Géneros y Sexualidades

ENTREVISTA

Los sueños usurpados

Ésta es la historia de Juana Lissard, una de las mujeres que más fuertemente se hizo oír en asambleas y fogones de la toma de Guernica, desde que se dio cuenta que tenía que alzar la voz.

Andrea D'Atri

@andreadatri

Jueves 19 de noviembre | 07:05

Los sueños usurpados. Entrevista a Juana Lissard, de la toma de Guernica - YouTube

"… la triste realidad es que los indios están ahí amenazando constantemente la propiedad, el hogar y la vida de los cristianos."
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, 1870

"… la penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer (…) más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz."
Federico Engels, Contribución al problema de la vivienda, 1872

Las tierras de Guernica tienen una larga historia de usurpaciones: los conquistadores españoles y la Iglesia desde el siglo XVII; los oficiales y políticos que se convirtieron en prósperos terratenientes en el siglo XIX y, más recientemente, la empresa Bellaco S.A., cuyo presidente fue funcionario de la última dictadura militar y adquirió esas tierras baldías durante el oscuro y sangriento período del terrorismo de Estado. Pero los pueblos desheredados de su tierra retornaron convertidos en empleadas domésticas, albañiles, enfermeras, changarines convencidos de (re)conquistar lo suyo: tierra para vivir.

Las mujeres fueron esenciales en el desarrollo de la autoorganización de la toma de Guernica. Y también, las más firmes en denunciar los engaños del gobierno durante las negociaciones, que no tenían otro objetivo que relajar la autodefensa frente al descomunal operativo represivo preparado para el desalojo. Cada una de esas mujeres tiene una biografía surcada por dolores y esperanzas. Cada historia es singular y, sin embargo, se identifican unas con otras: la memoria generacional del trabajo y el esfuerzo para garantizar una subsistencia marcada por las carencias; el anhelo de un progreso que nunca llega.

Ésta es la historia de Juana, una de las mujeres que más fuertemente se hizo oír en asambleas y fogones, desde que se dio cuenta que tenía que alzar la voz.

"No podés no tener dónde vivir"

—Mi mamá se conoció con mi papá cuando tenía catorce años. Mi papá era evangelista, mi mamá lavaba ropa. Quedó embarazada y empezó a tener hijos. A los veintiún años me tuvo a mí que fui su sexta hija; en el camino murieron tres, por desnutrición, por la pobreza que tenia ella, era muy pobre. Mi papá se iba a la iglesia a cantar y mi mamá se quedaba lavando ropa de los vecinos, embarazada.

Con apenas veintiún años, la madre de Juana dejó todo atrás: la pareja, los hijos, Chile. Más tarde, asentada en Buenos Aires, trajo a sus hijos con ella a transcurrir una infancia que Juana prefiere mantener en la neblina de la desmemoria.

—Viví en muchos lugares, siempre me mudé, nunca tuve una vida estable.- Esa inestabilidad de sus primeros años sigue apretando como un nudo en la garganta. Juana justifica sus lágrimas: - Hace mucho que no hablo de mi vida.

La dictadura de Pinochet, la de Videla… allá y aquí no había escapatoria para los que luchaban, para sindicalistas y activistas políticos, para los pobres y para quienes no encuadraban en la moral occidental y cristiana que acompañaba al desmantelamiento neoliberal de los países sudamericanos. Juana no sabe cuál de estos requisitos cumplía su madre con su prole a cuestas, pero sabe que tuvieron que regresar a Chile porque "a nosotros nos sacaron los militares de acá."

—No podes no tener donde vivir. Es algo ilógico- me dice con determinación. Y le saltan lágrimas de la bronca y la tristeza.

Yendo de una dictadura a otra, de una pobreza a otra, la infancia y la adolescencia de Juana estuvieron revueltas. Los hoteles, las habitaciones alquiladas, las casas precarias nunca fueron lugares para festejar cumpleaños ni recibir visitas, nunca hubo esos rincones del vecindario donde se construyen las amistades entre juegos, secretos y travesuras. Para Juana, esa casa que no hubo, emerge en los sueños que sueña bien despierta.

"Los pobres no tenemos oportunidades de nada"

A los diecisiete años, decidió volver a la Argentina, donde conoció a quien luego fue el padre de sus cinco hijas y de su hijo.

—Tuve una buena vida dentro de lo que se puede. Pero era de los hombres que denigraba. Me denigraba mucho y me hacía sentir como que era el hombre el que mandaba y la mujer no tenía que decir nada. Siempre me hizo sentir que yo era menos, que la mujer no tenía derecho a hablar. Hasta que me rebelé, cuando nació mi hijo varón y mi mamá se murió. Como que ahí me desperté que no era así. Y nos separamos.

Ese despertar la llevó a un cambio radical en su vida, le permitió que emergiera su personalidad y la llevó a tomar las riendas de su propia historia. Por eso quizás está tan convencida de que es necesaria la educación sexual de las niñas y adolescentes. Por eso tomó impulso para ir a las movilizaciones de Ni Una Menos, donde centenares de miles de mujeres como Juana se manifestaron en todo el país -algunas por primera vez- convencidas de pararle la mano a la violencia machista y los femicidios, de gritar "¡Basta!" a lo que, en la mayoría de las ocasiones, ocurre en la intimidad, es silenciado y ocultado.

Y más recientemente, Juana acompañó a sus hijas a las marchas por la legalización del aborto. Aunque tiene pruritos sobre la interrupción de los embarazos, es consciente de que debería ser un derecho para las mujeres que no pudieron elegir.

La marea verde que tiene un rostro fresco y adolescente, maquillado con purpurina, también ha empujado hasta la orilla de las luchas a mujeres como Juana. Miles de Juanas, cansadas de mantener en secreto sus dolores.

—Te hiciste una luchadora…

—La vida me hizo ser así. Esta parte no la conocía- dice refiriéndose a su lucha por la tierra en la toma de Guernica-. Pero bueno, la voy a pelear. Esto lo voy a pelear. Es un derecho que tenemos todos a tener una tierra. Y la verdad es que no pensé que yo iba a llegar a hacer esto. Uno cree que no tiene capacidad de hacer ciertas cosas hasta que no lo descubre, ¿no? La tierra es un problema mundial. No tenemos oportunidades los pobres. Los pobres no tenemos oportunidades de nada.

"Son cosas que no paga el dinero"

—¿Y qué otras capacidades fuiste descubriendo que tenías, en tu vida?

—Me gusta mucho la enfermería- arranca Juana, para contarme del curso que hizo de auxiliar, aunque no pudo hacer los estudios secundarios, siendo madre y trabajando. Me cuenta, con entusiasmo, sobre los quince años que trabajó como asistente gerontológica, algo que le encanta. Y se le enciende el rostro con el relato de aquella vez en que logró que una anciana desahuciada por la enfermera y su propia familia, mencionara su nombre. Lo que es trabajo mal remunerado, lo considera un gesto de amor y compasión, aunque es consciente de que ese logro le pertenece. "Son cosas que no paga el dinero".

La vida pobre y trashumante que le quitó a las amigas de la infancia y le embarulló la escolaridad, también le arrebató el sueño de ser bailarina. Pero, con los años, Juana se cobró esa deuda: con su hermano aprendió a bailar rock and roll y se reconoce como el alma de las fiestas. Además, hace más de veinte años que baila murga. Una vez, durante una actuación de la murga donde participaban sus hijas, faltó alguien "y me pusieron el traje y no me lo saqué más". Los Colosos del Delirio, Alucinados de Parque Patricios y Los Dementes de la Quema son las murgas por las que pasó Juana, donde dice que se libera, se saca todas las broncas, todas las represiones.

—Es muy lindo. Te sentís viva- me dice.

Pero ni bailarina, ni enfermera, Juana vivió la mayor parte de su vida limpiando casas ajenas y nunca la suya propia. El padre de sus hijas, que trabajaba como repositor en un supermercado, le conseguía horas de trabajo en las casas de las clientas. También limpió empresas y oficinas. Hasta que se declaró la cuarentena, en marzo de este año, cuando se quedó sin trabajo, sin salario y con el cierre de la feria de Parque Patricios, donde tenía un puesto que le permitía un ingreso extra para llegar a fin de mes.

"Yo ahora tengo capacidad para sentarme hasta con el presidente"

—Más allá de toda la pobreza y la miseria que había allí, había mucho… -Juana hace un círculo en el aire, con la mano, sintetizando la unión que se vivía en la toma de Guernica, entre las distintas familias.- Muy linda la gente, cómo nos ayudábamos… éramos toda gente trabajadora.

Juana rememora cómo fue el día que llegó a las tierras baldías de Guernica, con una frazada y unos cubiertos y que la recibieron con ravioles con queso. Las imágenes de los cumpleaños y los cuentos de lobizones en las fogatas nocturnas se mezclan con el helicóptero de la policía que interrumpía el sueño y asustaba a las niñas y niños de la toma. Deduce que ese patrullaje detectó los puntos más sensibles del barrio que, unos días más tarde, fueron los primeros en ser incendiados y destruidos por las fuerzas policiales enviadas por el gobierno provincial: la escuelita, la posta sanitaria y el comedor popular.

Los temporales con sus secuelas de charcas, barro y colchones mojados se atravesaron con la solidaridad de trabajadoras y trabajadores de distintos gremios que aportaron mercadería, materiales, sus saberes y sus brazos. Entonces, las lecciones extraídas endulzan las amargas experiencias de vivir a la intemperie.

—Los golpes de la vida me enseñaron que yo como mujer no me tengo que dejar basurear por nadie. Pero ahora aprendí a valorar y saber mis derechos y que yo tengo que reclamar por ellos, porque antes yo capaz que me callaba.

Ahora, Juana está convencida de que la única forma de organizarse es "haciendo asambleas y votando." Entre esos aprendizajes, destaca el de alzar su voz para hacer valer sus derechos.

—Yo creo que eso es lo más grande que me llevo porque yo antes callaba y todo lo que decidían los demás estaba bien. Pensaba que los otros sabían más que yo, y no. Es mentira. Todos tenemos voces y todos tenemos derecho a opinar, estemos o no equivocados. Después se verá: si estás equivocado, se corrige; pero tenés derecho a opinar. Y no tener miedo, ¡nunca tener miedo a hablar!

Se ríe y continúa con una mirada pícara: - Yo ahora tengo capacidad para sentarme hasta con el presidente. No tengo problema. Si tengo que hablar con él, lo hago. Yo no le tengo miedo a nada.

Antes de despedirnos, Javier que grabó esta conversación con su cámara, le dice que seguramente la represión del gobierno y el desalojo eran para dar una lección a todas las tomas que se estaban replicando en distintos puntos del país.

—Supongo que habrán querido mostrar eso, pero están equivocados, porque nosotros vamos a volver y vamos a volver con más fuerza que antes.

—Juana, cuando tengas tu casa, ¿cómo te imaginás que será?

—Hermosa. Bueno, no sé si tan hermosa, pero mi casa.


Cámara: Javier Brat
Edición: Gabriela Jaime
Fotos del video: Enfoque Rojo
Fotos del artículo: Carlos Broun







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