Cultura

REVOLUCIÓN MEXICANA

Los senderos de la Revolución

Ensayo publicado en el libro "México en llamas. Interpretaciones marxistas de la revolución", 2010, Ed.Armas de la crítica.

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Lunes 20 de noviembre | Edición del día

El objetivo del presente ensayo es realizar una interpretación del proceso revolucionario iniciado en 1910, basándonos para ello en distintos trabajos historiográficos publicados en las últimas décadas.

Presentaremos una periodización de la Revolución Mexicana con la intención de mostrar que la misma estuvo caracterizada por un claro antagonismo de clase, el cual tendió a cuestionar las bases del joven y atrasado capitalismo mexicano, y que no se detuvo en la consecución de reformas en el régimen político.

Para establecer esta periodización utilizaremos como criterios la dinámica, los rasgos centrales y las acciones principales de la lucha de clases, así como la correlación de fuerzas que se estableció en sus distintos momentos.

El antagonismo de clase y la dinámica de la Revolución Mexicana

Partimos de considerar que la Revolución Mexicana estuvo determinada por el conflicto entre las clases de la sociedad de aquel entonces y que, si no adoptamos esa perspectiva, difícilmente pueden comprenderse las transformaciones institucionales y el curso de los acontecimientos políticos y militares.

Si la noción de revolución en la teoría marxista supone la intensificación del antagonismo de clase y el trastocamiento del orden establecido; y si su expresión aguda bajo el capitalismo incluye las huelgas, los golpes de la reacción y las insurrecciones, hay que decir que en el caso que nos ocupa adoptó una forma distintiva y particular: la emergencia de grandes ejércitos nutridos por amplios sectores de las masas, confrontados en una guerra civil.

Esta diferencia notoria respecto a las características de las revoluciones clásicas ocurridas en el siglo XX (1) no puede oscurecer la definición de la Revolución Mexicana.

El enfrentamiento militar expresó, de forma concentrada y aguda, las confrontaciones entre las clases actuantes, entre sus programas y sus perspectivas en el México de entonces, y ése es uno de los puntos centrales que recorre nuestra interpretación.

Aunque sin duda la destreza en la táctica militar, aunado a ese factor tan complejo que es el azar, tienen un lugar clave en la historia de la Revolución y actuaron en la contienda, las causas profundas del resultado del proceso iniciado en 1910 no hay que buscarlas allí, sino en la dinámica de la relación de fuerzas entre las clases y en la solidez, la potencialidad y los límites de los proyectos políticos que aquéllas fueron capaces de poner en juego; lo cual es, por otra parte, un elemento constituyente de toda guerra civil.

Como se plantea en la Introducción de este libro y en el ensayo “El país de Don Porfirio: estructura social y desarrollo capitalista”, el motor fundamental de la Revolución fue el ansia de tierra de las masas rurales, que se constituyeron en su principal protagonista.

Desde el inicio, los sectores populares participantes se nuclearon tras las banderas del antirreeleccionismo impulsado por Francisco I. Madero, pero lo hicieron articulando la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz con otras reivindicaciones ampliamente sentidas: en primer lugar la recuperación de las tierras y del usufructo de los recursos naturales expropiados por los terratenientes, el rechazo frente al avasallamiento de las autonomías municipales, y las demandas obreras tales como la reducción de la jornada laboral y el mejoramiento de las condiciones de trabajo.

Si la reivindicación de tierra es, en los términos explicados por el marxismo, una demanda de corte democrático-burgués (2), en las condiciones del México de inicios de siglo llevó a la confrontación entre los campesinos pobres y las clases dominantes, y se constituyó como la diferencia antagónica entre los sectores actuantes en la Revolución.

En torno a la misma se desplegó una perspectiva en potencia anticapitalista del proceso revolucionario, que abrió una de las confrontaciones clasistas más violentas de la historia mundial durante la pasada centuria.

Hay que remitirse a sus diferencias con las revoluciones democrático-burguesas del pasado para entender la causa profunda de esta característica de la Revolución Mexicana.

En éstas “El gigantesco esfuerzo que necesita la sociedad burguesa para arreglar cuentas con el pasado sólo puede ser conseguido, bien mediante la poderosa unidad de la nación entera que se subleva contra el despotismo feudal, bien mediante una evolución acelerada de la lucha de clases dentro de esta nación en vías de emancipación” (3); en esos procesos emblemáticos del ascenso del reinado del capital, la burguesía todavía podía asumir un rol subversivo y dirigente contra el antiguo orden, resolviendo, a su manera, las demandas estructurales que motorizaban la intervención de las masas populares.

Sin embargo, en su análisis de las revoluciones de la segunda mitad del siglo XIX e inicios del siglo XX, León Trotsky planteaba que ya entonces, a partir de la maduración de las clases sociales características del capitalismo, se ponía en un primer plano el carácter crecientemente reaccionario de una burguesía económicamente dominante.

En las revoluciones de 1848 en Europa, la inmadurez política y social de los explotados y oprimidos llevó a que las demandas de corte democrático no se pudieran realizar, por la inexistencia de una nueva clase revolucionaria que asumiera el rol abandonado por una burguesía demasiado preocupada en evitar la irrupción del proletariado.

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