Política

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Macri y las aguas de marzo

Casi dos meses de gobierno de Cambiemos, la “luna de miel” es un sueño eterno, hasta que se termina. Las consecuencias sociales del ajuste y la política que trata de ordenar lo que no ordena la promesa incumplida de la economía. Si no se adelanta para febrero, marzo viene con probabilidad de "precipitaciones".

Fernando Rosso

@RossoFer

Miércoles 3 de febrero de 2016 | Edición del día

Pasaron los primeros cincuenta días y comienza el principio del fin del “romance”, la “luna de miel” o como se llame ese periodo de gracia que tiene todo gobierno que asume con respecto a su relación con la mayoría de la sociedad.

Los primeros dos meses coincidieron, además, con las vacaciones y descanso anual. No funciona el Congreso que Macri se encargó de mantener cerrado hasta marzo porque no convocó a sesiones extraordinarias.

Con una ráfaga de medidas comenzó un programa de ajuste que es todo lo neoliberal que permite la relación de fuerzas, sobre todo en lo que se refiere a afectar derechos sociales. Con avances efusivos y retrocesos parciales impulsó despidos masivos en distintos niveles de las administraciones estatales con el método de la “inversión de la carga de prueba”: primero viene el despido y después el relevamiento sobre su actividad laboral.

Eliminó las retenciones en general, bajó las de la soja en particular y devaluó la moneda. Luego de acariciarles generosamente el bolsillo a los dueños de la tierra y a los monopolios cerealeros, les habló con el corazón. Pero fieles a su naturaleza respondieron con el otro bolsillo y no liquidaron todo lo prometido, mientras se mantienen en la dulce espera de una nueva “corrección del tipo de cambio”.

La inflación que se fue para arriba por una combinación de los desequilibrios de la economía heredada y el anuncio (y luego efectivización) de la devaluación, combinado con la apertura de la economía, están profundizando la recesión que genera los primeros despidos en el sector privado (construcción e industria).

La última medida ofensiva y directa fue el tarifazo eléctrico (y el anuncio de aumentos en otros servicios públicos), otro manotazo al bolsillo popular que comenzará a sentirse más o menos inmediatamente.

El grueso del sindicalismo burocrático se apresta a “canjear” la baja del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias aplicado sobre el salario y la actualización de las escalas, por paritarias tranquilas. Un impuesto injusto que afecta a la mayoría de sus representados que son una minoría en el conjunto de la clase trabajadora.

Un plus para alcanzar este manso “consenso” mudo fue la jugosa entrega del control y los fondos de las obras sociales. Salvo que el techo que agitó el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, se pretenda imponer rígidamente sobre la “negociación libre” de la que habló el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, la mayoría de la dirigencia sindical está dispuesta a ese intercambio desigual y combinado (desigualdad a la baja para el conjunto de los trabajadores y crecimiento para arriba de las arcas de la burocracia).

En el sector estatal, donde se están produciendo los despidos y entre los docentes la tarea es más compleja. ATE debió convocar a un paro contra las cesantías para el 24 de febrero y la primera reunión por la paritaria docente en la provincia de Buenos Aires terminó sin acuerdo alguno y con casi veinte puntos de diferencia entre la oferta y la demanda, con serio riesgo de que se empuje a resolver la pulseada con la mano invisible de la lucha.

Los primeros cincuenta días tuvieron otra ventaja para Macri y Cambiemos: no hubo oposición política tradicional. El peronismo está en una deliberación gourmet con comidas, asado y vino, con rechazos declamativos por acá y pataleos estridentes por allá, pero sin conformar una oposición política seria. En Diputados se astillaron para no doblarse, pero ni los halcones ni las palomas, significan un obstáculo para la avanzada de Macri: unos dicen que hay que colaborar con la “gestión” del gobierno, mientras los “oposicionistas” vociferan que están… preocupados.

Las “plazas” con su impotencia incluida, manifiestan varios fenómenos. Por un lado que la “hegemonía” macrista nació débil: construyó una mayoría con la mínima diferencia y un importante componente de voto rechazo.

Pero además, también expresan deformadamente el malestar generado por partida triple: por los despidos indiscriminados y el “bonapartismo blanco” del macrismo, por la inflación que se agravará con el tarifazo y porque la economía no da signos de mejoramiento.

Todo esto teniendo en cuenta que es un gobierno que ganó tan solo por dos puntos y que una mitad del electorado le fue adverso, con una franja que expresó con su apoyo al mal menor y a la tardía demagogia sciolista, una oposición al ajuste salvaje.

La contradicción central de las plazas reside en el hecho de que sus dirigentes están disputando en la rosca del pejota y La Cámpora directamente en una campaña de afiliación y pensando más en el 2017 que en la realidad actual.

Existe un malestar social en cuarto creciente y una oposición política peronista (y de la dirigencia sindical burocrática) en un quietismo colaborador y cómplice.

El pescado del tsunami de inversiones y la lluvia de dólares que caerían sobre el país está todavía sin vender y sin muchos oferentes en un horizonte internacional áspero y vidrioso. Lo que hasta ahora pudieron mostrar es un tortuoso pre-acuerdo con un sector de los bonistas italianos y unas chirolas de un pool de bancos internacionales que se encargaron de cobrar una tasa menor a la que pagan los bonos argentinos, pero mayor a la que se cobra en otros países de la región.

El naciente macrismo “en construcción” se ve obligado a hacer cierto kirchnerismo en la economía sin convencimiento político (subsidios a las petroleras, “puja” con los buitres), ya que su “modelo” ideal todavía está carente de financistas. Además está determinado por la relación de fuerzas, tanto como lo estuvo el kirchnerismo. El desplazamiento del centro de gravedad del núcleo inicial de la sonriente “Ceocracia” a los rostros pulcros de la “mesa política”, tiene que ver con la administración de estas contradicciones. Hasta el diario La Nación se preocupa y reclama que para el necesario “sinceramiento” de la economía también hay que “hacer política”. El acuerdo con Sergio Massa y el empuje al nacimiento de un ala “moderada” del peronismo son parte de este giro.

En ese contexto, en marzo comenzará a sentirse más generalizadamente la combinación de las consecuencias sociales del ajuste. Además, terminarán las vacaciones y se tendrán que abrir necesariamente las puertas del Congreso y las manifestaciones superestructurales de la relación de fuerzas se expresarán en la rosca política que impondrá un límite objetivo al “decretismo” (si no quiere combinar reclamos contra el avasallamiento de derechos democráticos elementales en combustión con la disminución de las condiciones de vida para darle forma a una tormenta perfecta).

Mientras transitó la llanura de “la luna de miel”, con las expectativas generales favorables o “neutras”, sin oposición en la política burguesa, el macrismo cometió no pocos errores (forzados o no): el nombramiento de los jueces supremos “en comisión”; el papelón de los fugados atrapados y negados tres veces; el abultado presupuesto cedido a la Ciudad en la co-participación, luego corregido pero que unificó la diversidad peronista; e incluso las declaraciones jurásicas del radical en formol, Darío Lopérfido. Todavía están abiertas las consecuencias de la bochornosa detención de Milagro Sala, que será de utilidad política para la “autoridad” de Gerardo Morales en Jujuy y que conforma al núcleo duro del macrismo, tanto como pone expone su revanchismo y ¿pasada de rosca?

Justamente por esta dinámica, alguien comentó: “está bien que el gobierno haga autocrítica de los errores, pero sería bueno también no cometer uno todos los días”.

En el terreno más pantanoso del comienzo del año político se medirá si los integrantes del nuevo Gobierno poseen la presunta capacidad de estadistas posmodernos (que hoy obnubila a cierta patria analítica sensible todo “lo nuevo”) o seguirá con su costumbre de explicar en el país en el que cual el que explica pierde (más aún cuando la economía en caída alimenta el malestar)

El veranito de la “revolución de la alegría” pasa -por ahora-, sin grandes sobresaltos, con pena y sin gloria, pero a partir de marzo parece que las aguas bajan turbias. Como si fuera poco, recién empieza febrero y en la vertiginosa Argentina, para marzo “falta un siglo”.







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