Política

OPINIÓN

Macri: plan de guerra y realidad

Nuevo asesinato y crisis con las fuerzas armadas y de seguridad. A pesar de los dadores voluntarios de gobernabilidad, la relación de fuerzas encuentra la forma de imponerse. El Gobierno avanza en un objetivo importante y se empantana en todos los demás.

Fernando Rosso

@RossoFer

Domingo 26 de noviembre | 00:00

La embriaguez de optimismo por el triunfo electoral de hace un poco más de un mes fue dando lugar a la moderación ante una realidad que sigue empecinada en no adaptarse mansamente a los deseos imaginarios de los gobernantes.

Fuerzas zarpadas

El violento asesinato de un integrante de la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu en Bariloche a manos de uniformados federales, coronó una semana negra para el oficialismo en relación con las fuerzas armadas y de seguridad. También fueron baleados con municiones de plomo otros tres integrantes de la comunidad, en un hecho producido el mismo día del velatorio de Santiago Maldonado. Los miembros de la comunidad fueron atacados cuando regresaban de la montaña en la que se habían resguardado por varios días para proteger su integridad física durante la cacería que desplegaron el pasado jueves 23 de noviembre los miembros de la Policía Federal, en una operación conjunta con grupos especiales Geop y Albatros, con el apoyo aéreo de un helicóptero de Gendarmería Nacional.

Los graves acontecimientos tuvieron lugar cuando el macrismo se disponía a “usufructuar” los resultados de la autopsia sobre el cuerpo de Santiago, para intentar “salvar” la responsabilidad inocultable de Gendarmería. El nuevo hecho de sangre vuelve a confirmar el carácter asesino de las fuerzas de seguridad, agravado por el encubrimiento estatal y la impunidad mediática.

Como en las peores épocas, los diarios Clarín (y su corresponsal policial en el sur) y La Nación salieron a hablar de “enfrentamientos” y “tiroteos” donde los muertos y heridos siempre están del mismo lado.

Un grave hecho que envuelve al Gobierno cuando todavía está abierta la crisis por la desaparición del submarino ARA San Juan y las evidentes impericias oficiales motorizadas por el anhelo de deslindar responsabilidades. "Estaba en perfectas condiciones para navegar" aseguró Mauricio Macri en su escueta conferencia de prensa cuando, según la justicia, las condiciones del submarino aún son materia de investigación. Realizó la afirmación con la misma seguridad con la que Patricia Bullrich sentenció en su momento que la Gendarmería no había ingresado a la comunidad Pu Lof en Resistencia de Cushamen cuando se produjo la muerte de Santiago en el marco de una represión.

Los cisnes no tan negros con las fuerzas del núcleo duro de su Estado tienen lugar cuando el Gobierno se dispone a iniciar su “etapa programática” que ya enfrentó unos cuantos traspiés.

Reformismo remanente

A pocos días de las elecciones generales, Mauricio Macri presentó un plan de guerra anunciado con bombos y platillos ante el establishment económico y político del oficialismo y la oposición tradicional.

Luego se conocieron los proyectos de reforma laboral, tributaria y previsional, como las tres fuentes y tres partes de la nueva era del “reformismo permanente”.

La contrarreforma laboral original contenía 145 artículos, uno más draconiano que el otro. En la primera negociación con el triunvirato de la CGT, el Gobierno debió dejar de lado puntos sustanciales que habían provocado el éxtasis en el universo empresario, mientras generaban preocupación y malestar en el mundo obrero. El retroceso parcial del oficialismo se produjo a pesar de la conducción de la central y no por mérito de una quimérica capacidad de negociación de la que realmente carecen.

El proyecto que quedó en pie, salido del “pacto de la Rural” –inoportuno lugar donde el triunvirato cegetista y el oficialismo concretaron el acuerdo- implicaba igualmente retrocesos en derechos laborales y avance patronal.

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Pese a todas las idas y vueltas, el tratamiento express del proyecto que pretendía llevar adelante el macrismo se derrumbó la semana que pasó y una fracción de la CGT (básicamente, los camioneros conducidos por Pablo Moyano) en alianza con la kirchnerista Corriente Federal de Trabajadores (con eje en los bancarios que dirige Sergio Palazzo) y ambas CTA, se aprestan a marchar el próximo 29 de noviembre “contra las reformas”. Varias regionales de la CGT del conurbano y el interior del país, también se pronunciaron en contra del proyecto.

Con los contornos laberínticos de las superestructuras sindicales y políticas, la relación de fuerzas no deja de manifestarse ante los primeros intentos de ataques certeros y abiertos del macrismo, luego de una década de recomposición social del movimiento obrero e inexistencia de una crisis catastrófica disciplinadora y de cierto gradualismo que todavía permite la capacidad de endeudamiento.

Hood Robin

En el área donde sí avanzó el Gobierno fue en la aprobación de los dictámenes de reforma impositiva y previsional, gracias a la domesticación del peronismo político. El macrismo aprovechó la tierra arrasada de la derrota electoral y el retroceso que significó la pérdida del poder del Estado para un partido que, en los términos del clásico trabajo de Steven Levitsky, había transitado el camino de partido sindical a partido clientelista.

Para imponer este objetivo, el Gobierno usufrutuó un método tan “republicano” como el que utilizó el kirchnerismo para imponer su, ejem…, “hegemonía”: el bonapartismo de la caja. El oficialismo extorsiona a los gobernadores y los gobernadores coaccionan a sus legisladores y entre todos hacen sistema para conspirar contra los jubilados. Un mecanismo al que se puede calificar de cualquier manera, menos de “democrático”. Además, los cañones apuntaron contra el sector más vulnerable en términos de capacidad de defensa: los jubilados y las personas que reciben la AUH y otras prestaciones sociales. Literalmente se arrancarán 100 mil millones de pesos de los bolsillos de 16 millones de personas de las más pobres de la sociedad y se colocarán en las arcas de los empresarios (que se beneficiarán de considerables bajas impositivas), gobernadores y especialmente en las cuentas de María Eugenia Vidal que recibe un regalo del cielo para el fondeo de su próxima campaña electoral. Ni Hood Robin lo hubiese hecho mejor.

La reducción de impuestos y cargas sociales patronales impondrá un desfalco de la ANSES para el retorno, más tarde o más temprano, de un clásico de clásicos del neoliberalismo rabioso: las AFJP o jubilaciones privadas.

Igualmente, todavía queda el tratamiento parlamentario de las reformas donde los legisladores deberán exponerse en la arena pública para aprobar este saqueo y pagar las consecuencias. El triunvirato de la CGT avisó desde Roma, hacia donde huyó luego de la tímida y cobarde capitulación, que no avalaba la reforma impositiva ni previsional.

Es verdad que Cambiemos puede estar aplicando el “método (Esteban) Bullrich”. Aquel que confesaba en una charla académica: “¿Qué hacemos para vencer en la resistencia? [de los gremios NdR]. Primero lanzar muchas iniciativas al mismo tiempo” develaba sin ruborizarse el ahora senador electo por la provincia de Buenos Aires. Y luego aclaraba que trataban de avanzar en alguna de ellas. En este caso, esa sería la jugosa reforma previsional.

Esto es tan cierto cómo el hecho de que presentar un plan global que supuestamente abriría una nueva era y luego no poder cumplir la mayor parte va configurando un escenario que se parece bastante al fracaso.

En este tablero todavía abierto, el peronismo sindical retoma protagonismo pero -parafraseando al General Perón-, no porque ellos sean buenos, sino porque los otros (el peronismo político) está en el horno. El moyanismo, en ese marco, vuelve a buscar su lugar en la historia.

El factor Moyano

“Es usual que la CGT siempre tenga afuera un kamikaze golpeando para utilizarlo en las negociaciones. Pero también es cierto que el ‘Negro’ siempre estuvo al tanto de las conversaciones y del contenido de la reforma”. La frase podría haber sido pronunciada en estos días de apresuradas negociaciones para un trámite urgente de la reforma laboral. Sin embargo, tiene casi 20 años y la enunció uno de los asesores técnicos de la central obrera en los años del gobierno de la Alianza, cuando se discutía una contrarreforma que se terminó imponiendo a golpes de billetazos limpios. El fallecido Oscar Lescano, exdirigente de Luz y Fuerza, completaba el razonamiento: “Siempre nos sirvió tenerlo en la pelea, cuando teníamos un problema con el Gobierno decíamos ‘ojo que le dejamos la CGT al Negro’, nos servía mucho’’, confesaba el legendario burócrata de los luzyfuercistas.

El resto fue una historia que retornó como un fantasma en la presente coyuntura: la aprobación de la llamada “ley Banelco”, con los senadores peronistas adornados con cinco millones de pesos que el tristemente célebre Mario Pontaquarto trasladó de los sótanos hacia el “templo” de la democracia: de la SIDE al Congreso.

Un exfuncionario de rango alto en la administración kirchnerista asevera que Moyano está practicando su clásico “vandorismo primitivo”. Según la definición de Rodolfo Walsh, en esa crónica colosal que tituló ¿Quién mató a Rosendo?, uno de los secretos de la magia vandorista es presentar como resistencia lo que ya es negociación.

A lo largo de su trayectoria sindical, Moyano siempre transitó ese inestable equilibrio entre la resistencia y la integración. Un álgebra que termina siendo bastante funcional para la estrategia de contención del movimiento obrero y para el control de daños que dejan los planes de ajuste y flexibilización. Bajo el kirchnerismo, se convirtió en la columna vertebral del proyecto para la administración de las paritarias y el techo a los salarios en los años de expansión económica. En tiempos de crisis, retornó “al llano” para atender su juego.

Pero como el tiempo no pasa en vano, hay algunas diferencias no desdeñables en la función que cumplió en los años 90’ y que cimentaron su liderazgo en la década pasada, y la que eventualmente puede cumplir en la actualidad.

La primera es la fortaleza gravitante del polo “integrador” de su corriente por el monumental crecimiento del poder del sindicato (más de 200 mil afiliados) y la expansión en diversas ramas (logística y recolección, entre muchas otras). Factores que se suman a la histórica dependencia del Estado que condiciona a todos los sindicatos. Pero además, el poder real no se basa sólo en el fortalecimiento de afiliados y bases, sino en la “diversificación” de los emprendimientos del aparato camionero, que en algunas áreas borró los límites entre sindicato y empresas, convirtiéndose en muchos casos en una y la misma cosa. La alianza con el grupo RHUO (que administraba OCA hoy en crisis, y varias compañías más), con otras empresas de logística; así como la adquisición de sus propias empresas (de seguro, de empleo y hasta el Club Independiente), dejan como un pequeño kiosco los negocios que describía la aguda pluma de Walsh como parte del artefacto vandorista original (venta de chatarra “donada” por las empresas, quiniela, concesiones, etc.). Las relaciones íntimas con el Estado (nacional, provincial o municipal) y con fracciones empresarias, colocan al sindicato camionero como un pilar de la gobernabilidad, con demasiados intereses en juego dependientes más de la negociación que, obviamente, de la resistencia.

El otro factor en juego es la tortuosa transición en la conducción de la CGT y el recambio generacional en la dirección del sindicato. Pablo Moyano no tiene (por ahora) la ascendencia ni el volumen de su padre, ni su sagacidad táctica. A la vez, está en la encrucijada entre convertirse en agente de la contención del malestar obrero (reeditar el moyanismo original) o pasar a la historia sin pena ni gloria. “Nadie sabe a ciencia cierta cuánto Hugo controla realmente a Pablo”, afirma un observador avispado del mundo sindical que prefiere el off. Son las contradicciones estructurales que atraviesan a un clan que ha acumulado demasiado poder, comparte intereses y disputa ambiciones.

La mirada superficial de cierto periodismo asegura que “la interna gremial” vuelve a obstaculizar los objetivos del Macri. Lo que no explica esta ecuación que invierte causas y efectos es dónde está el motor de la “interna gremial”. La fisura en la CGT, en cualquier caso, no deja de expresar deformadamente el malestar que comenzó a recorrer el movimiento obrero cuando se conoció el proyecto de contrarreforma.

De todas estas contradicciones emergió la movilización convocada para el próximo miércoles. La cuestión no se reduce meramente al análisis. La izquierda clasista (con la ascendencia sindical y política que ganó en estos años) tiene la responsabilidad y el desafío de batallar para que no se reduzca a acciones aisladas y funcionales coberturas por izquierda de la capitulación que se cuece por otros medios y en otros ámbitos.

El Gobierno saca a relucir supuestos buenos números de encuestas, una industria que ha hecho del error una mala costumbre ratificada recientemente en las elecciones chilenas. Cifras que en sociedades líquidas, donde lo permanente y profundo es el malestar con las condiciones estructurales y la norma es el mal menor, fluctúan vertiginosamente. O, dicho en términos de Eduardo Fidanza, uno de los escribas lúcidos de La Nación, sociedades que a los presidentes “los eleva y los destruye con igual entusiasmo e impiedad”.

Por lo pronto Macri, en la política real debe reconocer las condiciones que, por ahora, impone la relación de fuerzas. Y es probable que en la nueva etapa, como afirma una maldita tradición china le toque vivir “tiempos interesantes".








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