvaimiento: sin poder aguantarse las ganas de meterle la mano un poco, aunque sea por arriba del sueter. Cuerpo a cuerpo, como quien dice, deseosa de envolver, de apretar, de sentir. ¿La calienta Obama? La calienta el poder. Mauricio ante eso se sabe en menos, y advierte que tiene que quedarse en el molde. Porque él mismo, al fin de cuentas, no ganó sino con ese truco; si ahora, en Bariloche, y por un rato, le toca un poco perder, se la tiene que bancar y lo acepta. ¿O no es notorio, si uno se fija, que también a él, en cierto modo, la visión del poder lo calienta? A su esposa podría decirle, con esa letra de canción de cancha que es la música que más sabe: “Juliana, decime qué se siente”.

Alguna vez, Jorge Luis Borges, que, contrariamente a lo que supusieron unos cuantos, de sexo y de deseo entendía mucho, escribió un cuento sobre una mujer que cambia dos veces de hombre, y suma tres, los tres en una misma noche. La atrae siempre el más valiente de todos, el más varón, el de más temple. En eso es constante. Pero apenas aparece algún hombre que resulta de más coraje que el suyo, no duda en pasarse al forastero. Y apenas a ese forastero lo arregla otro más hombre, no duda en pasarse otra vez.

¿Machismo? Machismo, claro. ¿Pero acaso no es un lastre machista, con el que lograremos acabar algún día, esta figura de “primera dama”, por la cual una mujer se ve obligada a cambiar de hábitos y ocupaciones, supeditada al trabajo que le salió al marido? A Obama y a Juliana Awada al menos no les faltaría, o no les habrá faltado, un buen tema de conversación. Él evocando a sus bisabuelos, a sus tatarabuelos; ella charlando sobre empresas familiares. ¿El tema? Trabajo esclavo, claro está.







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