Política

DESPUÉS DEL #1A

Macri: de Ravi Shankar a Carl Schmitt

Los alcances y límites del cambio de discurso del Gobierno. La construcción del enemigo a medida, del manual de autoayuda a la polarización.

Fernando Rosso

@RossoFer

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Miércoles 12 de abril | 11:08

El giro político encarado por el Gobierno de Mauricio Macri y Cambiemos después de la marcha blanca del #1A es materia de análisis, debate y preocupación en el universo politizado. El cambio podría estar sintetizado en el título de este artículo: de la narrativa de "charla motivacional" a lo Ravi Shankar que se expresaba en la presunta búsqueda de terminar con el conflicto, lograr el consenso, enfriar la política para unir a los argentinos; a la polarización con la reconstrucción del enemigo a medida y la restauración frenética de “la grieta”. De la supuesta despolitización consensual a la politización extrema, con el paradigma de lo que algunos consideran la esencia de lo político: el conflicto.

Para el pensador y jurista alemán Carl Schmitt "lo político" está caracterizado en su esencia por la división amigo-enemigo, donde el enemigo es el otro, el extraño, el que amenaza nuestro modo de vida, sea interno o externo. A diferencia de los criterios estéticos, morales o económicos, la definición del enemigo político se realiza a partir de delimitar una amenaza existencial: "El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo" dice Schmitt en El concepto de lo político.

Con esta nueva disposición, el macrismo se postula como “partido del orden” al mismo tiempo que construye simbólicamente a los enemigos del Estado y convoca a declararle la guerra para delimitar de esa manera su propio campo. Un discurso del orden que llevado hasta el final implica en la práctica una especie de "estado de excepción permanente" para garantizar la libre circulación de mercancías.

Con esta nueva disposición, el macrismo se postula como “partido del orden” al mismo tiempo que construye simbólicamente a los enemigos del Estado y convoca a declararle la guerra para delimitar de esa manera su propio campo.

Contra la caricatura de “Estado providencia” o “intervencionista” de la que se jactaba el kirchnerismo (la cual no excluía represiones al movimiento obrero como las de Lear u otros movimientos como los qom), Macri intenta poner en práctica una especie también caricaturizada de "Estado Gendarme" que se juega a mantener el orden público, vigilando y protegiendo la “libertad” de los individuos dentro de la ley para el normal desarrollo de las fuerzas del mercado. Una aspiración que sólo puede tener una “minoría intensa”, como la que el #1A se movilizó con la amenaza de hacerlo por mano propia.

En el plano “estratégico” esta política aspira a completar la restauración de la autoridad estatal que la crisis del 2001 dejó seriamente herida. En el plano de la coyuntura, en los cálculos electorales del PRO y seguramente en los sesgados resultados de laboratorio de sus focus groups, alcanzaría para ganar la elección de medio término.

Aquí se expresa el talón de Aquiles de esta suerte de autonomía casi absoluta de lo político en la que cae vertiginosamente el PRO: se produce porque se acercan las elecciones y fracasó el plan de reactivar la economía con uno de los mitos más desopilantes de los últimos tiempos, la lluvia de inversiones.

La disputa de pequeña política empuja al macrismo a la polarización con la resignación de limitarse a "fidelizar" su núcleo duro (el 30% de las PASO de agosto de 2015) y con la aspiración de sumarle algunos puntos e intentar ganar la madre de todas las batallas: las elecciones de la provincia de Buenos Aires. Ya no disputa esos 20 puntos que permitieron la mayoría hipercircunstancial del balotaje, sino que alimenta la rabia intensa de la minoría propia.

Tiene una ventaja para este giro: el rechazo a lo anterior es también "de masas", no sólo por los escandalosos e inolvidables actos de corrupción que quedaron patentados en la memoria colectiva, protagonizados por personeros del "gobierno popular"; sino porque para muchos el deterioro actual es simplemente una continuidad con cambios del deterioro que venían experimentando en los últimos años.

Pero incluso con esas ventajas circunstanciales, tiene muchos límites: todas las medidas de "partido del orden" están aún sobre-anunciadas y sub-ejecutadas. Hay un exceso de voluntarismo y una exageración de su disposición por sobre la realidad de sus posibilidades: proclaman tempranamente el "triunfo" sobre los docentes bonaerenses y quieren otorgarle el valor de una victoria consolidada, pero cada hecho demuestra que el conflicto no está resuelto (más allá de los vaivenes de la huelga) y el resultado no se medirá sólo en términos sindicales; agitan un reordenamiento sindical pero que no tiene la forma de una "Ley Mucci", sino que se reduce a una serie de recomendaciones de propaganda; al otro día del paro del #6A, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich afirmó que el legalmente inexistente protocolo antipiquetes se aplicó el 100%, mientras que las principales arterias de entrada a la Ciudad de Buenos Aires estuvieron cortadas varias horas por la izquierda y el sindicalismo combativo y donde existió mayor resistencia (Panamericana) pagó el costo alto de la represión y el escenario “bélico” con repercusión internacional (además de los cortes en todo el país). La orientación de “polarizar” como táctica electoral puede terminar mostrando la incapacidad de darle cuerpo al discurso oficial o, combinado con esto, los riesgos de cebar a las descompuestas fuerzas de seguridad argentinas siempre proclives a caer en la irresistible tentación de pasarse de rosca.

Pero una cosa es el reiterado anuncio de la disposición a cambiar la relación de fuerzas y otra muy distinta es lograrlo efectivamente.

La orientación de “polarizar” como táctica electoral puede terminar mostrando la incapacidad de darle cuerpo al discurso oficial o, combinado con esto, los riesgos de cebar a las descompuestas fuerzas de seguridad argentinas siempre proclives a caer en la irresistible tentación de pasarse de rosca.

Otro límite fundamental es el escenario actual del mundo, sin un claro proyecto hegemónico internacional y con la economía local estancada, las fronteras de un relato exclusivamente "político" están demasiado cerca. En esa relación entre economía y política, es donde Schmitt debe ser contrastado con Gramsci (o Lenin o cualquier marxista clásico), porque las urgencias de coyuntura lo alejan de la construcción de alguna forma de hegemonía. Porque la hegemonía no puede ser sólo "ético-política" sino que también debe ser económica.

Además, se equivoca el macrismo si iguala el desprestigio de los dirigentes sindicales con la existencia de un "sentido común" mayoritario que asuma como enemigos a los trabajadores en general y a los docentes en particular.

Sin embargo, los límites y relaciones de fuerzas no son propiedades eternas de la realidad argentina. En la medida en que el gobierno, por motivos estratégicos o de coyuntura, avance sobre las conquistas y derechos y la respuesta no esté a la altura del ataque, la relación de fuerzas se irá modificando negativamente.

En este punto resulta fundamental una idea que Gramsci esbozaba en sus reflexiones sobre la relación entre Maquiavelo y el marxismo, retomando temas del marxismo clásico. Todo análisis de situación debe incluir la capacidad de respuesta de la fuerza propia: “El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza tal existe y esté impregnada de ardor combativo).”

El nuevo relato del macrismo cortó con tanta dulzura de la revolución de la alegría y el amor y asume una posición más acorde a sus objetivos, pero todavía tiene que demostrar que está a la altura de lo que proclama. Como bien podría enseñarle el kirchnerismo, la "grieta" más inquietante es esa que separa al discurso de la realidad.








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