Géneros y Sexualidades

HISTORIAS DE MUJERES

Lucy Parsons: “Más peligrosa que mil manifestantes”

Lucy Eldine Gonzalez comenzó una intensa militancia a fines del siglo XIX junto a su compañero Albert Parsons, uno de los mártires de Chicago. Logró convertirse en un ícono de la lucha de la clase trabajadora y en una verdadera preocupación para el estado norteamericano.

Sábado 28 de marzo de 2015 | Edición del día

Rayos los ojos, metralla las palabras

Lucy Parsons nació en 1853, en la Texas esclavista. De ascendencia mexicana y probablemente afroamericana, fue testigo del racismo más crudo. Vio con sus propios ojos los linchamientos del Ku Kux Klan y debió huir a Chicago en 1871, cuando se unió a un hombre blanco, quien luego fuera su compañero, Albert Parsons.

Inspirada por la gran acción de los obreros ferroviarios de 1877 -que desembocó en una histórica huelga general-, redoblaría su compromiso militante. Cuando Albert fue despedido por su actividad política, Lucy, único sustento del hogar y madre de dos hijos, se involucró en el Partido Socialista Laborista y se hizo miembro de los Caballeros del Trabajo, una de las primeras organizaciones que nuclearon negros y mujeres. Cuando no trabajaba como costurera, escribía regularmente artículos y pronto se convirtió en una destacada organizadora del Sindicato de Mujeres Trabajadoras del Partido Socialista Laborista. En 1883 rompería con este partido junto a Albert, enfrentándose a un ala que adoptó una estrategia reformista: ella estaba convencida de que sólo una revolución podría acabar con este sistema.

Organizando a los esclavos del salario

El año 1886 marcó un quiebre en la historia estadounidense. El 1° de Mayo fue declarada la huelga general. En Chicago, las fábricas y las calles se convirtieron en un hervidero de ira obrera. Frente a la represión, que no se hizo esperar, miles se reunieron en la Plaza Haymarket. Allí, la policía arremetió contra trabajadores y militantes socialistas y anarquistas. Ocho fueron falsamente acusados de poner una bomba. Entre ellos estaba Albert Parsons.

Durante el año y medio que Albert estuvo detenido esperando la ejecución, Lucy viajó por todo el país, vendiendo panfletos y brindando multitudinarios discursos. Cuando José Martí, como corresponsal de La Nación, cubrió el caso, no pudo evitar referirse a la señora Parsons: “la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera (…); dicen que con tanta elocuencia, burda y llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los dos puños, y luego, hablando de las penas de una madre pobre”.

El día que su compañero fue ahorcado, Lucy fue apresada y no pudo verlo antes de que fuera ejecutado. Esto no la desmoralizó. Posteriormente escribiría: “Nuestros camaradas no fueron asesinados por el estado porque tuvieran una conexión con la bomba sino porque estaban organizando a los esclavos del salario. La clase capitalista (…) creyó tontamente que matando a los espíritus activos del movimiento obrero del momento, iban a asustar a toda la clase obrera, manteniéndola esclava”*. Esta indómita mujer dedicó su vida a demostrar lo contrario.

Somos las esclavas de los esclavos

Lucy consideraba que sólo la lucha por la libertad de la clase obrera en su conjunto podía llevar a una emancipación total de las mujeres. Por ello, llegó a acusar a la anarquista feminista Emma Goldman de perseguir una libertad individual, “dirigida a audiencias de clase media”. Lucy reivindicó siempre los derechos reproductivos, la educación sexual, y la accesibilidad al divorcio, a la par que bregaba por la organización de las mujeres dentro del movimiento obrero.

En 1905 se fundó la combativa organización Trabajadores Industriales del Mundo. Sólo hubo dos mujeres presentes. Una fue la valiente Mother Jones; la otra fue Lucy Parsons. En esa ocasión tomó la palabra: “Nosotras somos las esclavas de los esclavos. Somos explotadas más crudamente que los hombres. Cuando los sueldos deben ser rebajados, la clase capitalista usa a las mujeres para reducirlos (…) si cada hombre y cada mujer que trabaja (…) decide que debe tener lo que le pertenece por derecho (…) entonces no hay ejército lo suficientemente grande para vencerlos”.

Lucy también combatió activamente el racismo. Aunque nunca fue miembro oficial, estuvo ligada al Partido Comunista. Dentro del mismo, desde 1925, fue parte de la Defensa Laborista Internacional, que tenía como objetivo pelear por las víctimas de la represión capitalista y por los derechos de los negros.

Ella vivió para el futuro

Hasta el final de sus días, Lucy Parsons hizo carne la pelea contra este sistema. Por ello la policía de Chicago la catalogó en sus archivos como “más peligrosa que mil manifestantes”.

En 1941 Lucy realizaría su última aparición pública, durante una huelga. Ni la temperatura helada, ni la ceguera, ni sus 88 años, amainaron su discurso. Curiosamente, se dirigía a obreros que enfrentaban a la fábrica International Harvester, heredera de la planta McCormick, en la cual el asesinato de seis trabajadores había encendido la chispa para la revuelta de la plaza Haymarket en 1886.

Desde fines del siglo XIX, en Estados Unidos se legitimó oficialmente el Día del Trabajo de septiembre por temor a que el 1° de mayo se convirtiera en una ocasión de disturbios. Pero los mártires de Chicago y las grandes batallas de la clase obrera forman parte de una tradición imborrable. Cuando Lucy Parsons murió en 1942, la policía allanó su departamento y confiscó sus cuantiosos libros y artículos, que fueron entregados al FBI. Aunque la pérdida fue grande, las huellas de Lucy se mantienen vivas: en cada acto de resistencia contra la opresión hacia las mujeres, en las luchas contra la explotación. La indomable Elizabeth Gurley Flynn escribió en su obituario: “Ella no vivió en el pasado. Ella vivió para el futuro. Ella vivirá en el futuro, en el corazón de los trabajadores”.

*Lucy Parsons en The Agitator, 1912.




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