SEMANARIO

Los sueños rotos de la sociedad futura

Celeste Murillo

reseñas

Los sueños rotos de la sociedad futura

Celeste Murillo

Es imposible saber qué pasaba por la cabeza de Walt Disney cuando trazó los planos del Prototipo Experimental de la Comunidad del Mañana (EPCOT, por sus siglas en inglés), un “germen de la sociedad futura” según sus palabras. Pero sí sabemos que a mediados de los años 1960, cuando las mieles de la posguerra ya no saciaban y muchos de los desterrados del “sueño americano” pisaban la calle para exigir su lugar, Disney compró terrenos baratos en los pantanos del estado de Florida (Estados Unidos) para extender su imperio de fantasía.

Nacía así el Proyecto Florida, un parque de diversiones y la comunidad EPCOT, con hogares para 20 mil personas. El gobierno estatal accedió a crear un distrito diferenciado para brindarle a Disney la autonomía necesaria, el Reedy Creek Improvement District. Así, el Estado cedía a una empresa una zona geográfica para que uso y usufructo. Disney falleció en 1966, su sueño de la ciudad “que nunca dejaría de ser un plano del futuro” (Walt Disney and the Promise of Progress City) quedó trunco, y EPCOT se redujo a un parque temático.

Fuente: radiodisneyclub.fr.

Quizás con algo de arbitrariedad, pero no sin algo de sustento, podríamos trazar un paralelismo entre el naufragio de la comunidad EPCOT y el de ese sueño que empezó a naufragar para chocar con la pesadilla neoliberal. The Florida Project, escrita y dirigida por Sean Baker, habla de los habitantes invisibles del sueño americano, los pobres, los que no tienen casa, los que no tienen trabajo ni acceso a salud de calidad, los olvidados, los perdedores (aquellos a quienes les hablaban el republicano Donald Trump -que ganaría las elecciones- y el precandidato demócrata Bernie Sanders en las elecciones de 2016).

Ojos bien abiertos

Una de las características interesantes de la película de Sean Baker sobre este off del paraíso encantado en la ciudad de Orlando (Florida) es el punto de vista desde el cual está contada. Muchas de las escenas están filmadas desde la altura de Moonee (Brooklyn Prince) de 6 años y sus cómplices de aventuras que apenas superan el metro de estatura: vemos el mundo con sus ojos y son ellos quienes nos cuentan, sin eufemismos, su vida durante las vacaciones de verano.

Moonee guiará la acción de un grupo de niños que deambulan sin mucho que hacer en los márgenes de uno de los principales imperios del entretenimiento infantil y familiar. Ella y sus amigos viven los hoteles baratos alrededor de las autopistas que llevan a Disney World en la ciudad de Orlando (Florida). Esos dormitorios precarios donde se refugian los homeless invisibles, no advertidos por las estadísticas porque no viven literalmente en la calle, los pobres, los desempleados, los precarios, los que trabajan y no tienen casa.

The Florida Project narra la historia de los márgenes de una sociedad que construye territorios mágicos, símbolo de bienestar y consumo, a metros del castillo de Cenicienta se reproducen las vidas precarias (y que en ocasiones son quienes trabajan limpiando el castillo). Nuestros protagonistas deambulan constantemente, sin mucho para hacer en un verano interminable, haciendo travesuras inocentes, rompiendo cosas y “robando” con una sonrisa y alguna historia inverosímil una moneda para comprar un helado. Sin disfrazar las circunstancias, cuentan una historia cruda, la de la niñez precaria que vive debajo de la línea de pobreza, que en el estado de Florida asciende a casi el 21 % (3 millones, según datos de 2017 de talkpoverty.org).

Polaroid de QE

En los años de la crisis económica 2007-8, cuyas escenas más famosas fueron la caída de la financiera Lehman Brothers o el estallido de la de burbuja inmobiliaria, todos hablaban del QE (por sus siglas en inglés, quantitative easing), esa herramienta de política monetaria que utilizó la Reserva Federal estadounidense para comprar activos tóxicos de los bancos y evitar las quiebras. El paso de la crisis en The Florida Project es una marca indeleble como los tatuajes que lleva la mamá de Moonee en su cuerpo, con instantáneas perfectas de la crisis como los chicos jugando en un complejo de viviendas abandonadas, una realidad extendida en todo el país para evitar las ejecuciones de hipotecas.

Mientras vemos los inocentes “actos vandálicos” de Moonnee, Scooty y Jancey no es posible evitar la ironía de esas casas vacías justo al lado de hoteles que habitan personas que no tienen casa. O la aplicación a rajatabla de la política del hotel “El Castillo Mágico” de no permitir que sus huéspedes pasen más de 30 días en una habitación, lo que los habilitaría a establecer un domicilio legal (requisito indispensable para solicitar un empleo, pedir préstamos o acceder a programas sociales). La vida en los márgenes de una sociedad que construyó casas que solo alimentaron la burbuja inmobiliaria para estallar y transformarse en una fábrica de homeless invisibles que viven en hoteles, autos y refugios.

Belleza americana

Además de las imágenes que acompañan la historia, los contrastes entre pantanos, autopistas y esos edificios sombríos pero pintados de colores brillantes, la película goza de una característica poco frecuente. Ni el guión ni la dirección tienen una visión condescendiente o paternalista con esa niñez precaria, tampoco existe una “bajada de línea” moral sobre sus familias, que se debaten entre la informalidad y algunos negocios ilegales de poca monta. Tampoco exagera el tono dramático para contar una historia que tiene muchas aristas dramáticas.

En una entrevista con la revista Variety, el director Sean Baker contó que una de sus referencias e inspiraciones para crear el universo de Proyecto Florida fue una serie de cortos cinematográficos popular en los años 1930 y 1940, The Little Rascals. “Muchos de los personajes en The Little Rascals vivían en la pobreza. Lo que era característico de los cortos cómicos era que se enfocaba en lo que hacía a los niños, niños”. En ese sentido, el centro de la acción de The Florida Project está justamente en lo que hacen Moonnee y sus amigos y, mediante esa historia y cómo la cuentan, surgen otras lecturas sobre la vida en el país más rico y poderoso del mundo, que contiene infinitos lados B del “sueño americano” caído en desgracia.

The Florida Project devuelve cierto protagonismo a historias con poca presencia en Hollywood, la clase trabajadora, las familias pobres, especialmente entre las personas blancas (la mayoría de la población) que portan el nombre peyorativo de white trash (basura blanca). Es que el relato que la poderosa industria cultural ha sabido digerir es aquel que encaja en la particular lectura de lo que la politóloga estadounidense Nancy Fraser definió acertadamente como “neoliberalismo progresista”: los barrios afroamericanos plagados de pobreza y vigilancia policial, la discriminación de la población latina (nativa e inmigrante), su sobrerrepresentación en la población carcelaria, todas historias que pueden ser contadas sin cuestionar necesariamente que, citando a Lisa Simpson, “todo el maldito sistema está mal”.

Paraíso

Una escena nos muestra a Moonee, su amiga Jancey y su mamá Haley mirando el espectáculo de fuegos artificiales a la orilla de un lago. Una escena visualmente hermosa y sin aparentes segundas intenciones. Aun cuando nunca hayamos pisado Disney World, sabemos por imágenes publicitarias que al finalizar la jornada se realiza un espectáculo de fuegos artificiales junto al castillo de Cenicienta, ubicado en el centro de ese imperio de fantasía. Nuestras protagonistas disfrutan del espectáculo y se divierten pero no queda ninguna duda de que ellas están afuera y en su alegría no se deja entrever esperanza alguna de pisar territorio mágico.

En una película donde Disney World casi no se nombra o se ve, solo hacia el final sentimos la presencia de eso que falta, de eso de lo que probablemente no gozarán nuestras pequeñas heroínas. The Florida Project habla de sus vidas en esos márgenes, lejos del sueño (que ven desde afuera) y demasiado cerca de la pesadilla americana. Sin golpes bajos ni excesivo drama, estamos invitados al lado B que no queda registrado, donde el paraíso está tan cerca que casi se puede tocar pero para la mayoría es inalcanzable.

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Celeste Murillo

@rompe_teclas
Nació en Buenos Aires en 1977. Es traductora y aficionada a la historia. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Pan y Rosas. Es columnista de cultura y género en el programa de radio El Círculo Rojo. Estuvo a cargo de la edición en castellano de La mujer, el Estado y la Revolución de Wendy Z. Goldman y escribió en Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006, reedición 2018).
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